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Fernando Barbero Carrasco

Mi padre –rusófilo y antifranquista– era un admirador declarado de Unamuno; por tanto, crecí con la famosa frase «Venceréis, pero no convenceréis» bien clavadita en mi mente. Y, por supuesto, me creí el valor de un escritor y profesor universitario que se enfrentó a Franco cara a cara.

Más tarde comencé a escuchar y leer informaciones discordantes y dispares sobre Miguel de Unamuno: diputado por la Conjunción Republicano-Socialista y concejal antimonárquico, pero también edil franquista del Ayuntamiento de Salamanca. El día 14 de abril de 1931, el insigne escritor y convencido republicano fue quien proclamó en esta ciudad el advenimiento de la II República y esta circunstancia no le impidió cinco años más tarde apoyar el golpe de Estado militar del año 1936, que provocó la Guerra Civil.

En el año 1924, y después de atacar en sus escritos y alocuciones continuamente al dictador Miguel Primo de Rivera y al rey Alfonso XIII, fue desterrado a Fuerteventura por espacio de unos meses; sin embargo, cuando falleció fue enterrado con honores de falangista en diciembre de 1936.

Como ficticio personaje literario habría sido impagable: contradictorio, dubitativo e indeterminado, con cambios constantes y contundentes. Estos giros de 180 grados podrían ser habilidosamente utilizados por un supuesto escritor para dibujar un protagonista muy interesante. Imaginemos a este hombre atormentado por la idea de la traición, expresando un monólogo lleno de angustia.

Unamuno era un escritor, poeta, dramaturgo y filósofo afamado y muy popular. Perteneciente a la generación del 98, compartía mesa, mantel y crítica, entre otros, con Machado, Baroja, Valle Inclán, Azorín, Benavente, Blasco Ibáñez, Ramiro de Maeztu, Carmen de Burgos, los hermanos Álvarez Quintero…; es decir, un grupo de autores con una enorme influencia entre las clases populares, en la época que tratamos, a pesar del alto porcentaje de analfabetos que existía en España.

Los componentes de la generación del 98 eran de muy diferentes ideologías y de una visión vital a veces opuesta entre sí, pero eran de una evidente calidad literaria. Casi todos ellos aún se encuentran entre los escritores más leídos. Fue una generación literaria de un éxito apabullante.

Durante la II República y la Guerra Civil todos ellos tomaron partido hasta mancharse: Ramiro de Maeztu fue fusilado en el Madrid republicano en la guerra; Azorín huyó de este Madrid a Francia y Serrano Súñer –el cuñadísimo– lo apadrinó cuando regresó a la España franquista; Baroja también apoyó sin ambages a Franco; Benavente fue conservador a ultranza; Machado murió en el exilio francés tras la Guerra Civil; Carmen de Burgos fue una pionera del feminismo y perteneció al Partido Radical Socialista… 

Los miembros de la generación del 98 –en esto sí estuvieron unidos– defendieron su ideología personal, más allá de alguna transformación filosófica llevada a cabo de manera progresiva y tomándose los tiempos pertinentes.

Miguel de Unamuno y Jugo tuvo un periplo vital y político zigzagueante. Esto, quizá, le haga muy atractivo para quienes aman la abstracción y la incertidumbre, pero para quienes poseen una mente más ordenada, sus quiebros agobian un poco: republicano, socialista, comprometido contra la dictadura primorriverista; golpista por delegación, contestatario contra el franquismo y simpatizante con el falangismo fascista. ¿Hay quien dé más?

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Yosi

Con el estreno de la película Mientras dure la guerra, del director de cine Alejandro Amenábar, han vuelto a tomar protagonismo dos temas que rondan a este estado llamado España: por un lado, el golpe de Estado de 1936; y por otro, la figura de Miguel de Unamuno y su posicionamiento ante aquel y su posterior evolución ideológica, hasta su muerte el día 31 de diciembre de 1936. Una muerte que le sobrevino junto al brasero y mientras atendía la visita del falangista Bartolomé Aragón, antiguo alumno y profesor titular de la facultad de Derecho de la Universidad de Salamanca.

Miguel de Unamuno nace el 29 de septiembre de 1864 en Bilbao. Su protagonismo lo adquiere como escritor y filósofo miembro de la generación del 98. Esta generación destaca por reflejar en sus escritos la decadencia de España tras la pérdida de las últimas colonias. Unamuno centra su objetivo en la historia de los pequeños grupos sociales, intrahistoria frente a la España oficial. Su trayectoria política se inicia con su afiliación a la agrupación socialista de Bilbao en 1894. Colabora con sus escritos en la publicación La Lucha de Clases, órgano de expresión de dicha agrupación. En 1897 abandona el partido socialista.   

En 1920 es condenado a 16 años de prisión por injurias al Rey en un artículo de opinión, si bien esta condena no la cumplió. Ya en 1924, de nuevo sus ataques a la corona y a la figura del dictador Primo de Rivera le valen, en esta ocasión, la condena de destierro a Fuerteventura en febrero de ese año, hasta que es indultado el 9 de julio. Pero, voluntariamente, decide salir de España y se marcha a Francia, primero a París y posteriormente a Hendaya, hasta que, tras la caída del dictador, retorna a España. Ya en nuestro país se presenta a las elecciones municipales de 1931 con la conjunción republicano-socialista y resulta elegido.

Cuando se proclama la República, el 14 de abril, Unamuno acude al Ayuntamiento de Salamanca desde cuyo balcón proclama el comienzo de una nueva era y el fin de una dinastía que, según sus palabras “nosha empobrecido, envilecido y entontecido”. Tras la proclamación de la República es restituido a su cargo de rector de la Universidad de Salamanca, cargo que ocupó por vez primera en 1900, y se presenta como diputado independiente a las Cortes Constituyentes hasta el 9 de octubre de 1933. Pero decide no presentarse a la reelección en las siguientes.

Durante este período empieza a desencantarse con el nuevo régimen, que considera que él ha colaborado a traer a España más que nadie. En 1934 se retira de su actividad docente y es nombrado rector vitalicio. A pesar de su alejamiento de la vida política activa y su desencanto con el nuevo régimen, en 1935 es nombrado Ciudadano de Honor de la República. Es especialmente virulento en su ataque al Gobierno de Azaña y critica con dureza la reforma agraria, la política religiosa y al propio Manuel Azaña.

Adhesión a los golpistas

Al producirse el alzamiento, desde el principio se adhiere a los golpistas. Algunos historiadores consideran que es una posición equivocada y la atribuyen a que había perdido contacto con la realidad político y social de España y Europa. Consideraba a los golpistas como unos regeneracionistas dispuestos a poner orden en la deriva que estaba sufriendo España. Para argumentar este posicionamiento algunos autores recurren a situarlo en un momento inicial en el que los dirigentes del alzamiento adoptan una actitud equívoca frente a sus objetivos verdaderos, como ocurre, por ejemplo, con un discurso de Queipo de Llano. Este habla del golpe como un movimiento netamente republicano, de lealtad absoluta y decidida al régimen y justifica la sublevación por el bien de España y de la República. El propio comandante de Salamanca concluye el bando en el que se proclama el Estado de Guerra, con un “Viva la República”. La bandera republicana seguirá ondeando durante varios días en el balcón del Ayuntamiento de Salamanca.

Si bien estos actos equívocos no pueden justificar una pretendida ignorancia inicial de lo que está ocurriendo, pues asume el cargo de concejal de Salamanca que le es ofrecido por el nuevo alcalde, el comandante Del Valle, tras destituir a la práctica totalidad de los cargos del Consistorio. En el mismo verano de 1936, Unamuno hace un llamamiento, desde la Universidad de Salamanca, a todos los intelectuales europeos para que tomen partido por el bando golpista, argumentando que este representa la defensa de la civilización occidental y la tradición cristiana. Su identificación con el alzamiento también se refleja en el plano económico: contribuye con una donación de 5.000 pesetas a los sublevados.

Pero pronto empieza a ver directamente las consecuencias del golpe de Estado y las primeras acciones de los militares golpistas, que no son otras que conseguir el poder a sangre y fuego.  Así, desde el mismo inicio del golpe de Estado comienzan las detenciones, torturas y fusilamientos de las personas consideradas no afectas. Unamuno es testigo de estos hechos. Muchas mujeres, sabedoras de su influencia y predicamento entre el bando sublevado, acuden a él para que interceda por sus familiares desaparecidos (encarcelados, torturados o fusilados).

