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Ni izquierda ni derecha: tecnocracia

Ni izquierda ni derecha: tecnocracia

El 4 de junio pasado, en Antena 3, Albert Rivera, tras asegurar que «Vox tendría que decidir si permiten que Ciudadanos y el PP gobiernen o lo haga la izquierda», no veía contradicción en aseverar también que «lo de la izquierda y la derecha» le parecía «obsoleto» y «le importaba un bledo». Aún más, ante Fórum Europa, en enero de 2018, y presentado por Eduardo Serra, el que fuera ministro con Felipe González y con José María Aznar y hoy presidente del lobby empresarial de las grandes operadoras de telecomunicaciones, Rivera proclamó que el eje izquierda-derecha «ya no existe». Como “liberal”, se negaba a pensar que las preguntas del siglo XXI se respondan con dogmas que «nos mantienen atrapados en el pasado». Y pidió, sin que sus palabras le pareciesen paradójicas, «un proyecto nacional, no de partido» que diera «la batalla al nacionalismo» (Infolibre, 24 de enero de 2018). Para ABC (18 de mayo de 2018), «desde esta formación política […] se zanja el debate así: “Ni de izquierdas ni de derechas, Ciudadanos es transversal”». 

Pablo Iglesias también deseó un «movimiento transversal» y, por ello, defendió ocupar «la centralidad [cuyo significado consideró distinto al del “centro”] del tablero» y rechazaba las reglas del juego de quienes proponen «que nos movamos en ese eje de izquierda-derecha». La misma intención equidistante que manifestó Adolfo Suárez al fundar la UCD. Poniendo esta formación de ejemplo, el filósofo Gustavo Bueno, en El mito de la derecha: ¿qué significa ser de derechas en la España actual? (2008), entendió el “centro” como «resultado de la neutralización de corrientes extremas». «La no ideología» no tuvo el resultado esperado, «por lo que […] empezó a definirse de izquierdas […]». De esta forma, en andalucesdiario.es declaró […]: «Lo que yo digo es que lo que estamos diciendo no es de derechas ni de izquierdas […]. Nosotros es evidente que somos de izquierdas» (elplural.com, 29 de noviembre de 2014).   

Para Basilio Moreno (“Ni de izquierdas ni de derechas: ¿Entonces qué?” camaracivica.com, 2015), en Europa, “izquierda” y “derecha” seguirían siendo referentes para la mayoría de los votantes, porque estas señas de identidad aportarían información sobre lo que se espera del partido. Sin embargo, «últimamente ciertos partidos se han mostrado reacios a entrar en esta batalla ideológica tradicional entre los valores de izquierda y derecha. El Movimento Cinque Stelle (M5S) en Italia o  Podemos en España son algunos ejemplos de ello». Para Moreno, «las etiquetas ideológicas clásicas de izquierda y derecha» estarían «vinculadas principalmente al papel que el Estado debe desempeñar en la economía».

Más allá de la izquierda y la derecha

En ese sentido, el sociólogo Anthony Giddens, autor de Más allá de la izquierda y la derecha: el futuro de las políticas radicales (1994), creyó que, tras la caída del Muro, se abría un nuevo escenario sin lucha de clases y de gestión del Estado donde “liberal” y “social” fueran calificativos compatibles. Abrió así un dilema todavía vivo sobre cuál sería la genuina diferencia entre una “socialdemocracia” despojada del marxismo y del keynesianismo y un “social-liberalismo” que renunciaría al laissez faire.

Keynes había sido cuestionado por las crisis inflacionistas del petróleo de 1973 y 1979 y por la “revolución conservadora” de Margaret Thatcher (1979-90) y Ronald Reagan (1981-89), quienes «promovieron […] bajos impuestos, reducciones del gasto social, todo el poder al mercado, máxima libertad para la iniciativa privada y constantes restricciones a la actividad del sector público» (El País, 8 de abril de 2013).

En 1981 François Miterrand ganó las elecciones en Francia y el Partido Socialista procedió a “reconvertir” o cerrar minas, como ya lo hiciera Thatcher en Gran Bretaña, provocando una protesta y una frustración social que llevó a muchos franceses, defraudados con el “socialismo”, a refugiarse en un nacionalismo que, equiparando las causas de sus problemas, recogía “agraviados” de distintas clases sociales. Es en este contexto cuando el Frente Nacional de Le Pen saltó del 0,2 % de los votos (1976-1981) al 9,8% (1986), escalando hasta el 13,2% en las elecciones de 2017. Una minoría “suficiente” para ser tenida en cuenta por las formaciones que compiten por las mismas bases sociales.

Cuando Felipe González ganó las elecciones en 1982 con el lema “Por el cambio”, influido por el modelo económico de la socialdemocracia francesa, procedió a poner en marcha su propia “reconversión industrial” (1985).

Giddens, ante la crisis de una socialdemocracia que acercaba posturas económicas a los conservadores, convirtiendo el liberalismo en el “centro” político de las sociedades capitalistas, en lugar de proponer una significativa alternativa al modelo neoconservador de Thatcher, formuló una nueva especie política en su libro La tercera vía: la renovación de la socialdemocracia (1998). Como asesor de Tony Blair, primer ministro del Reino Unido entre 1997 y 2007, que deseaba consolidar las tendencias “liberales” en el Partido Laborista británico, y, para ello, buscó en la Condición de Samuelson, un sustituto a la identidad económica que les había ofrecido la Teoría de las Demandas Agregadas de Keynes hasta el momento. Un distingo, aunque liberal, frente al liberalismo “conservador”, pues sin distingo solo existiría una única oferta electoral.

La influencia de Giddens como asesor de Blair llevó a que éste bautizara su programa político, ya antes de la publicación del libro del sociólogo, como “the third way” [la tercera vía]. Ambos sentaron las bases de un pensamiento que permitió colaborar, sin contradicciones aparentes, con el “liberalismo conservador” del espectro político. Aznar y Blair coincidieron hasta el punto de formar con George W. Bush “el trío de las Azores” para la guerra de Irak. Gerhard Schröder, canciller alemán del SPD entre 1998 y 2005, imitó el procedimiento.

Norberto Bobbio (Derecha e izquierda, 1994), sobre esto, sostiene: «Entre el blanco y el negro puede estar el gris; entre el día y la noche está el crepúsculo. Pero el gris no reduce en lo más mínimo la diferencia entre el blanco y el negro, ni el crepúsculo la diferencia entre la noche y el día […]. No afecta en absoluto a la antítesis original, puesto que, al contrario, el centro, definiéndose ni de derecha ni de izquierda y no pudiéndose definir de otra manera, la presupone y extrae de su existencia la propia razón de ser […]. En la práctica, una política de tercera vía es una política de centro, pero idealmente ésta se plantea no como una forma de compromiso entre dos extremos, sino como una superación contemporánea del uno y del otro y, por lo tanto, como una simultánea aceptación y supresión de estos».

La disputa por el centro

En esta línea, en 2007, el año que comenzó la crisis, Rosa Díez, tras abandonar el PSOE, anunció la creación de UPyD, un partido “social y liberal”, señalando que su formación no era «ni de derechas ni de izquierdas». Y, en 2011, el año del 15M, Zapatero, quien, tiempo atrás, calificó su programa de «socialismo libertario» (El País, 20 de marzo de 2004), aseguró en el debate sobre el estado de la nación que su gestión no había sido «ni de izquierda ni de derechas». Aquel año, Mariano Rajoy, con el lema “Súmate al cambio”, y con un récord de 186 escaños, ganó unas elecciones que Zapatero, encendiendo las suspicacias, convocó para un 20N. Desde entonces comenzó una caída de votos tanto para el PSOE como para el PP.

En el PP, algunos de sus “líderes de opinión”, y del partido, lo han achacado a la falta de una posición ideológica más clara y definida (“El PP entierra la tecnocracia de la era de Rajoy”, economiadigital.es, 19 de enero de 2019. “¿Un PP tecnócrata o liberal conservador?”, elespanol.com, 26 de junio de 2018), aunque otros, ante el fracaso de Casado, le culparon por su alejamiento del “centro”. Otro tanto podría decirse del péndulo ideológico que suele experimentar el PSOE.  

Para el filósofo Gustavo Bueno, «entre 1789 y 1989 […] la oposición derecha-izquierda comenzará a utilizarse como una oposición dualista (metafísica, mítica) entre las dos mitades o hemisferios que se suponen constitutivos dialécticamente del sistema de referencia, por ejemplo España […]. La derecha [se habría constituido] como reacción del Antiguo Régimen ante los ataques de las izquierdas», y se habría enfrentado «a la primera izquierda jacobina (a Napoleón)». (El mito de la derecha …). «En las Cortes de Cádiz no hay derecha e izquierda […]. Y, sin embargo, hay un dualismo, el Anticristo frente a los cristianos. Napoleón es el heredero de Voltaire, es el Anticristo […] liberal frente al integrista. El liberalismo es pecado de Pío IX» (entrevista en La Nueva España, 19 de octubre de 2008). Esto, según expone en su libro, habría supuesto una «contradicción entre la Guerra de la Independencia y la Revolución española. Dios o el género humano como fuentes del poder político soberano» y la posterior «transformación de la izquierda liberal española en derecha tradicional» y en «derecha liberal».

Para Bueno, como declaró en la citada entrevista, «el viejo mito de la izquierda y de la derecha, del bien y del mal, de la luz y de la oscuridad, de Cristo y del Anticristo se resucitó frente a Aznar. El dualismo maniqueo lo entiende la gente en seguida y es peligrosísimo». Pero también afirmó: «El liberalismo […] tiene sentido político al proponer menos Estado […], una idea de Bluntschli, teórico de los partidos, traducido por Perojo a finales del XIX. Los partidos como parte de un todo que es el Estado. Están enfrentados entre sí, pero dentro del todo común e irrenunciable […]. La ley orgánica de 2002 dice que los partidos forman la voluntad nacional política y pertenecen a la arquitectura de la estructura del Estado».

La defensa del Estado, o “todo común” de los partidos, es el punto de encuentro que les permite aspirar al “centro” desde ambos lados del espectro político sin serias contradicciones. Y es la lucha por el “centro” lo que permite romper el techo de votos en una sociedad desclasada. Así, el PP y el PSOE suelen anunciarse como “centristas” sin renunciar a la coletilla de derecha o izquierda que les permite diversificar el voto –el riesgo, diría un empresario– y diferenciar la oferta electoral. 

Desde el año 2011, la designación de Gobiernos tecnócratas en Europa intensificó la apelación al “centrismo” como una forma de legitimarlos, puesto que tampoco se reconocen ni de “izquierda” ni de “derecha”. Pero, a partir de las elecciones de 2015, cuando pareció materializarse el derrumbe del bipartidismo en nuestro país, por un lado, líderes de un mismo partido ofrecieron indistintamente discursos de “centro” o de “izquierda” y “derecha” según el caso; y, por otro lado, como en la farsa del poli malo y el poli bueno, algunos partidos se han acercado electoralmente ofreciendo mensajes diferentes para diferentes votantes, lo que les permite, usando un símil empresarial, «discriminar precios», pues cada formación podrá alegar que no defiende lo que no sea aceptable para sus votantes, mientras pactan con quien sí lo hace. Estas maniobras, junto a los falsos debates de identidad, niegan la cuestión de la verdadera pluralidad de la oferta electoral y ocultan la realidad de las necesidades y mentalidades existentes en la sociedad, que son ignoradas si no tienen proyección para el Estado.

¿Dónde está el secreto?

Pardao

Con la llegada del año 2019 se produjo la entrada en vigor del nuevo salario mínimo interprofesional (en adelante SMI). Esta subida suponía un incremento del 22,3% con respecto al anterior SMI. El Gobierno, con esta medida, quería alcanzar, o mejor dicho, aproximarse, a las recomendaciones europeas sobre la cuantía del SMI en relación con los salarios medios. Antes y después de la entrada en vigor del nuevo SMI todos los resortes del poder económico, partidos, medios de comunicación, asociaciones empresariales, etc., se encargaron de arremeter contra esta subida, argumentando que supondría automáticamente la destrucción de empleo ante el aumento de los costes laborales para las empresas, sobre todo en los sectores más precarizados, donde abundan los sueldos más bajos, como son el sector servicios y la agricultura.

Como es habitual, el análisis de estas medidas se realiza en un ámbito económico y no social; se valora agradar al dinero, no dignificar la vida de los trabajadores y trabajadoras, y, sobre todo, se trata de meter miedo a los trabajadores y trabajadoras, paralizarlos, volverlos conservadores de la nada, que es lo que tenemos, ante un panorama económico que todavía puede ser peor. No hemos aprendido que jamás la lucha por la mejora de nuestras condiciones laborales ha supuesto una crisis del sistema capitalista; antes al contrario, ha sido el propio sistema, con su avaricia desmedida y con su dinámica depredadora de recursos y vidas de la clase obrera, el que ha generado las crisis, que como siempre hemos cargado sobre nuestras espaldas. 