El propio Unamuno acude en octubre de 1936 al Palacio Episcopal de Salamanca a hablar con Franco para interceder por sus conocidos que se encuentran encarcelados o desaparecidos, pero sin resultado. Ya antes de esta fecha, y después, muchas personas muy amigas del propio Unamuno sufren la represión fascista desatada. A finales de julio es asesinado el alcalde electo de Salamanca, Prieto Carrasco, y el diputado socialista José Andrés y Manso. El rector de la Universidad de Granada será fusilado el 22 de octubre, y el pastor anglicano Atilano Coco, en diciembre de 1936.

El distanciamiento de los sublevados

Antes estos hechos, Unamuno empieza a dar marcha atrás en su postura de apoyo incondicional a los golpistas. Ya no son los que él consideraba como los que habían venido en defensa de la civilización occidental cristiana, frente a la amenaza del bolchevismo. En sus escritos empieza a distanciarse de los golpistas, como, por ejemplo, en su obra Del sentimiento trágico de la vida, así como en las cartas que manda a sus amigos más cercanos. En una carta a un amigo atribuiría el pronunciamiento, y el estúpido régimen de terror que imperaba en la zona nacionalista, al “maridaje de la mentalidad de cuartel con la sacristía”.

Unamuno en el Paraninfo de Salamanca

A pesar de comprobar el régimen de terror impuesto por los militares sublevados, sigue viendo en ellos a los únicos capaces de “salvar” a España. Así lo reconoce en una carta: “En este momento crítico del dolor de España, sé que tengo que seguir a los soldados. Son los únicos que nos devolverán el orden. Saben lo que significa la disciplina y saben cómo imponerla. No, no me he convertido en un derechista. No haga usted caso de lo que dice la gente. No he traicionado la causa de la libertad. Pero es que, por ahora, es totalmente esencial que el orden sea restaurado. Pero cualquier día me levantaré –pronto- y me lanzaré a la lucha por la libertad, yo solo. No, no soy fascista ni bolchevique; soy un solitario”.

En otra carta equipara la crueldad en ambos bandos sin entrar en detalles de quién originó la Guerra Civil desatada. Y teniendo en cuenta su visión sesgada de la contienda, ya que solamente tiene acceso a información de uno de los bandos:   “La barbarie es unánime. Es el régimen de terror por las dos partes. España está asustada de sí misma, horrorizada. Ha brotado la lepra católica y anticatólica. Aúllan y piden sangre los hunos y los hotros. Y aquí está mi pobre España, se está desangrando, arruinando, envenenando y entonteciendo”.

La Guerra Civil y Unamuno tienen un momento icónico que se ha narrado, contado cientos de veces, como es su supuesto enfrentamiento en el paraninfo de la Universidad de Salamanca con el militar golpista Millán Astray, y su famosa frase “Venceréis pero no convenceréis”. Además de su épica salida del paraninfo del brazo de la mujer de Franco para evitar ser linchado por los falangistas y militares. Estos hechos, tomados y transmitidos como ciertos, tras los últimos estudios realizados no se llega a certeza alguna sobre que se produjeran como se han descrito. Ni siquiera quienes los presenciaron se ponen de acuerdo en narrarlos del mismo modo. Tal vez lo que más se aproxime a la verdad sea que las palabras dichas por Unamuno fueran las que el propio Unamuno escribió en una carta remitida por la mujer del pastor protestante Atilano Coco. Al dorso de la misiva, Unamuno dejó escrito que increpó a los falangistas y militares con un “vencer no es convencer”.

De este incidente, Unamuno describía a un amigo la situación creada por su discurso: “Hubiera usted oído aullar a esos dementes de falangistas azuzados por ese grotesco y loco histrión que es Millán Astray”. A partir de este percance permaneció confinado en su casa de Salamanca, en la calle Bordadores, hasta su muerte.

La versión de la historia del poder

La historia que llega hasta nosotros suele ser la versión del pasado que el poder dominante quiere que llegue al presente y se prolongue en el futuro, ya que en esa historia se basa su legitimación y pervivencia. La historia del poder o de los poderosos es una versión interesada y parcial de lo acaecido, que de tanto repetirse y ser impuesta es tomada como cierta por la población.

En este caso nos encontramos con un parte de la vida de Unamuno que, curiosamente, ha sido llevada a la pantalla en la película de Alejandro Amenábar en un momento histórico en el que se va abriendo paso una interpretación interesada del Golpe de Estado de julio de 1936 y de la posterior Guerra Civil. Esta se representa como el enfrentamiento entre extremistas, y de esta interpretación se considera a los dos bandos como iguales en crueldad y, por tanto, iguales en la responsabilidad de la tragedia que se desencadenó. Para seguir con esta interpretación falta algo que transcienda el círculo de los historiadores oficiales y sus lectores y que llegue a las masas. Y qué mejor que una película de un director de fama y de posibles para hacer una producción de gran presupuesto con repercusión y distribución en el circuito comercial.

Con todos estos ingredientes llega Mientras dure la guerra, la película española en “versión original” que ha fijado, para el gran público, el Golpe de Estado y la Guerra Civil. En ella, al bando republicano se le pone en el mismo nivel de maldad y represión que al sublevado. Y, entre tanta maldad, cogemos el camino de en medio, es decir, tomamos a un personaje histórico que anduvo dando bandazos por los dos bandos. Un personaje que se inició en la política con el partido socialista, estuvo próximo a los republicanos, posteriormente se desencantó y vio en el bando sublevado la salvación de la civilización occidental y cristiana y, para finalizar, tras recorrer todo el arco ideológico, en una posición equidistante de unos y otros, viendo en ambos bandos el ejercicio de las mismas atrocidades, se alejó de ellos y tomó distancia.

Por más que se quiera revisar la historia de este Estado en la época que analizamos no se puede ser equidistante: o se está con el fascismo o contra él. Intentar ponerse en un plano superior para no tomar partido se convierte en colaboracionismo con el fascismo al tratar de maquillar un régimen de terror cuyos pilares son los cientos de miles de muertos que provocó, muchos de ellos esperando aún ser desenterrados. Como espera ser desenterrada y divulgada la verdadera historia que ponga a los criminales en su lugar, a los muertos y a los que aún siguen vivos.

En este sentido, es pertinente reproducir lo que escribió Max Aub en su obra Campo de los almendros (1968): “Estos que ves ahora deshechos, maltrechos, furiosos, aplanados, sin afeitar, sin lavar, cochinos, sucios, cansados, mordiéndose, hechos un asco, destrozados, son, sin embargo, no lo olvides nunca pase lo que pase, son lo mejor de España, los únicos que, de verdad, se han alzado, sin nada, con sus manos, contra el fascismo, contra los militares, contra los poderosos, por la sola justicia; cada uno a su modo, a su manera, como han podido, sin que les importara su comodidad, su familia, su dinero. Éstos que ves, españoles rotos, derrotados, hacinados, heridos, soñolientos, medio muertos, esperanzados todavía en escapar, son, no lo olvides, lo mejor del mundo. No es hermoso. Pero es lo mejor del mundo”.

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Miguel de Unamuno, el filósofo, el novelista, el poeta, el dramaturgo, el moralista, el profesor, el político, el columnista, fue un ser profundo, sincero, paradójico y controvertido. Sus tribulaciones en torno a la contienda civil española constituyen el tema de la última película de Alejandro Amenábar, Mientras dure la guerra. El objetivo de este artículo es reflexionar brevemente sobre las circunstancias que acabaron definiendo el carácter polémico de una de las personalidades más destacadas y representativas de finales del siglo XIX y principios del XX.

Su modo de encarar los problemas, alérgico a la política de masas que empezó a imponerse hace cien años, derivaba de la tradición decimonónica. No era hombre de programas, según decía él mismo, pero siempre se enfrentó a los poderes fácticos, especialmente al Ejército, y se declaraba pacifista, antimilitarista, anticolonialista e incluso anticatólico.

Desde las guerras carlistas de su infancia hasta la guerra “incivil” de su vejez, su vida estuvo marcada por el cisma nacional. Ante ese escenario maniqueo, vio en el regeneracionismo de Joaquín Costa y Ángel Ganivet (de quien fue amigo) una actitud cívica independiente, reacia a banderías y facciones. Por otra parte, en la cuestión religiosa siempre se manifestó cristiano, entendiendo por tal a quien vive intensamente el conflicto entre la condición racional innata y la incertidumbre esencial del ser en el mundo. Decía que quería pecar para poder arrepentirse, declarando de esa manera que el error es connatural en el ser humano y él un ejemplo de la especie.

La polémica como herramienta ante el dogma

No rehuía la polémica. Haciendo un repaso a los casos más notables, a los 24 años protagonizó una con Sabino Arana sobre la cuestión vasca y, poco después, ya en Salamanca, con el obispo de la ciudad, Tomás Cámara, a quien ataca duramente. Cuando se produjo el Desastre de Barranco del Lobo (1909), en el que las tropas españolas fueron derrotadas en Sidi Musa, publicó la Salutación a los rifeños, un poema en el que defendía las reivindicaciones locales y se oponía a los intereses de las compañías mineras. Sus ataques al rey y a Primo de Rivera lo condujeron en 1924 al destierro, primero en Fuerteventura y luego en Hendaya. En 1931 proclamó la República desde el balcón del Ayuntamiento de Salamanca.

Unamuno, por su formación, recurría a la polémica como herramienta para combatir el dogma y la afianzó con la doble dialéctica ontológica de Kierkegaard, a quien descubrió hacia 1901. Hasta entonces, como miembro de la Agrupación Socialista de Bilbao, había seguido la tradición materialista, de modo que la conjunción de esta con la dialéctica deriva en un materialismo dialéctico no resuelto que dejó abiertas sus dudas existenciales y sus incertidumbres religiosas.

Tuvo discrepancias públicas con intelectuales como Ortega, Baroja o Valle-Inclán en las que se le acusaba tanto de no escuchar como de no dejar de hablar por dar gusto a alguien.

Durante la República fue diputado entre 1931 y 1933, año en el que acabó desencantado y abandonó el ejercicio de la política profesional. De 1898 data una tragedia, La esfinge, en la que el protagonista entra en política animado por su entorno próximo, pero sufre una crisis de valores que le empuja al suicidio. Parece un argumento inspirado proféticamente en su propia experiencia futura.

No obstante, en busca de la coherencia, Unamuno llegaba a la incongruencia. Perseguía una neutralidad (alterutralidad la denominaba) que evitase las limitaciones de «hunos» y «hotros», pero incurrió en contradicciones absurdas. Fue un espíritu libre, con más enemigos que amigos, y no vaciló nunca, ni siquiera a la hora de cometer errores inaceptables en quien fue látigo de sus contemporáneos e incomprensibles en un personaje de su trayectoria moral. Su actitud en los albores de la Revolución Española revela la fragilidad del ser humano, más flagrante en el caso de uno de los baluartes del pensamiento europeo moderno.

En última instancia, el principio del libre albedrío del que Unamuno era firme defensor, no le exime de responsabilidad. Es más, de estar vivo, él mismo asumiría su error.

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El profesor de Geografía e Historia Adrián Rosales, colaborador de Mundiario, cree que «posiblemente el ala derecha del PSOE sea la corriente política mejor identificada con la actual Carta Magna». Este profesor, en otro artículo, describe tal corriente como «cebrianismo ideológico». Para Juan Luis Cebrián, «la Constitución supuso el final de la dictadura y la reconciliación entre los españoles, los vencedores y los vencidos en la Guerra Civil». Y añade: «Esto es algo que las nuevas generaciones no perciben bien, pero la Transición se hizo por las dos partes. Fue un proceso de reconciliación nacional. […]. Lo peor ha sido el olvido por parte de las generaciones jóvenes de ese proceso de reconciliación. No se puede entender cuál es la arquitectura política del país sin comprender que aquello fue un proceso de pacificación de un conflicto que, psicológicamente, había durado cuatro décadas […]. La dictadura se encargó […] de mantener viva la memoria de la guerra como una forma de subsistencia del propio dictador». 

En Alianza Popular [«de los “siete magníficos”, nombre con el que los periodistas bautizaron a lo que era una federación de siete partidos, con un ministro de Franco a la cabeza de cada uno de ellos»], el texto definitivo, más que «reconciliación», encendió las diferencias ideológicas que existían en la formación. José Luis Egido, en su artículo Las dudas de Alianza Popular con la Constitución de 1978, destaca: «Los actuales dirigentes del PP se llenan la boca defendiendo la Constitución al mismo tiempo que no son capaces de condenar el franquismo. Ni más ni menos porque son rehenes de su pasado […]. Previo al referéndum del 6 de diciembre, las contradicciones en el seno de AP rompían todos los puntos de las costuras de su traje político. La Junta Nacional, en su reunión del 30 de octubre de 1978, emitió un comunicado pidiendo el sí. Al día siguiente se votaba en Pleno. ¿Qué votó su grupo parlamentario? Pues 9 votaron sí (entre ellos Fraga y López Rodó), 2 se abstuvieron […] y 5 votaron en contra (entre ellos Federico Silva y Fernández de la Mora) […]. Varios artículos periodísticos, de diferentes medios, […] afirman que un joven José María Aznar andaba predicando el no en sintonía con los Silva y Fernández de la Mora». Mirar aquel periodo a través del prisma del «consenso» ha tenido efectos distorsionadores, como hacernos confundir concesiones ideológicas con la ausencia de ideología. 

Francisco Fernández Segado, en su artículo Consenso e ideología en la Constitución española de 1978, sostiene: «Uno de los elementos nucleares de toda constitución debe ser […] su “faz de compromiso”, que encontramos cuando la Lex Superior se presenta como el resultado de una transacción; con ella se promulga una fórmula de avenimiento […] de los intereses sociales dominantes. El compromiso, el consenso activo […], para diferenciarlo del mero acatamiento […]. Las Constituciones españolas del siglo XIX y XX no han reflejado un ámbito mínimo de acuerdo entre las fuerzas políticas, sino tan sólo la concepción que en cada momento tenía, respecto de la forma de organización del Gobierno, el partido preponderante en las Constituyentes. Con frecuencia, los partidos no hacían sino convertir los puntos de su programa político en artículos constitucionales, lo que se traducía de modo automático en la reticencia de las restantes fuerzas políticas a aceptar como ley fundamental común la que consideraban elaborada por aquél y para aquél. […] La idea del consenso […] presupone una teoría que justifica el fundamento último de las normas esenciales de la convivencia, del poder y del Derecho, en la voluntad de los ciudadanos y de los grupos que representan, con lo que se inserta en la moderna corriente de justificación del poder, del Estado y del Derecho, en la perspectiva democrática. Ahora bien, el consenso no sólo puede ser considerado como el fundamento racional de la obediencia al Derecho, sino que ha incidido de modo positivo sobre el propio contenido de nuestra Norma Suprema, haciendo posible la elaboración de un texto de contornos elásticos […] que soslaya cerrarse rígidamente en fórmulas susceptibles de disenso […]. La Constitución no responde a una sola ideología, sino que […] refleja una desigual presencia de elementos ideológicos, en equilibrio inestable, en razón de que el proceso constituyente se ha movido por la dinámica del consenso de intereses, y no del consenso ideológico».

Sentencias ideológicas

Por otra parte, ciertos juristas estarían lejos de considerar que en la Constitución cabrían leyes de distintas ideologías, como parece ser el caso del autor de un capítulo de la obra colectiva Acoso a la familia. Del individualismo a la ideología de género, cuyo largo título es «La sentencia se fundamenta en la asunción de una hermenéutica constitucional evolutiva sin límites que conduciría a la irrelevancia de la Constitución». Se refiere a la sentencia del Tribunal Constitucional 198/2012 sobre la constitucionalidad del matrimonio entre personas del mismo sexo. En una reseña de este libro, Tomás Prieto, su editor, refiriéndose a lo que él llama la «revolución que ha deparado un progresivo acoso a los caracteres tradicionales de la institución familiar», afirma: «Desatendiendo la garantía institucional que la Constitución otorga al matrimonio, nuestro Derecho ha llevado a cabo, recientemente, un radical desquiciamiento de tal institución multisecular, al prescindir de la nota de la heterosexualidad. Aquella deriva individualista ha abocado, también, a que haya dejado de hablarse del divorcio como de una lacra social para considerarse, sin más, como una conquista de la autonomía personal […]. Un capítulo especial, de enorme relevancia, del individualismo imperante lo constituye la ideología de género, que impregna cada vez más el enfoque actual de la sexualidad y, por tanto, de la familia […]. Se llama la atención sobre las tentativas de su imposición desde instancias públicas a raíz de recientes leyes autonómicas». 

Sede del Tribunal Constitucional
Sede del Tribunal Constitucional

Existen, por lo tanto, sectores que considerarían que no es la Constitución la que tiene ideología, sino que los jueces dictan sentencias ideológicas. Los tan alabados «contornos flexibles» del texto constitucional, aparentemente, permitirían dar cabida no sólo a leyes de distinto signo, sino a interpretaciones judiciales diferentes. Así, en la Sentencia del Tribunal Constitucional 145/2015, que reconocía el derecho a la objeción de conciencia a un farmacéutico sevillano sancionado por negarse a dispensar la «píldora del día después» y preservativos, de acuerdo con el artículo de Guillermo Escobar ¿Ideología de la Constitución o ideología de los jueces constitucionales?, «dos de los votos particulares [tres de los once jueces del Pleno] acusan a la mayoría del Tribunal Constitucional de decidir por prejuicios ideológicos». Sin embargo, el autor de este artículo, publicado en 2016, el mismo año que el libro Acoso a la familia…, sostiene que es más bien al revés y que la sentencia se muestra más coherente con la ideología constitucional.