Trascurrido casi un año desde la entrada en vigor de la subida del SMI, solo se ha tratado el tema de la destrucción de empleo, ralentización de la economía y bajada de beneficios empresariales; pero ha quedado en el olvido intencionado la verdadera realidad: las subida del SMI, en muchas ocasiones, han hecho que un buen número de trabajadores y trabajadoras hayan pasado a la economía sumergida, o bien que sus contratos a tiempo parcial no reflejen la realidad de sus eternas jornadas, y otra serie de trucos empresariales para que el negocio siga siendo rentable.

La práctica más descarada y prepotente ante la subida del SMI es la de no aplicarla y así obligar a los trabajadores y trabajadoras a que reclamen, sabedores de que eso les puede traer a corto y medio plazo consecuencias. Pero las empresas que realizan estas prácticas no tienen problema alguno, pues saben que su comportamiento no va a trascender, ni serán portada de ningún medio de comunicación de masas, porque, qué casualidad, contribuyen de manera generosa a mantenerlos, anunciándose en ellos.

El caso de Telepizza Aranjuez

Hasta ahora hemos visto, con carácter general, algunas consecuencias de la subida del SMI. Ahora vamos a ver un caso concreto en Fredopizza, S. L., que tiene la franquicia de Telepizza en Aranjuez. Vamos a ver el secreto de su masa de dinero acumulada a costa de sus trabajadores y trabajadoras. Desde enero de este año, Telepizza Aranjuez no ha aplicado la subida del SMI a sus trabajadores y trabajadoras, y estamos hablando de una empresa que genera un empleo precario, con contratos a tiempo parcial, flexibilidad horaria extrema y salarios de hambre. Esto choca frontalmente con los números que presenta la marca Telepizza, cuyos beneficios no dejan de crecer. Hablamos de aproximadamente 10 millones de euros de beneficio este año y con gastos millonarios en publicidad en todos los medios.

Pero lo que ganan no les debe parecer suficiente para ni tan siquiera cumplir con las condiciones mínimas laborales recogidas en las leyes y convenios colectivos. Ante esta situación, un número reducido de trabajadores iniciaron las acciones para la reclamación de las cantidades pendientes, pero al mismo tiempo tomaron el camino de lucha colectiva, y para ello contactaron con el sindicato de CNT en Aranjuez. Tras una serie de reuniones, se acordó convocar una asamblea en el sindicato para que asistieran todos los trabajadores y trabajadoras interesados en conocer sus derechos y, fruto de ese conocimiento, saber el alcance de los abusos empresariales.

La reunión fue satisfactoria, pero, como suele ser habitual, el peor enemigo lo tenemos muchas veces entre nuestra clase. A uno o una de los y las asistentes a la reunión le faltó tiempo para dar a conocer al empresario los temas tratados. La reacción de la empresa fue entonces intentar frenar la organización de los y las trabajadores de su centro de trabajo. Y para eso pensó, si habían sido siempre tan dóciles y habían “tragado con todo” hasta ahora, añadir a su nómina un concepto de atrasos y una cantidad ridícula que simulase cumplir con la legalidad, y asunto cerrado. Pero el problema es que ni tan siquiera con esa cantidad mensual se llega a alcanzar el salario mínimo interprofesional, ni es ese el único incumplimiento de la empresa en lo que respecta a los derechos laborales.

Pero a pesar de que la empresa está haciendo todo lo posible para tratar de frenar la lucha obrera en su centro de trabajo, no lo va a conseguir desde el momento en que ya hay trabajadores y trabajadoras que han tomado conciencia. Y ya no hay vuelta atrás. Ante la posición de la empresa, la respuesta ha sido la que se merece: constitución de la sección sindical de CNT en Telepizza Aranjuez para organizar así a la clase obrera. Ya constituida la sección de CNT y puesta en marcha, desde ésta se está empezando a exigir los derechos que corresponden a la clase trabajadora. Y no van a consentir ningún abuso más. 

El camino de la sección sindical de CNT es largo, pero al menos se camina. La otra posibilidad es quedar estancados en la sumisión y servilismo al empresario, renunciando a los derechos conquistados. Este es solo un ejemplo de las muchas empresas en las que las prácticas antiobreras es el pan de cada día. Y solo queda un camino que es el de la unión y la lucha. En ese camino estará la CNT. El secreto no está en la masa, está en la lucha.

El sistema de pensiones chileno: una estafa legal

El sistema de pensiones chileno: una estafa legal

Domingo M. A.

El pasado 27 de noviembre, el Colectivo de Pensionistas del SOV de la CNT de Aranjuez organizó, en el Centro Cultural Isabel de Farnesio, una charla-debate con el título “El desmantelamiento de las pensiones públicas”. La charla tenía como propósito, por un lado, acercarnos a la realidad del modelo privado de pensiones en Chile; y, por otro, seguir reflexionando sobre el desmantelamiento del sistema público de pensiones en nuestro país, comenzado en 1985.

Para hablarnos de la situación social en Chile y del modelo de pensiones de capitalización individual de ese país, contamos con la participación de Pedro Jorquera, profesor de Historia y miembro de la red chilena No + AFP, que reivindica un sistema de pensiones público de reparto. Y tras él intervino Eduardo Jiménez, miembro del grupo de trabajo de pensiones y renta básica de la Asociación de ATTAC, quien centró su intervención en analizar diferentes parámetros del sistema de pensiones vigente en el Estado español, y su futuro.

Lo que sigue a continuación es un extracto de la intervención de Pedro Jorquera sobre ese modelo de pensiones impuesto en Chile hace más de tres décadas.

El estallido social en Chile 

Jorquera comenzó su intervención refiriéndose a la revuelta popular que vive Chile,  desde el 18 de octubre pasado, contra el capitalismo salvaje globalizado (neoliberalismo) y el Gobierno del millonario Sebastián Piñera.

Recordó que el pueblo chileno estalló gracias a una protesta de estudiantes de Secundaria contra la subida del precio del metro. A raíz de este hecho, la noche del viernes 18 de octubre comenzaron a aparecer varios focos de protestas y disturbios a lo largo del país, por lo cual el Gobierno de Piñera decretó el estado de emergencia  en las comunas del Gran Santiago, y toque de queda a partir de la noche del día 19.  Cuatro días después, el estado de emergencia había sido declarado en quince de las dieciséis capitales regionales. ​

Aunque la causa inmediata de este alzamiento popular fue el incremento de la tarifa del transporte público, existen causas más profundas: los bajos salarios, el alto costo de la vida, las miserables pensiones, los elevados precios de fármacos y tratamientos médicos, la pobreza, la desigualdad… Y el rechazo generalizado a toda la clase política, además del descrédito institucional acumulado durante los últimos años, incluyendo a la propia Constitución. Una Constitución promulgada en la época de Pinochet, y que no recoge derechos sociales para la población, sino solo los derechos de propiedad.