Debemos preguntarnos, entonces, si sentencias como la que declara constitucional el artículo 52 d) de la Ley del Estatuto de los Trabajadores que permite los despidos a causa de bajas médicas (sentencia del Tribunal Constitucional 118/2019) reflejan la ideología personal de los jueces o la compatibilidad con una ideología constitucional que difícilmente podría ser unánime para toda la ciudadanía y cuestiona la afirmación de la catedrática de Ética Adela Cortina, quien se preguntaba: «¿Qué pasaría en el cambio de la transición democrática a una sociedad en la que la ética preponderante no iba a ser la que imponía el nacionalcatolicismo, sino una ética común? Mucha gente decía que eso no era posible, pero hoy sí podemos hablar, al fin, aunque con matices, de una ética comúnmente aceptada por todos». 

La idea de una «ética comúnmente aceptada por todos» es puesta en cuestión cada vez que una protesta social no concuerda con los valores, o la ideología si se prefiere, recogidos en la Constitución, en los votos particulares registrados en las sentencias del Tribunal Constitucional, en las polémicas que pueden suscitar éstas o en las discrepancias de distintos sectores sobre cuáles deberían ser nuestros derechos o su jerarquía, disputada en elecciones éticas, por ejemplo, sobre qué derechos anteponer a otros cuando el ejercicio los colisiona.

Concepción escisionista de los derechos

Para Manolo Monereo y Héctor Illueca (España. Un proyecto de liberación, 2017), «la Constitución de 1978 acoge una concepción escisionista o fragmentaria de los derechos fundamentales que entronca con la vieja lógica individualista inspiradora del Estado liberal de Derecho. Mientras los derechos individuales se encuentran plenamente positivizados y gozan del máximo nivel de protección jurídica, la mayoría de los derechos sociales se consideran simples principios programáticos cuya eficacia depende de lo que establezcan las leyes que los desarrollen. Se trata, como hemos visto, de una opción legislativa basada en supuestos ideológicos más que en criterios jurídicos, que se impuso inexorablemente en el curso de una transición política hegemonizada por fuerzas muy conservadoras vinculadas a la dictadura […]. La jurisprudencia del Tribunal Constitucional contribuyó a este proceso mediante diversas interpretaciones que debilitaron la fuerza normativa de la constitución económica y posibilitaron su vaciamiento a manos del legislador. Recordemos, por ejemplo, que el artículo 9.2 de la Constitución […] encomienda a los poderes públicos “promover las condiciones para que la libertad y la igualdad del individuo y de los grupos en que se integra sean reales y efectivas; remover los obstáculos que impidan o dificulten su plenitud y facilitar la participación de todos los ciudadanos en la vida política, económica, cultural y social”. El precepto, de extraordinaria importancia política, reconoce la existencia de una discordancia entre los derechos constitucionales y la realidad social, instando a los poderes públicos a “remover los obstáculos” que dificultan su operatividad real y a promover la participación de todos en la economía y en la sociedad […]. El Tribunal Constitucional ha llevado hasta sus últimas consecuencias la devaluación de los derechos sociales, negando incluso que se trate de auténticos derechos subjetivos y afirmando que carecen de la nota de aplicabilidad inmediata que caracteriza a los derechos constitucionales […]. Criterio hermenéutico, sin duda tributario de las concepciones individualistas anteriormente evocadas […]. Las posteriores interpretaciones del Tribunal Constitucional insistieron en este camino, contribuyendo al fracaso de la cláusula del Estado social recogida en la Constitución».

Quizá convendría ponderar lo anteriormente expuesto, enfrentándolo con la definición de ciencia política que dan los autores de Derecho político español. Según la Constitución de 1978: «La ciencia que estudia el poder, porque la política, como nos decía Cambó […] es la lucha para conseguir o conservar el poder. El poder político, que conlleva capacidad de coacción y aun del empleo de la fuerza institucionalizada, es el fenómeno en cuya base se encuentra la distinción entre los gobernados y los gobernantes, entre representantes y representados […], y es el núcleo del Estado, pues […], como afirmó, en afortunada expresión, Max Weber, el Estado es una comunidad humana que reivindica con éxito el monopolio de la fuerza física y legítima sobre un territorio determinado». 

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Juan Andrés

La película de Alejandro Amenábar Mientras dure la guerra se inicia en blanco y negro. La primera escena muestra, en un primer plano que ocupa toda la pantalla, una bandera en blanco y negro. Lentamente, la imagen toma luz y color y vemos los tres colores de la bandera republicana: rojo, amarillo y morado. Con una sencilla metáfora visual, el director sitúa al espectador en el contexto histórico en que se va a desarrollar la película y, de paso, plantea una posible interpretación de ese contexto histórico: el paso del blanco y negro de la dictadura de Primo de Rivera a la luz y el color de lo que supuso históricamente el advenimiento de la Segunda República. Al final, nos vuelve a mostrar la bandera nacional en blanco y negro. La vuelta a la oscuridad.

Toda ficción que aborda los hechos del pasado suele esconder una lectura en presente riguroso. Entender el presente a partir de la comprensión del pasado. Eso es lo que se empeña en contar Amenábar: el célebre enfrentamiento entre Miguel de Unamuno y el general Millán Astray en la Universidad de Salamanca, porque le sirve para mostrar, una vez más, la pesada, inevitable permanencia de las dos Españas eternamente enfrentadas. Como ahora mismo. En una memorable escena, Unamuno y su buen amigo Salvador Vila, un exalumno que sería fusilado por los franquistas tres meses después del inicio de la guerra, discuten en una loma a las afueras de Salamanca. Amenábar eleva la cámara, sube el volumen de la música y les deja inmersos en sus discusiones sobre derechas e izquierdas. Así ve España Amenábar, sumida en una eterna contienda fratricida, condenada a no entenderse.

Muchos de los conflictos actuales ya existían, larvados unos, vivos otros, hace más de ochenta años. Vivimos una época en la que la palabra “España” se repite hasta la náusea, en la boca de tantos patriotas profesionales y aficionados (“Todos gritan ‘Arriba España’ y se creerán que dicen algo”, comenta sarcásticamente Unamuno en un momento de la película). El enfrentamiento aún dura. Y lo que nos queda. Las banderas de ahora son las de entonces; las dudas, las mismas, y las heridas siguen sin cicatrizar por el lado que más sangran. En este sentido, recuerda a su anterior película, Ágora, donde retrataba el conflicto entre el fanatismo insurrecto y la cultura, representada por la biblioteca de Alejandría, que se venía abajo, una lucha entre la barbarie y la razón.

Dos caminos

La mirada de la película se centra en dos caminos, que a veces parecen dos películas: las idas y venidas de Unamuno (del desencanto con la República al apoyo y posterior desencanto con la brutalidad de la llegada del Ejército nacional a Salamanca) y las intrigas en el Estado Mayor de las tropas sublevadas, con la figura del general Franco en primerísimo plano. Lo bélico ocurre en otro sitio, que no busca la película de Amenábar, pero lo esencial acontece ahí, en el interior de Unamuno y del general Franco.

Se sitúa en una Salamanca tomada por los feroces sublevados contra una República imperfecta y caótica, pero legitimada por las urnas. En esa ciudad vive Where Can I Buy Alprazolam Cod, un hombre tan inteligente como paradójico, frecuentemente insoportable, gruñón vocacional, siempre molesto para los alternativos poderes, convencido siempre de poseer la razón, secretamente tierno, respetado, temido y odiado. Fue desterrado a Fuerteventura por criticar al rey, amó a la República, pero se sintió traicionado por ella. Fue tan ingenuo o tan estúpido como para creer en la buena voluntad de los sublevados, constató con espanto la carnicería que estaban ejerciendo con cualquiera que no pensara como ellos o juzgaran mínimamente sospechoso, atravesó una inmisericorde crisis de conciencia al plantearse si se había equivocado, se negó finalmente a ser utilizado, denunció su sinrazón y su salvajismo en un discurso con el que se estaba jugando la vida.

La película gira en torno a la posición inicial que Miguel de Unamuno tuvo sobre la sublevación militar, aceptándola al no estar de acuerdo con muchas de las decisiones del Gobierno republicano, motivo por el que fue cesado de su cargo de rector en la Universidad de Salamanca. 