Según diferentes estudios, Chile es uno de los países con mayor desigualdad económica de Latinoamérica​ y entre los miembros de la OCDE​. A pesar de ser una de las economías más prósperas del continente, las políticas neoliberales establecidas durante la dictadura militar y mantenidas durante tres décadas desde el retorno a la «democracia» han generado gran disparidad en los ingresos. ​Según el informe Panorama Social de América Latina de la CEPAL (Comisión Económica para América Latina y el Caribe), «el 1% más adinerado del país se quedó con el 26,5 % de la riqueza en 2017, mientras que el 50 % de los hogares de menores ingresos accedió solo al 2,1 % de la riqueza neta del país».

La desigualdad económica también ha provocado que el coste de la vida en Chile sea muy alto, por lo que un 60 % de la población no dispone de ingresos suficientes para cubrir sus gastos habituales, incluyendo los de educación o salud, que en otros países son gratuitos. En este sentido, Jorquera señala que el nivel de precios de los productos de consumo en Chile es similar al del Estado español; sin embargo, el nivel salarial en Chile es mucho más bajo. Para hacernos una idea, a partir de marzo de este año, el salario mínimo en Chile se ha establecido en 301.000 pesos (382 euros), por lo que, según datos de la Encuesta suplementaria de Ingresos, el 57% de las personas con empleo en Chile no ha podido sacar a sus familias de la pobreza.

Una de las demandas en las calles en estas semanas es el rechazo al actual modelo de pensiones  y el retorno a un sistema de pensiones públicas de reparto, dado que actual sistema de capitalización individual ha empobrecido tremendamente a las personas pensionistas.

​Jorquera explica que, transcurridos ya 40 días desde el comienzo del estallido social, el Gobierno chileno sigue ignorado las demandas de la población. Y que su única respuesta ha sido aplicar una política de brutal represión, de terror y de graves amenazas. Todo ello mediante una agenda de seguridad que, además de amedrentar al pueblo, solo busca garantizar la impunidad a las Fuerzas Armadas y Carabineros.

Sobre Carabineros pesan graves denuncias por violaciones a los derechos humanos producidas en el marco de las manifestaciones de las últimas cinco semanas. Hasta finales de noviembre, más de 15.000 personas habían sido detenidas, de las cuales al menos 867 son niñas, niños y adolescentes. Se han atendido, por lo menos, a 11.500 personas heridas, más de 1.100 con lesiones moderadas o graves. Más de 200 personas han sufrido mutilaciones oculares (en algunos casos de los dos ojos). Además, hay en curso 499 demandas judiciales y denuncias por más de 70 delitos de carácter sexual cometidos por funcionarios públicos sobre mujeres, hombres, niños, niñas y adolescentes.

A esto se suman 18 casos de personas que supuestamente murieron en incendios durante saqueos, pero que, como determinaron los forenses, realmente murieron atropellados por vehículos particulares o por otras causas. Algunos de estos cuerpos presentaban heridas de bala.

Toda esta implacable represión ha sido denunciada en informes emitidos, principalmente, por el Instituto Nacional de Derechos Humanos de Chile y organismos internacionales tales como Amnistía Internacional y Human Rights Watch.

 Antecedentes de las AFP   

En la segunda parte de su intervención, este profesor de Historia pasó a analizar, a grandes rasgos, el modelo de capitalización individual de pensiones que se impuso en Chile en 1974, un año después del golpe de Estado de Augusto Pinochet.

Para ello, partió de los antecedentes del vigente modelo de pensiones en Chile, las Administradoras de Fondos de Pensiones (AFP). Antes de este modelo, existía en Chile un sistema de cajas de previsión, en las cuales los trabajadores y trabajadoras cotizaban en función de la rama de la industria a la que pertenecían. Esas cajas funcionaban de acuerdo al sistema que se conoce como de reparto, y se basaba en descontar una aportación a los trabajadores y trabajadoras que pertenecían a la caja para así pagar la pensión de los jubilados y jubiladas de esa caja.

En el año 1968 existían en Chile cerca de 30 cajas de previsión, que operaban por medio de más de cientos de leyes del Gobierno. Cada año el Congreso despachaba distintas leyes para regular, establecer o fijar pensiones para grupos o personas en particular, o bien para fijarlas en el sistema en general. Pero este sistema de cajas favorecía el clientelismo político, y así, los grupos con mayor capacidad de presionar lograban mejores beneficios. ​

Ya en la década de los ochenta, en plena dictadura de Pinochet, y a costa de la violenta represión por parte de las Fuerzas Armadas, la derecha y los empresarios, en Chile comenzó una ola de privatizaciones, con el fin de facilitar a la clase empresarial y sus políticos convertir cualquier derecho fundamental en un negocio. Las pensiones, los ahorros de años de trabajo y la seguridad en el momento de la jubilación pasaron a transformarse en millonarias ganancias para entidades privadas.

Fue a finales del año 1980 cuando José Piñera (hermano del actual presidente, Sebastián Piñera), creador también del antiobrero Plan Laboral, impulsó un nuevo modelo para administrar las pensiones y ahorros de miles de personas, a través del Decreto Ley 3.500, llamado Administradoras de Fondos de Pensiones (AFP), las cuales pasarían a estar en manos de empresas privadas, bajo una lógica de capitalización individual.

Desde el 31 de diciembre de 1982 hasta la fecha, las AFP pasaron a ser el único sistema de previsión social para todas las personas que se iban incorporando al mundo laboral. Pero ese modelo no se aplica a los miembros de las Fuerzas Armadas y Carabineros, quienes poseen sistemas de pensiones y cotizaciones basados en la modalidad de reparto, en la Caja de Previsión de la Defensa Nacional (CAPREDENA) y en la Dirección de Previsión de Carabineros de Chile (DIPRECA).

Un fabuloso negocio

En este sistema de ahorro y capitalización individual, el dinero acumulado durante la vida laboral es transferido a las AFP. Cada persona está obligada por ley a cotizar en una de las seis administradoras existentes (un auténtico oligopolio). A cada trabajador o trabajadora le pertenece su ahorro previsional y recae en ellos la responsabilidad de preocuparse por su pensión, sin perjuicio de que el Estado garantice pensiones mínimas. El «pilar solidario», mecanismo estatal impulsado en el segundo Gobierno de Michelle Bachellet, permitió que el 60% de los pensionados más vulnerables obtuviesen una ayuda económica; no obstante, este monto está por debajo del salario mínimo. Cada AFP administra cinco fondos (A, B, C, D y E), que se dividen de acuerdo al perfil de riesgo que tenga el o la cotizante.