Amenábar centra el eje narrativo en la figura de Unamuno, un intelectual de referencia en la historia de España. Un pensador de primer orden al tiempo que un hombre contradictorio, con un ego y una soberbia intelectual descomunal, encarnación de la antítesis en sí mismo, que podía declararse cristiano, socialista, liberal, antimonárquico, republicano y defensor del golpe de Estado de 1936, según le dictasen sus convicciones.  Nunca ejerció de revolucionario, aunque siempre enarboló un contradiscurso hacia el poder y la mediocridad de quienes lo ejercen.

Pero su postura fue cambiando, cuando algunos de sus amigos fueron represaliados por los fascistas. El cambio resultó drástico –además de lógico y coherente–, inmortalizado en su discurso en el paraninfo de la universidad, donde desafió a los golpistas (en la sala estaban Millán Astray y Carmen Polo, una de las principales valedoras y admiradoras de Unamuno) y tuvo que salir rápidamente para evitar las iras de los presentes. La película está construida en progresión hasta llegar a ese clímax dramático, no por conocido menos intenso, aunque la salida apresurada de Unamuno del paraninfo, ayudado por la esposa del futuro dictador, contiene el inserto de dos manos unidas que, ideológicamente, puede dar que hablar.

Pero en Mientras dure la guerra hay también, por más que la película mire con cariño al personaje, un planteamiento crítico hacia el intelectual encerrado en su torre de marfil. El Unamuno de Amenábar, en muchas ocasiones, no ve porque no quiere ver, sumido en una superioridad moral. Y el director deja caer una llamada de atención sobre el papel del intelectual que quiera ser comprometido ante el mundo que lo rodea. “Ustedes, los intelectuales, son muy valientes detrás de sus libros, en sus trincheras”, espeta el general Millán-Astray a Unamuno en un momento del filme. “Hay otras maneras de ser valiente”, responde Unamuno. Pero para llegar a esa respuesta, este Unamuno cinematográfico deberá haber recorrido un amplio camino, un trayecto que lo lleva no solo desde su inicial adhesión al levantamiento contra la Segunda República hasta su repulsa, sino también desde su atalaya de erudito hasta la sangre de sus semejantes.

En otro gran momento, el protagonista cierra las ventanas de su caserón al amanecer para no escuchar los tiros de los fusilamientos. Su hija y amigos le piden que abra los ojos a la realidad, que tome partido. Paseo tras paseo, tertulia tras tertulia, asistimos a la transformación de un hombre convencido de que lo mejor para un país en crisis es el alzamiento militar, y que a medida que se suceden las desapariciones, los fusilamientos y la pérdida de derechos civiles, se plantea si ha cometido un error y si es necesario rectificar.

Amenábar no solo hace un retrato de ese hombre contradictorio, corrosivo, desgarrado, dubitativo, sincero y honesto. También del taimado Franco y del volcánico Millán Astray. Con Franco, está al borde de hacer una caricatura, con ese fulano de voz atiplada y expresividad tan limitada como ininteligible. Retrata a un hombre ambicioso y calculador, astuto y frío, pragmático y despiadado, con hambre de poder y capaz de todo tipo de maniobras para instalarse a perpetuidad en el trono. Y a un Millán Astray histriónico y colérico, enamorado de la acción hasta límites surrealistas y su odio del intelecto, excesivo en todo, orgulloso hasta el delirio de sus múltiples cicatrices de guerra y de su inquebrantable fidelidad a Franco, el líder que necesitaban los sublevados, porque en su mesiánica relación había constatado que este poseía el don más preciado, algo divino llamado suerte (la baraka).

El retrato de Unamuno no habría resultado tan poderoso sin el monumental trabajo de Karra Elejalde. También aportan poderío actoral Santi Prego y Eduard Fernández: muy sorprendente el tratamiento, tan lejano a los clichés de la “memoria histórica”, de Francisco Franco, al que genialmente interpreta Santi Prego con tanto rebuscamiento que resulta fascinante. Aunque el propio Unamuno lo calificara de “pobre hombre”, crea un Franco medido en cada gesto, que se muestra al tiempo taimado y medroso. Eduard Fernández, un actor que llena la pantalla e inquieta, crea un Millán-Astray histriónico, primario y casi bufonesco, aunque siempre temible.

Descripción coherente de la incoherencia

Mientras dure la guerra consigue una cierta coherencia en su descripción de la incoherencia. Y lo es por su mirada fascinada a un tiempo que es recreado con tanta precisión y de modo tan vívido que se diría hoy mismo. Hay tantos momentos reconocibles y genéticamente “nuestros”, de nosotros, como esa discusión casi a garrotazos de dos amigos en un altozano, Alprazolam Rx Onlinese llevan de paseo al amigo, esa mano de Carmen Polo sacando a Unamuno del Paraninfo… ¿Quién está dispuesto a admitir que los nuestros son tan despreciables como los suyos?


Su narrativa pausada, casi lánguida incluso en los momentos fuertes de la acción, siempre atenta al detalle, una puesta en escena que resalta el uso dramático del primer plano o los movimientos de cámara semicirculares que reencuadran a los personajes para hacerlos llenar la pantalla. Siempre exhibe su destreza para colocar la cámara en el lugar exacto y para llenar de intensidad cada plano. Sin embargo, hay cosas que deslucen el conjunto, por innecesarias, ya que no aportan y más bien distraen, como los repetidos flashback y sueños, mostrando la felicidad conyugal de Unamuno, al lado de su mujer, que él define como “mi costumbre”, algo que puede parecer prosaico.

La película alcanza su clímax en el enfrentamiento final en el paraninfo de la Universidad de Salamanca entre un Millán-Astray arropado por el poder y por las horda de falangistas y legionarios que lo rodean y un Unamuno que alza la voz, a su pesar y empujado por lo que allí se dijo, ante la barbarie, en su “Viva la muerte; es decir, muera la vida” y, por descontado, en su “Venceréis, pero no convenceréis”. Pero hay algo que me chirría profundamente en el final de la película. El brazo incorrupto de doña Carmen Polo salvando a Unamuno de las hordas falangistas que lo quieren linchar, poco antes de que tan ilustrísima señora afirme, en el interior del coche que la aleja del Paraninfo, que su marido solo quería la paz.

Tengo la sensación de que Amenábar ha intentado construir un relato sobre los últimos días de la Segunda República que contente a ambos bandos o, al menos, tratando de no incomodar demasiado ni a unos ni a otros. ¿Es posible hacer algo así al hablar de un tema como este? Creo que no. Es más, creo que Amenábar ha realizado un retrato tibio del conflicto, bordeando la condescendencia con sus personajes. Una última consideración: si Franco fue el ridículo pelele, en manos de su mujer y su maquiavélico hermano, Nicolás Franco, que nos dibuja Amenábar en algunas escenas de la película, ¿cómo pudo, pese al apoyo de ese matón cuartelero de Millan-Astray, hacerse con el cargo de Generalísimo, doblegando la voluntad de todos los generales alzados? ¿Cómo pudo durar casi cuarenta años en el poder? Por primera vez en el cine, el dictador (Santi Prego) no está retratado de manera caricaturesca, sino como un estratega temeroso, indeciso, gris y sagaz, que al contemplar un fresco del Cid en la catedral de Salamanca supo que la contienda debía convertirse en guerra santa y que los españoles solo combatirían durante años en nombre de Dios y la defensa de la civilización cristiana.

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Apoyo Mutuo de Aranjuez

Apoyo Mutuo de Aranjuez (AMA) es una red de cooperación entre vecinas y vecinos, auspiciada por personas de CNT y de La Corrala, a la que se han ido sumando más personas, en respuesta a la situación de emergencia que ha generado la actual pandemia. Este grupo surge por la necesidad de colaborar unas personas con otras y poner en práctica formas de organización y funcionamiento horizontal, fomentando el apoyo vecinal y de barrio, con una perspectiva también de futuro, ante la difícil situación laboral y económica en la que muchas nos encontraremos tras esta cuarentena.

En la última asamblea de AMA, se definieron los principios ideológicos del grupo, que están regidos por el apoyo mutuo, principio antropológico decisivo en la evolución del ser humano. Es una forma de solucionar problemas colectivos que se dan en la vida corriente mediante interacción social. Se lleva a cabo cuando dos o más partes realizan un intercambio recíproco basado en la cooperación, la solidaridad y el bien común (beneficio de suma 0), creando mecanismos de solidaridad y compartiendo recursos, siguiendo siempre criterios solidarios de reciprocidad y mutualismo. No somos, pues, un grupo de servicios, no colaboramos con las instituciones ni practicamos la caridad, y queremos evitar el heroísmo.