En Chile cada persona tiene que ahorrar el 10% de su salario. Este ahorro es nominal. En caso de fallecimiento, el dinero aportado es heredable y toda la rentabilidad que gane ese fondo es del o de la titular del fondo. Las AFP, por hacer ese trabajo, cobran una comisión (1,27% en promedio) de ese salario mensual.

De esta manera, alrededor de 27.600 millones de pesos (35 millones de euros, tomando como base el salario mínimo establecido) pasan, cada mes, a las manos de empresas privadas, las que administran a su antojo los ahorros de años de trabajo. Entre las empresas que más se benefician a costa de los bolsillos de los trabajadores se encuentran IPSA (Cencosud, Endesa, Latam, Enersis, Falabella, Colbún, Copec, Soquimich, AES Gener, CMPC) y 10 bancos, entre ellos el BBVA y el Santander.

Pero eso no es todo. Las AFP no sólo «administran» el dinero de miles de personas, sino que lo utilizan para invertir y obtener ganancias aún más millonarias. Las AFP invierten el dinero de los trabajadores en los bancos, por ejemplo, en depósitos a plazo, cuyas tasas de interés fluctúan entre 4% y 4,5% anual. A su vez, estos mismos bancos prestan ese dinero a los trabajadores por medio de créditos de consumo, a tasas anuales de 25%. Un negocio redondo.

Como indica la Fundación Sol, las AFP son bancos encubiertos de los empresarios más ricos de Chile y de algunas trasnacionales, que utilizan los fondos previsionales para que estos puedan expandir sus inversiones y concentrar aún más el capital  en pocas manos. Constituyen verdaderos monopolios en diversos sectores económicos  administrados por algunas  «familias», como, entre otras, Familia Lucsik (Banco Chile, Mineras), Paulmann (Jumbo, Supermercados entre otros), Familia Solari (Falabella, cadenas de supermercadsos), Grupo Angelini (Copec, forestal arauco entre otros) y Familia Matte (Hidroaysén).

Por otra parte, las AFP, para mantener su legitimación y no ser cuestionadas en su actividad usurera, suelen captar para sus intereses a personalidades del mundo político y autoridades de gobierno, de cualquier tendencia  política, con tal de mantener su monopolio en el actual sistema de pensiones.

Aunque existe una Superintendencia de Pensiones, un organismo fiscalizador de carácter público, lo que suele ocurrir cuando los superintendentes cesan en sus funciones es que pasan a trabajar, directa o indirectamente, en las AFP o empresas relacionadas con ellas, recibiendo suculentos salarios o dietas, lo cual socava el poder fiscalizador de ese organismo.

Otro datos que aporta el colectivo No + AFP son que el 90% de las pensiones que pagan las AFP tienen un monto inferior al 64% del salario mínimo. O que ese 90% de los pensionistas con pensión programada recibe pensiones inferiores de 144.000 pesos (183 euros), mientras que el promedio de las ganancias diarias de las AFP es de un millón de pesos (1.270 euros). En este sentido, las precarias jubilaciones empeoran cuando se trata de las mujeres trabajadoras, ya que un 93% de ellas recibe menos de 147.000 pesos (187 euros), mientras que el 87% de los hombres gana esa cantidad.

De acuerdo a un informe, de marzo de este año, de la Superintendencia de Pensiones de Chile, las pensiones pagadas en ese mes fueron de 259.000 pesos chilenos (288 euros) de media, con una gran diferencia entre hombres y mujeres: 320.000 pesos (355 euros) en el caso de los hombres, y 192.000 pesos (213 euros) en el caso de las mujeres.

Un modelo fracasado

Como no podía ser de otra manera, con este modelo de pensiones depredador, el nivel de vida de los chilenos y las chilenas, al llegar a la vejez, se ha deteriorado sustancialmente, dado que se jubilan, gracias a las AFP, con una pensión que es la tercera parte de lo que hoy ganan. Este modelo de fondos privados, además, se ha saldado con un rotundo fracaso en varios países europeos donde se ha exportado, como es el caso de Polonia, y en otros países americanos. Entre estos últimos, Argentina es el ejemplo más conocido.  

Frente al modelo chileno, en la totalidad de los países desarrollados y en la mayoría de los países afiliados a la OCDE existen los sistemas públicos de pensiones, donde las jubilaciones, por lo general, alcanzan un promedio del  70% de los ingresos obtenidos durante la etapa laboral y los sistemas privados de pensiones son complementarios al público y en ningún caso lo sustituyen.

Así las cosas, No + AFP considera que el pueblo chileno debe continuar la movilización en las calles unido y coordinado. Solo así se podrán frenar los planes del Gobierno y, entre otras reivindicaciones, lograr detener los despidos y mejorar las condiciones laborales de la población trabajadora, o acabar con los incrementos de precios. Solo así se podrá conseguir unas pensiones y salarios suficientes para hacer frente al coste de la canasta familiar, estimada en 450.000 pesos (572 euros) mensuales. Y, sobre todo, esa es la única vía para «conquistar un sistema de pensiones de reparto solidario, que ha de ser tripartito y gestionado por trabajadores y personas jubiladas».

La invención del «otro»: la «anti-España»

El líder de un partido político que aspira, cuando menos, a ser clave en la formación del Gobierno afirmó hace no tanto: «La nación está formada por los muertos, los vivos (el pueblo) y por los que van a nacer». El mismo político, «paradójicamente», había escrito en 2004: «La historia no puede ser fuente exclusiva del derecho en una sociedad democrática, en tanto que consagra “el gobierno de los muertos sobre el de los vivos” […] porque en función de quién sea el intérprete de la historia, puede dar legitimidad a planteamientos políticos contradictorios» (El País, 25 de abril de 2019).

Este candidato a la presidencia del Gobierno «ha asegurado que […] hay que elegir entre “la España viva”, que representa su partido, y “la anti-España”, de la que forman parte el PSOE, Podemos y los independentistas […], las “feminazis supremacistas” […], los “profesores progres”» (El País, 27 de abril de 2019). Para él, hay que «salir del fango progre y separatista y su narrativa de la anti-España» (El Salto, 18 de abril de 2019) y «llama a llenar las urnas de “papeletas rojigualdas”» (El Mundo, 26 de abril de 2019).

La creencia en la existencia de una «anti-España» no es nueva y, habitualmente, ha venido de la mano de la idea de «reconquista», lo que ha sido un leitmotiv para este carismático líder que inició su campaña en Covadonga ante la estatua de Don Pelayo. Allí, este cabeza de lista, aseguró: «Está en cuestión la existencia misma de España, cuyas libertades están atacadas por progres, islamistas y comunistas» (El Confidencial, 14 de abril de 2019).