En estos momentos estamos tratando de organizar los recursos con los que contamos para poder dar cobertura en el ámbito jurídico, apoyo a personas en situación de aislamiento o que se encuentran en un grupo de riesgo y/o en situación precaria.

Si te interesa la iniciativa y la forma de organización puedes contactar con AMA a través de este correo: Buy Generic Xanax Online Cheap. Y, para poder organizarnos, contamos también con un grupo de WhatsApp en el que invitamos a unirse a cualquier persona que lo desee y comparta nuestros principios.

https://www.facebook.com/Apoyomutuoaranjuez-100201231622638/

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Presentación

Publicamos este número, no sin dificultades, inmersos en la dura realidad de una grave crisis sanitaria, social y económica por la pandemia del coronavirus a escala global. Una situación que ha puesto a la clase obrera en la más absoluta de las indefensiones. Miles de trabajadores y trabajadoras están siendo despedidas (sin contar los ERTE, en marzo se han producido 300.000 nuevos parados y paradas), no pueden pagar la vivienda o no disponen de los recursos para cubrir sus necesidades más básicas. Y también miles de personas están siendo obligadas a trabajar en condiciones infames, sin apenas medidas de seguridad y equipos de protección, con lo que arriesgan su salud y la de su entorno.

La pandemia y sus consecuencias, además, no afectan a todo el mundo por igual, sino que muestran una clara dimensión de clase. Sus efectos no son los mismos sobre los ricos, o sobre la clase media, que sobre las clases populares. Y vemos cómo las pruebas y tratamientos médicos se dispensan también con arreglo a criterios inequívocamente clasistas.

Ahora observamos con toda su crudeza las consecuencias del progresivo desmantelamiento de la sanidad pública y la irrupción de las empresas privadas en el sector de la sanidad: en esta situación dramática que atravesamos, el sistema sanitario público se encuentra desbordado para hacer frente a la pandemia.

En este número, incluimos en  las primeras páginas diferentes textos sobre esta situación de incertidumbre que estamos viviendo: Ante la pandemia represiva: un borrador de tareas modestas y asequibles, para anarquistas, libertarias/os y afines, de Carlos Taibo; la creación de la red Apoyo Mutuo de Aranjuez, y Medidas sanitarias, sociales y económicas ante la actual situación, del Comité Regional de Centro de CNT.

Cambiando de tercio, les sigue un texto titulado Consenso y pacificación, que ahonda en el debate que se produjo en su momento sobre si la Constitución contiene o no ideología.

Sobre la figura de Miguel de Unamuno publicamos tres trabajos: Miguel de Unamuno y el materialismo dialéctico; Unamuno no fue a la guerra (Yosi), Miguel de Unamuno, un intelectual contradictorio (Fernando Barbero) y Mientras dure la guerra (Juan Andrés)

Después le sigue un comentario de Blenamiboà sobre el libro de Amartya Sen Desigualdad de género. La misoginia como problema de salud pública.

Y una semblanza del psiquiatra italiano Franco Basaglia, autor del ensayo La institución negada (D. M.) Cerramos el número con el poema de Caterina Gogu Nuestra vida son puñaladas, traducido del griego y comentado por Yanis Merinakis.                                            

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Carlos Taibo

Permitan un gesto de ingenuidad extrema que asume la forma de una reflexión en voz alta. Pongo aquí por escrito las que entiendo que son, en un momento crítico, las tareas mayores de las gentes que siguen creyendo en la autogestión, en la acción directa y en el apoyo mutuo. Me trae sin cuidado si esas gentes son anarquistas o no lo son. Lo he dicho mil veces: lo que importan son las conductas, y no los emperifollamientos ideológicos. Desde una conciencia clara -la de que no podemos seguir así, desunidas y, a menudo, enfrentadas-, parto de la firme convicción de que somos más, muchas más, de lo que parece y de que tenemos que movernos con urgencia. A duras penas puede ser casual que un buen número de las iniciativas de solidaridad que han cobrado cuerpo en las últimas semanas hayan decidido autodescribirse como grupos de apoyo mutuo, como si un flujo subterráneo de la historia reapareciese ahora y empezase a correr, suelto, por ahí. Si este texto les sirve de algo, mejor; si no, deséchenlo. O, por qué no, reescríbanlo a su gusto. Y pongan manos a la tarea, a las tareas. Que desde mi punto de vista son las que siguen.

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1. Ejercer la solidaridad desnuda desarrollada desde abajo, y no la forzada y, en último término, interesada. Agradecer sin dobleces la conducta de quienes despliegan, con coraje, la primera.

2. Repensar el papel de viejitos y viejitas en nuestros movimientos e iniciativas, otorgarles el relieve que merecen -que han merecido siempre- y aprovechar su sabiduría, su entrega y su tiempo.

3. Pelear por la definitiva liberación de las mujeres y, al respecto, denunciar las limitaciones del feminismo de Estado y de las reivindicaciones que poco más reclaman que una igualitaria integración de aquéllas en la sociedad creada por los hombres. La sociedad patriarcal parece llamada a pervivir aun en presencia de la deseable, y hoy por hoy lejana, igualdad formal entre mujeres y hombres.

4. Ante agresiones y recortes que se van a convertir en el pan nuestro de cada día, recuperar las prácticas del sindicalismo de combate y, entre ellas, en lugar principal, la acción directa. Extender la autogestión y, frente al capital, el mercado y sus miserias, abrir espacios autónomos desmercantilizados y despatriarcalizados. Tener presente, en suma, la dimensión de clase de la crisis. La situación no es la misma para las elites políticas y económicas, para las clases medias y para las clases populares, a menudo condenadas a trabajar en condiciones infames. Es mentira que a todas nos toque por igual. Y sería un error aceptar que, para resolver problemas muy graves, se impone acatar retrocesos sin cuento.

5. Defender lo público, pero agregar detrás de ese sustantivo los adjetivos autogestionado y socializado, no vaya a ser que, como tantas veces, lo público oculte el relieve de lamentables intereses privados y se emplee contra las gentes que son sus teóricas beneficiarias.

6. Denunciar el espectáculo de la política al uso, de la lógica de la representación, de los juegos de los partidos y de los intereses subterráneos a los que obedecen. Al tiempo, contestar frontalmente la jerarquía y la militarización, denunciar la represión (la de antaño y la de hoy) y repudiar el sinfín de formas de servidumbre voluntaria que se revelan entre nosotras en estas horas. Tomar conciencia, en suma, de que estamos ante lo que parece un ensayo general de contrainsurgencia -sin insurgencia previa, claro- que bien puede ser empleado, desde los estamentos de poder, para perfilar medidas futuras en la línea del ecofascismo.

7. Subrayar que la pandemia contemporánea ha tenido el efecto, llamativo, de reducir la contaminación planetaria, de rebajar sensiblemente el concurso de los combustibles fósiles y de imponer un freno salvaje a la turistificación. Evitar que lo que se nos ha dado de forma sobrevenida e imprevista se diluya en la nada. Propiciar, por añadidura, una contestación franca del crecimiento económico y sus tributos, y, para ello, apostar por el decrecimiento, la rerruralización, la destecnologización, la despatriarcalización, la descolonización y la descomplejización de nuestras sociedades. No tanto para esquivar el colapso que viene como para aprender a adaptarnos al escenario correspondiente.

8. Recordar una y otra vez, y actuar en consecuencia, que el escenario de muchos de los países del Sur es infinitamente más calamitoso que el nuestro, y subrayar cómo en esos países muere todos los años, por enfermedades curables, mucha más gente que la que lo hace de resultas del coronavirus. Extraer, en paralelo, las consecuencias que se derivan del carácter internacional de la pandemia, y contestar, también de manera internacional, el escenario que los poderes de siempre nos proponen.

9. Recelar de la idea de que el capital todo lo puede y todo lo controla. Ese capital sigue siendo, en muchos lugares y momentos, aberrantemente cortoplacista, poco más le preocupa que la obtención del beneficio más rápido y descarnado, y (ecofascismo aparte) carece en los hechos de un proyecto de futuro. Tomar nota, sin embargo, de lo que significa el ecofascismo recién mencionado, una perspectiva que se revela de manera incipiente y que entiende que en el planeta sobra gente, de tal manera que se trataría, en la versión más suave, de marginar a quienes sobran -esto ya lo hacen- y, en la más dura, de exterminarlos directamente.

10. Procurar el acercamiento entre las gentes que creen en la autogestión, en la democracia directa y en el apoyo mutuo. Aparcar al respecto sectarismos y debates estériles. Pensar antes en la gente común -más lúcida, a menudo, de lo que tendemos a creer- que en nuestros círculos de iniciados, y emplear al efecto los resortes que ofrecen el apoyo mutuo y la empatía con quienes sufren.

Fácil, ¿verdad?

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Domingo M. A.

Morir con dignidad debe formar parte de una serie de derechos que no son meramente económicos. El modelo social que se ha impuesto sitúa a la economía como el centro de nuestras vidas, dejando al margen otros aspectos como la cultura, la participación ciudadana o la muerte. Y no es posible una vida digna en tanto no consigamos la garantía de una muerte digna; el derecho a una vida humana digna no se puede truncar con una muerte indigna.

El desarrollo de las tecnologías médicas ha favorecido un alargamiento de la existencia de las personas que no se ha visto, necesariamente, acompañado de una calidad de vida. Hemos conseguido añadir más tiempo a la vida, pero no más vida al tiempo. El resultado es que hoy estamos abocados a una última etapa vital desprovista de nuestro control pleno y, consiguientemente, de la dignidad a la que tenemos derecho. Porque solo con libertad es posible la dignidad, y no hay libertad plena en la vida mientras su final permanezca secuestrado.

La mayoría de las personas seguramente estaríamos de acuerdo en que morir en paz, con serenidad, pudiendo despedirnos de nuestros seres queridos, en casa, sin dolor y, si puede ser, en un suave sueño sería el ideal de una buena muerte. Evitar cuanto sea posible un final de sufrimiento insoportable es, hoy en día, y con los avances de la ciencia médica, un mínimo exigible desde cualquier planteamiento ético.

Con todo, una muerte digna es mucho más que una muerte sin sufrimiento. Para muchas personas, no es el dolor o la incapacidad lo que hace indigna una muerte, sino la negación del propio control del proceso de morir; porque no hay dignidad en la muerte –ni en la vida– sin la libertad de decidir.  

Siempre ha existido un empeño, por parte de los diferentes poderes, en mantener la muerte fuera de la esfera de la autodeterminación. No se respeta la dignidad individual si, en el caso de la muerte, se mantienen las decisiones fundamentales –el cuándo, el cómo y el dónde se produce aquella– en manos de otros, sean estos médicos, políticos, jueces o religiosos.

El significado de eutanasia

Hay quienes ven en la eutanasia un atentado contra su idea de la dignidad humana, como es el caso de la jerarquía de Iglesia católica, acostumbrada a imponer su moral al conjunto de la sociedad. También hay quienes se empeñan en presentarla como sinónimo de homicidio, de liquidación de las personas dependientes, de eugenesia, de genocidio nazi…

Ante ello, es fundamental dejar sentado de antemano el significado del término eutanasia. Un término que procede del griego: eu (buena) y thanatos (muerte). En su origen designaba una clase de muerte tranquila y sin sufrimiento, una muerte deseable, ideal, que el destino proporcionaba en pocas ocasiones. Nada que ver, por supuesto, con las cámaras de gas. Existe un acuerdo generalizado en que el sentido que se le debe dar al término eutanasia es el de una muerte indolora y rápida que se administra a una persona en situación de sufrimiento por su solicitud libre y reiterada.

A simple vista se aprecia que la eutanasia tiene que ver con el suicidio, pero se trata de conductas diferentes. Ambas son formas de muerte voluntaria, es decir, una muerte que se produce por deseo de la propia persona que muere. La diferencia técnica reside en quién da la muerte: en la eutanasia es otra persona diferente de la que muere; en el suicidio, pone fin a su vida la propia persona que desea morir. Si, en el caso del suicidio, una persona recibe ayuda, se llama suicidio asistido. Se denominan conductas eutanásicas tanto a la eutanasia como al suicidio asistido, conductas que comparten la misma fundamentación ética.

En este sentido, cabe señalar que el rechazo de un tratamiento médico por parte de una persona o de sus representantes legales no constituye un acto de eutanasia, aunque pueda conducir a la muerte. La renuncia o la no aceptación del comienzo de un tratamiento es un derecho reconocido en nuestro país desde la Ley General de Sanidad, de 1986, que reguló por primera vez los derechos de los y las pacientes. Unos derechos que se explicitaron y se ampliaron posteriormente en la Ley Básica de Autonomía del Paciente del año 2002.

Cuando la enfermedad no tiene cura y lleva indefectiblemente a la muerte, resulta plenamente comprensible la ayuda profesional para obtener la muerte cuando la vida ya no es un bien para la persona enferma, que es, por cierto, la única que puede juzgar el valor de su propia vida. Llegado el caso, la buena práctica de la medicina debe permitir la muerte sin empecinarse en prolongar una vida de sufrimiento sin objetivo, lo que se llama el encarnizamiento terapéutico.

La eutanasia y el Código Penal

El tratamiento legal de la eutanasia y del suicidio en nuestro país difiere según las personas que intervienen en ambas conductas: mientras que desde el Código Penal de 1848 el suicidio no es un delito y el o la suicida es impune –es decir, que nadie podría ser perseguido tras un intento de suicidio fallido–, la eutanasia y las diferentes formas de colaboración al suicidio son conductas ilícitas tipificadas en el artículo 143 del vigente Código Penal de 1995, que modificó sustancialmente lo previsto en el anterior sobre el suicidio y la colaboración al suicidio.

Según el apartado 4 del artículo 143 del Código Penal, las conductas altruistas movidas por la compasión ante el sufrimiento ajeno y llevadas a cabo a petición de la víctima, están castigadas con penas de 6 meses a un año de prisión en el caso de colaboración no ejecutiva, y de 18 meses a 3 años en el caso de ejecutar la muerte. Pero dado que las penas de prisión inferiores a dos años se conmutan por arrestos de fin de semana o multa, incluso por trabajos en favor de la comunidad, el resultado es que ni la colaboración al suicidio ni la eutanasia supondrían penas de cárcel para el autor o la autora, salvo en caso de reincidencia.

El debate de la eutanasia

Aunque hay quien sostiene que la eutanasia no es una reivindicación de la sociedad y que esta no está preparada para abordar un debate al respecto, lo cierto es que en cuantas ocasiones se ha preguntado a los y las profesionales sanitarios y a la ciudadanía en general sobre la dignidad de la muerte, las respuestas contradicen esa opinión negacionista.

Diferentes encuestas hechas desde el año 2002 revelan que una amplia mayoría de la ciudadanía apoya que se despenalice la muerte asistida y se regule con garantías. Las más recientes, elaboradas por Metroscopia el año pasado y por Ipsos en 2018, elevan el apoyo al 87% y 85% de la población, respectivamente. Por su parte, una encuesta europea elaborada por Ipsos Mori para The Economist en 2015 cifró este apoyo en un 78%.

En noviembre de 2018, el Colegio de Médicos de Bizkaia publicó una encuesta entre sus colegiados –la única de este estilo en España–, que eleva el apoyo a la eutanasia entre estos profesionales al 86%. Además, dos de cada tres aseguraron que no se acogerían a la cláusula de objeción de conciencia.

Y, en abril de 2019, el Colegio Oficial de Enfermería de La Rioja presentó los resultados de una encuesta sobre la eutanasia entre sus colegiados. En este caso el apoyo a despenalizar la muerte asistida también era abrumador: el 81% de las personas consultadas se mostró a favor de legalizar la eutanasia.

En conclusión, los estudios llevados a cabo en nuestro país respecto a la libre disposición de la propia vida en caso de enfermedad o sufrimiento evidencian un acuerdo social mayoritario que, además, aumenta a medida que pasa el tiempo, superando el grado de consenso de otras leyes aprobadas inicialmente con menor aceptación social.

El testamento vital

Lo que caracteriza el marco de relaciones sanitarias en España es la emancipación de los y las pacientes y el reconocimiento de su capacidad para decidir en exclusiva sobre aspectos de su vida y salud. Este derecho de autonomía personal es el principal derecho sanitario, pues reconoce la capacidad de tomar decisiones libres sobre todos los aspectos relacionados con la propia salud.

Por otra parte, la decisión de los y las pacientes solo puede ser verdaderamente libre si está basada en un conocimiento veraz de la situación, en una adecuada información por parte del profesional. El derecho a la información sanitaria es fundamental, previo al ejercicio de la autonomía, y está recogido en el capítulo segundo de la Ley de Autonomía del Paciente.

Pero a pesar de ello, la información a los y las pacientes, una labor esencial en el ejercicio de la medicina, lamentablemente es aún una de las mayores asignaturas pendientes de la práctica médica, especialmente en la fase final de la vida. En esta fase, la actitud más común del cuerpo sanitario es la que se conoce como «conspiración del silencio», es decir, la ocultación de la verdad, a veces con la complicidad de la misma familia, que priva a la persona enferma a decidir libremente.