Este tipo de apelación a la «reconquista» tampoco es nueva. En enero de 1948, la Hoja oficial de la provincia de Barcelona explicaba que en aquella ciudad «capital activa de la anti-España […] la entrada de los Ejércitos nacionales victoriosos produjo no sólo el derrumbamiento del más fuerte baluarte con que hasta entonces había contado la sedición de las fuerzas negativas, coaligadas y alzadas contra el ser de España […]. La Liberación de Barcelona tendrá, en el transcurso de los siglos, personalidad análoga a la reconquista de Sevilla por Fernando III el Santo, o la de Granada por los Reyes Católicos».  

Hoy, la importancia de este repertorio identitario, o «ser de España», radica en la influencia pública de los sujetos que lo reivindican; pero la afirmación de un vínculo necesario entre ser «español» y ser partícipe de una ideología nacional, sobre la que no cabría discrepancia alguna, ha sido constante en una amplia variedad de grupos minoritarios y recluidos en mundos cuya trascendencia social vendría determinada por el elitismo de sus minorías.

Un ejemplo sería la página de Internet El Catoblepas que, en 2005, publicaría que, en la obra de Gustavo Bueno España frente a Europa (1999), «quedaba definida España como un Estado y como una nación cuya idea filosófica reguladora de su ortograma político, de su destino histórico es la idea de Imperio Generador Universal […]. Católico en lucha contra el islam y después, además, contra las potencias protestantes. Si todo Estado implica la existencia de otros Estados […] contra los que lucha, es obvio que la mera existencia de España como imperio implica la existencia de la anti-España. La leyenda negra antiespañola configura ideológicamente la anti-España, la exterior y la interior […]. No sólo se es anti-España por negar el Imperio Católico Generador […]. Todo europeísta es anti-España. La islamofilia es anti-España, el progresismo es anti-España».

En esta línea, y en la misma página de Internet, se denunciaba: «Las versiones “políticamente correctas” que en la actualidad interpretan nuestro pasado reciente, la Guerra Civil y el franquismo, son, fundamentalmente, transformaciones de dicha leyenda [negra] […] es la línea en la que se mueven la mayoría de los “funcionarios de la historiografía”, tanto universitaria como de la enseñanza primaria y secundaria». Por ello, la primera entrada de esta página que he citado sentenciaba: «Si un ciudadano ha internalizado el contenido de la leyenda negra antiespañola, entonces ha ingresado en la anti-España […]. En general, las izquierdas y los separatistas antes, y los progres y separatistas hoy tienen asumida la leyenda negra […]. Sólo les une el odio y el resentimiento contra España y contra el pensamiento liberal, conservador [sic, sin rubor ni contradicción] y de orden que considera positiva la idea de España». 

La existencia de una «anti-España» obligaría, apelando a valores incuestionables, a establecer límites a la acción libre o democrática de los ciudadanos. «España» se constituiría, así, en una ideología que condicionaría la voluntad de los españoles, que ya no serían ciudadanos con la libertad de proponer y hacer cuantos cambios deseasen.

Así, un general español, sin mando en tropa en la actualidad, puede sostener: «La patria […] no puede aceptar a los que […] asumieron y difundieron como suya la leyenda negra fruto de la imperiofobia contra España en aquellos tiempos. Al igual que más adelante el establishment afrancesado del momento entregó nuestra soberanía al emperador Napoleón […]. Los enemigos exteriores, la masonería interior, la debilidad y desacierto de los Gobiernos, las guerras civiles y en la España de ultramar […] hasta llegar al fraudulento Frente Popular, que […] quiso […] arrasar de nuevo la esencia nacional de España […] los herederos mentales de aquel Frente Popular […] utilizando para imponer su ideología medios como la invasión por una inmigración ilegal […] potenciar los movimientos secesionistas por aquello de divide y vencerás, el adoctrinamiento en ética y costumbres para anular la  libertad individual e imponer la suya mediante el control de los medios de comunicación y el sistema educativo […]. Por eso no se puede considerar que es la otra España la que ha llegado al Gobierno, porque es la anti-España la que está en el poder» (El Correo de Madrid, 7 de julio de 2018). 

La definición de «anti-España»

La definición de «anti-España» que da el historiador José Álvarez Junco (Mater Dolorosa: la idea de España en el siglo XIX, 2001) es la de «un concepto nacionalista excluyente que identifica como antiespañol […] a toda persona, idea o institución, sea española o extranjera, que sea considerada contraria a una particular idea de España: la que la identifica con el catolicismo en su versión más intransigente […] con una idea mitificada del imperio español (como imposición benévola de las virtudes propias de una presuntamente existente raza española […])».

Tal expresión sería producto de un nacionalismo español que habría extraído su ideología de la propaganda contra Napoleón, que lo llegó a señalar como el «anticristo» buscando lograr una movilización religiosa que hiciera el papel de la movilización nacional. Y no sólo se habría dado en el primitivo nacionalismo liberal, circunstancialmente anticlerical más tarde, sino que el discurso de los «serviles», reaccionarios ultraconservadores que elaboraron un relato histórico nacional opuesto al de los liberales, demuestra que se oponían a los Bonaparte tanto por motivos religiosos como «patrióticos», habiendo esgrimido ya entonces la idea de la «anti-España» (Juan Pablo Domínguez, La idea de España en el discurso «servil» (1808-1814), 2019). 

A finales del siglo XIX, en el contexto de la disputa entre los intelectuales «krausistas» y los «casticistas», o «neocatólicos», Marcelino Menéndez y Pelayo, adscrito a estos últimos, publicó Historia de los heterodoxos españoles (1882), que se convertirá en el principal argumentario del nacionalcatolicismo en cuanto a lo que no debe ser España y lo que sí «es». De esta forma, los «herejes» y «heterodoxos» se presentaron como una «anti-España» primigenia, sin que fuera imprescindible recurrir al término, al mismo tiempo que el movimiento obrero vivía su gran y amenazador desarrollo organizativo, comenzaban a surgir los regionalismos y nacionalismos centrífugos, se producía el trauma nacionalista de «la pérdida de Cuba» y se formulaba una «crisis del 98» más elitista que popular.

Todo ello fue recibido por el nacionalismo español como un ataque orquestado por un enemigo exterior e interior para destruir España. La etiqueta de «anti-España» fija y unifica un enemigo, extraño, otorgando intención a hechos que no tendrían por qué tener relación con una conspiración ni ser producto de ella. Sin la construcción de este sujeto imaginario y ajeno al que perseguir, «el enemigo de España» se diluye y se hace difícil concretar la movilización propia.

Es, sin embargo, en 1934 cuando la «narrativa» del nacionalismo español suele situar la genuina acuñación del término «anti-España», señalándola como el sujeto que iniciaría la Guerra Civil en aquel momento (Pío Moa, 1934: Comienza la Guerra Civil. El PSOE y la Esquerra emprenden la contienda, 2004). Siendo así, el golpe de Estado de los africanistas se convierte en la reacción a una guerra iniciada, parece ser, casi dos años antes.

Sin embargo, dos meses antes de la Revolución de Asturias, el 7 de agosto, La Voz de Córdoba publicaba: «Bajo el cielo catalán […] se desarrolla la subversión diaria. Y muchos centros oficiales son verdaderos laboratorios donde se fabrica ese alcaloide sentimental –criminalmente sentimental– que es la anti-España». Y, cinco meses antes de la Revolución de Octubre, en abril de 1934, la ponencia tercera del primer Congreso de las Juventudes de Acción Popular sostenía: «España es una afirmación en el pasado y una ruta hacia el futuro. Sólo quien viva esa afirmación y camine por esa ruta puede llamarse español. Todo lo demás (judíos, heresiarcas, protestantes, comuneros, moriscos, enciclopedistas, afrancesados, masones, krausistas, liberales, marxistas) fue y es una minoría discrepante al margen de la nacionalidad, y por fuera y frente a la patria es la “antipatria”».

Así, cualquier diferencia frente a lo considerado por una minoría, unilateralmente, «lo español» podía ser vista, amparados en el conveniente mito de la «anti-España», como una agresión antes de producirse la revolución. Y, en este sentido, cabe dudar sobre la consideración de violencia defensiva que la «verdadera España» le atribuye a la suya.

Esta «España», por su parte, planteó las elecciones de febrero de 1936 como un enfrentamiento decisivo contra la «anti-España». Para la prensa de derechas, «estos “elementos disolventes” o “fuerzas antinacionales” son el “judaísmo”, la “masonería”, el “separatismo” y el “marxismo”». Gil Robles declaró: «En las elecciones no se ventila un Gobierno, un partido, unos hombres o un régimen: ¡está en juego España! No hay monárquicos ni comunistas; fascistas o sindicalistas; populistas o anarquistas; agrarios o republicanos. No hay más que derecha e izquierdas. ¡Derechas quiere decir España! ¡Izquierdas quiere decir Rusia!».

El periódico Ya (1 de enero de 1936) denunciaba «la aventura repugnante y antiespañola de destrozar un sentido digno y cristiano de la vida». Tres días después, ABC sentenciaba: «Lucha “España” y la “revolución”». Y, de nuevo, Ya (28 de enero de 1936) pedía: «El 16 de febrero –el día de la gran victoria de “España” frente a las “fuerzas antinacionales”– los balcones y las ventanas de todos los pueblos españoles aparecerán engalanados […] con el grito “Votad a España”» (Juan Felipe García Santos, Léxico y política de la Segunda República, 1980). El espectáculo propuesto recuerda las recientes exhibiciones de banderas españolas en nuestras fachadas, como si de una profesión pública de fe se tratara, lo que suele tener el efecto de señalar más a quien no las cuelga. 

Concha Langa Nuño explica: «Al definir al otro bando como la anti-España […] se le desvirtuaba: los auténticos españoles eran los nacionales, los que luchaban con Franco, con lo que […] no se trataba de una guerra civil, sino de una guerra de liberación (De cómo se improvisó el franquismo durante la guerra civil: la aportación del ABC de Sevilla, 2007). Como en una guerra total, contra un enemigo extranjero, como lo hicieran en la guerra colonial de África, como actúa una fuerza que se sabe en minoría. «Emilio Mola ordena “eliminar sin escrúpulos ni vacilación a todos los que no piensen como nosotros” […]. “Aquel que no está con nosotros está contra nosotros y como enemigo será tratado”» […]. Escribe Paul Preston que, de esta manera, los enemigos de los golpistas y, sus primeras víctimas, fueron los maestros de escuela, los masones, los médicos, los abogados liberales, los intelectuales, los líderes de los sindicatos, es decir, los posibles diseminadores de las ideas.

«La matanza se extendió también a quienes habrían podido recibir la influencia de sus ideas: los miembros de un sindicato, los que no iban a misa, los sospechosos de votar al Frente Popular, las mujeres que habían obtenido el sufragio y el derecho al divorcio… Si los golpistas encarnaban los valores y principios de la España eterna, los defensores de la República se convirtieron en la anti-España […]». [Así lo declaraba Franco] el 27 de julio de 1936 al periodista Jay Allen, del Chicago Daily Tribune: «Nosotros luchamos por España. Ellos luchan contra España. Estamos resueltos a seguir adelante a cualquier precio». Tras estas palabras, Allen agregó: «Tendrá que matar a media España». Entonces, […] Franco giró la cabeza, sonrió y mirando al periodista firmemente dijo: «He dicho que al precio que sea» […]. Mola exclamó: «¿Parlamentar? ¡Jamás! Esta Guerra tiene que terminar con el exterminio de los enemigos de España» […].

Preston también recoge las declaraciones de Mola a su secretario, José María Iribarren: «Una guerra de esta naturaleza ha de acabar por el dominio de uno de los dos bandos y por el exterminio absoluto y total del vencido» […]. «Este método de sembrar el terror, era necesario para la aniquilación de todo lo que significaba la II República, como era el desafío específico a los privilegios de los terratenientes, los industriales, la Iglesia católica y el Ejército […]. El comandante de la Guardia Civil de Cáceres […] calificó la matanza de una “amplia limpieza de indeseables”» («Objetivo: acabar con la anti-España», Público, 18 de julio de 2016). 

Se quemaron libros y se persiguió a libreros, autores y editores «para desterrar las ideas de la anti-España […] para eliminar el veneno escrito que habían pervertido el alma y la mente de los españoles. En paralelo […] se estableció la censura previa» (Ana Martínez Rus, La persecución del libro. Hogueras, infiernos y buenas lecturas (1936-1951), 2014). Como si de una justificación se tratase, ABC (10 de marzo de 1937) defendía: «La anti-España trae viejo origen y tuvo larga gestación en la decadencia de España […]. En nuestros tiempos dieron vida a la anti-España […] el coro de nuestros intelectuales institucionalistas […] desarticulando poco a poco la vida nacional, relajando las familias y las costumbres con el veneno materialista que se fue vertiendo en todas las clases y grados de la enseñanza y se extendió en criminales propagandas en las masas obreras, ayunas de cultura y de preparación cristiana».