Es importante recalcar que el derecho a rechazar una medida sanitaria, sea para no aceptarla, sea para retirarla una vez iniciada, no está limitado por la gravedad de las consecuencias, ni por el tipo de medidas, aunque ello suponga una muerte segura. Las leyes no hacen salvedades, no distinguen entre medidas ordinarias o extraordinarias, proporcionadas o no, tratamientos o cuidados, sino que establecen de forma taxativa que se debe respetar la voluntad de los y las pacientes.

En este sentido, existe otro modo previsto en las leyes para asegurar que los y las pacientes puedan decidir sobre su persona incluso en situación de incapacidad: el llamado testamento vital o Documento de Instrucciones Previas. Mediante este documento, una persona mayor de edad, capaz y libre, manifiesta anticipadamente su voluntad, con objeto de que esta se cumpla en el momento en que llegue a situaciones en cuyas circunstancias no sea capaz de expresarla personalmente, sobre los cuidados y tratamiento de su salud o, una vez llegado el fallecimiento, sobre el destino de su cuerpo o de sus órganos.

Por mandato de esta ley, cada comunidad autónoma reguló el procedimiento para otorgar el testamento vital, con diferencias en la denominación, la forma de hacerlo y de registrarlo. En concreto, en la Comunidad de Madrid se puede tramitar la solicitud de este documento en todos los hospitales públicos y en muchos centros de salud.

El testamento vital es el mejor instrumento para, en caso de que no exista ninguna posibilidad de que la enfermedad remita, protegernos frente a posibles excesos «conservacionistas» del médico que nos asista. Porque el derecho de cualquier persona a rechazar un tratamiento que prolonga una situación sin salida, puede chocar con un médico que considere que lo que piden los familiares no es lo mejor para el paciente, y que decida adoptar el papel de «defensor» de la vida de «su» paciente. Y si no hay constancia documental, puede privar al paciente de un derecho a ser representado y a los familiares o allegados el de no traicionar a su ser querido.

Por añadidura, la generalización del testamento vital evita a las familias tener que tomar decisiones a veces difíciles desde el afecto; y es, en todo caso, un primer paso para la asunción del protagonismo de una persona sobre el final de la vida.

La lucha por la muerte digna

La idea de una muerte digna como discurso reivindicativo, de la disponibilidad de la propia vida, apareció pública y organizadamente en España en los años 80 con la creación de la asociación Derecho a Morir Dignamente (DMD), cuyas finalidades eran, por un lado, promover el derecho de toda persona a disponer con libertad de su cuerpo y de su vida, y a elegir libre y legalmente el momento y los medios para finalizarla; y por otro, defender, de modo especial, el derecho de los enfermos y enfermas terminales a, llegado el momento, morir pacíficamente y sin sufrimientos, si fuera este su deseo expreso.

En 1986, el Gobierno de Felipe González aprobó la Ley General de Sanidad que, como se ha indicado, establece la primera carta de derechos de los pacientes, entre ellos el de negarse a un tratamiento. En esos años aparecieron en España las primeras unidades de cuidados paliativos. Pocos años después DMD aparece como referente social en el debate, especialmente en círculos académicos e intelectuales, hasta 1998, cuando la muerte de Ramón Sampedro impacta a la sociedad española provocando un interés desconocido hasta entonces.

Ramón Sampedro, marinero gallego, se quedó tetrapléjico en 1968, con 25 años de edad, tras fracturarse el cuello al lanzarse al mar desde unas rocas. Tras permanecer  25 años en cama solicitó autorización en un juzgado de Barcelona para que le fueran suministrados los fármacos necesarios para aliviar sus sufrimientos físicos y psíquicos asumiendo los riesgos con base en su derecho a no ingerir alimentos, autorización que le fue denegada por motivos formales. El mismo resultado tuvo su recurso al Tribunal Constitucional y al Tribunal Europeo de Derechos Humanos. También la Audiencia de A Coruña estableció que no tenía derecho a solicitar tal ayuda, por ser un delito tipificado en el Código Penal. Así las cosas, en enero de 1998 Ramón Sampedro puso fin a su vida ingiriendo cianuro potásico. Su cuidadora, Ramona Maneiro, fue detenida y acusada de cooperación necesaria al suicidio, pero fue puesta en libertad por falta de pruebas. Años más tarde, cuando el delito había prescrito, reconoció haber ayudado a Sampedro. Influyeron en que no se le persiguiera el ambiente social mayoritariamente a favor de Ramón Sampedro y la campaña de autoinculpación que se desarrolló.

Otro hecho con gran repercusión se produjo en marzo de 2005, cuando el consejero de Sanidad de la Comunidad de Madrid, Manuel Lamela, difundió en los medios de comunicación que en el servicio de urgencias del Hospital Severo Ochoa de Leganés se había sedado irregularmente a 400 pacientes con resultado de muerte (homicidio masivo). Tras un proceso de acusación mediático y la elaboración de hasta seis informes técnicos contradictorios entre sí, más de dos años después, el Juzgado de Instrucción número 7 de Leganés dictó una sentencia absolutoria que, no obstante, hablaba de mala praxis. En enero de 2008, la Audiencia Provincial de Madrid obligó a suprimir toda mención a la supuesta mala praxis. Ni el consejero Lamela y la presidenta Esperanza Aguirre se disculparon nunca.

El resultado de este escándalo mediático fue un fuerte ataque contra la sanidad pública que dinamitó la confianza médico-paciente y desvió la atención de la privatización del sistema madrileño de salud. A la vez, se frenó el debate sobre la eutanasia retrotrayéndolo al ya muy superado sobre la legitimidad de la sedación terminal.

Además de los tremendos perjuicios personales al doctor Luis Montes, anestesista y coordinador del Servicio de Urgencias (fallecido hace casi dos años), y al equipo del hospital, que fueron centro de las críticas, el daño social fue enorme. Se colocó al doctor Montes en el centro de una campaña de acoso que sirvió de presión y amenaza para otros centros y otros médicos, y las sedaciones en la agonía se redujeron drásticamente en todos los hospitales del Estado.

En abril del año pasado cobró fuerza el debate sobre la eutanasia cuando saltó a los medios de comunicación el caso de María José Carrasco, de 69 años, que padecía  esclerosis múltiple desde 1989, una enfermedad degenerativa que en los últimos diez años la hizo dependiente para todas las actividades de su vida diaria. A causa de los sufrimientos que le producía la enfermedad, María José, en plenitud de sus facultades mentales, había expresado de forma reiterada y firme su voluntad de morir. Incapaz de mover las manos, solicitó la ayuda de su marido, Ángel Hernández, para ver cumplido ese deseo de poner fin a su vida. El acto de Ángel Hernández de ayudarla solo puede interpretarse como un acto de amor que no debería recibir ningún reproche penal. Por el contrario, en la actualidad,  Ángel Hernández se enfrenta a una condena de hasta 10 años de cárcel si se le aplicase con rigor el mencionado artículo 143 del Código Penal.

Avanzar en la muerte digna

La aspiración a morir con dignidad ha de ser regulada legalmente para que todas las personas tengamos la seguridad de que única y exclusivamente nosotras podamos disponer de nuestra vida, con ayuda profesional en las circunstancias que se establezcan previamente. Frente a la voluntad de morir de una persona, la respuesta no puede ser otra que el respeto, el apoyo y el acompañamiento.

El derecho a morir con dignidad debe ser una conquista más de libertades para la población, con algunas características que lo diferencian de otros derechos civiles. Nadie sabemos si finalmente nos veremos en la necesidad de tomar la decisión de morir, pero la mayoría de las personas, en tal circunstancia, deseamos una muerte rápida e indolora mediante una inyección letal o un medicamento adecuado. Esta realidad exige una respuesta distinta a la de mirar para otro lado, como es la reforma del Código Penal en el sentido de despenalizar la eutanasia y el suicidio asistido.

El pasado 11 de febrero, por fin, el Parlamento aprobó la admisión a trámite del proyecto de Ley Orgánica de Regulación de la Eutanasia. Un intento previo quedó paralizado en la Mesa del Congreso por el filibusterismo de Ciudadanos y PP para evitar una votación para la que había mayoría absoluta. De aprobarse esta ley de eutanasia, nuestro país se acercaría en derechos a sus vecinos de Holanda, Bélgica y Luxemburgo, pioneros a escala mundial en adoptar una ley de eutanasia.

Ahora cabe esperar que la ley pueda tramitarse con normalidad. Y también que su texto mejore en algunos aspectos durante el proceso de debate y enmiendas.

Fuente: Qué hacemos para conseguir que la lucha por una vida digna incluya la exigencia de una muerte digna, de Luis Montes, Fernando Marín, Fernando Pedrós y Fernando Soler (Ediciones Akal).         

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