El enfrentamiento entre Millán Astray y Unamuno 

En este contexto de «cruzada de salvación nacional» contra la «anti-España», en la Universidad de Salamanca se conmemoró el Día de la Hispanidad o Día de la Raza. Allí se enfrentaron Millán Astray y Unamuno, al que «le indignó que se hablara de “anti-España” […]. Unamuno pensaba que […] ningún sector político tenía el monopolio de la españolidad» (La Vanguardia, 28 de julio de 2019). Había tachado de «estupidez, sandez, deficiencia mental, mentecatez, majadería» la idea de «anti-España» que sostuvo Ramiro de Maeztu (Pedro Carlos González Cuevas, Maeztu: biografía de un nacionalista español, 2003), quien «en 1931 […] perfiló la hispanidad como un sistema de doctrinas, de sentimientos, de leyes, de moral, con el que fuimos grandes, y […] para Maeztu y los sectores más ultraconservadores de la sociedad española, el camino de la hispanidad debía tomarse como alternativa ante la crisis del liberalismo como doctrina política» (El Salto, 18 de abril de 2019).

En noviembre de 1934, Unamuno también dejó escrito: «A la insondable mentecatez de las hojas asturianas de propaganda comunista sólo se emparejaba la insondable mentecatez de los que pretendían monopolizar la decencia y el patriotismo, de los que han inventado esa majadería de la “anti-España”» (Léxico y política…).

En agosto de 1938, el año del primer Gobierno de Franco, este declaraba a la Agencia Havas: «La guerra de España no es una cosa artificial: es la coronación de un proceso histórico, es la lucha de la patria con la antipatria, de la unidad con la secesión, de la moral con el crimen, del espíritu contra el materialismo, y no tiene otra solución que el triunfo de los principios puros y eternos sobre los bastardos y antiespañoles». Lo que Pedro Montoliú Camps ha llamado «la lucha de la anti-España que representaba al mal con la España de Franco que representaba al bien. Franco encarnaba, por tanto, el papel del salvador […]. Como consecuencia de este planteamiento, los muertos del lado de Franco eran mártires y héroes, categorías de las que quedaban, lógicamente, excluidos los muertos “de la anti-España”. […] La Iglesia oficial se volcó, por tanto, en la celebración de misas, funerales, Te deum por los vivos y por los muertos del bando vencedor» (Madrid en la posguerra, 2005).

No obstante, María de la Cinta constata la existencia de una «madre disidente» que, durante el franquismo, «subvierte» y «convierte» la maternidad, «valor ensalzado» por la Dictadura, «en instrumento esencial para la permanencia de la memoria de los vencidos» («Madres de España/madres de la anti-España: la mujer republicana y la transmisión de la memoria republicana», Entelequia, número 7, 2008).

El Valle de los Caídos, símbolo de la «reconciliación nacional», debía ser el lugar donde reposaran reunidos los restos de la «anti-España» y de los «caídos por Dios y por España». Juan Carlos Escudier recuerda: «Franco […] muy pitoniso, ya predijo lo que pasaría cuando […] inauguró el 1 de abril de 1959 el Valle de los Caídos, a cuya basílica, como no podía ser de otra manera, entró bajo palio: “Mucho fue lo que a España costó aquella gloriosa epopeya de nuestra liberación para que pueda ser olvidada; pero la lucha del bien con el mal no termina por grande que sea su victoria. Sería pueril creer que el diablo se someta; inventará nuevas tretas y disfraces, ya que su espíritu seguirá maquinando y tomará formas nuevas, de acuerdo con los tiempos. La anti-España fue vencida y derrotada, pero no está muerta”. Se palpaba el espíritu de reconciliación hasta en las preposiciones» (Público, 18 de junio de 2018). De cómo podía darse una reconciliación «nacional» entre los que eran «España» y los otros, a los que se les negaba serlo, es algo que aún se ha de aclarar. 

Aquel año, Mauricio Carlavilla publicó Anti-España 1959 : autores, cómplices y encubridores del comunismo, en el que denunciaba  como «anti-España» incluso a la derecha que buscaba una evolución del régimen hacia un régimen más representativo. Una ampliación del «enemigo» que tuvo fortuna en la página generalisimofranco.com que, en 2007, publicaba: «Este término de anti-España hoy en día se puede extender también a tendencias que se autodenominan de “centroderecha” […]. No estamos al lado de quien abuchea nuestra bandera nacional con el águila de san Juan, la cual representa la unidad católica de España, es un privilegio papal, procede de los Reyes Católicos y además no es ni mucho menos “preconstitucional” como dicen, pues, lo quieran o no, está representada en la primera página de la Constitución».

La Pax Hispanica de Franco                 

Hasta hoy, ciertos sectores parecen entender tal «reconciliación» como el reconocimiento, por parte de las víctimas y vencidos, del «legítimo» uso de la violencia contra la «anti-España», lo que, a su vez, legitimaría la instauración de la dictadura franquista, de la Transición y del régimen parlamentario actual. «La Pax Hispanica de Franco que se extiende desde 1939 a 1975 y da lugar posteriormente al régimen de partidos bajo cuya égida vivimos desde 1978, está a punto de quebrarse por obra y gracia de otro nuevo Frente Popular, de una nueva anti-España, heredera de aquella que fracasó en 1939 […] vuelven a remover a sus muertos y a echar en cara a los conservadores la responsabilidad de 1934 y de 1936-1939. Según parece, la anti-España era buena y la España auténtica mala, cuando resulta ser al revés.

La cuestión, como afirma Pío Moa en Los orígenes de la guerra civil, es ¿quién empezó? Y la respuesta está muy clara: la anti-España […] las izquierdas devinieron en la anti-España, la antipatria, y frente a tales fuerzas políticas sólo cabe la guerra […]. La victoria de 1939 es la legitimidad bajo la cual aún vivimos […]. Hay una continuidad evidente entre el régimen del 18 de julio de 1936 y su hijo legítimo nacido de entre sus entrañas, el régimen de partidos de 1978. Por eso los progres […] a partir de 1993 […] comenzaron a deslizarse a la situación política anterior a 1939 […]. Comenzaron los desenterramientos de fusilados rojos, progresistas y separatistas […] hacer sistemáticamente política y propaganda demagógica contra el franquismo y el PP […]» (El Catoblepas, 2005).

Dos años después, generalisimofranco.com, denunciaba: «Actualmente España está en manos […] [de] la mayor anti-España de la historia […] poner en práctica todo cuanto signifique destruir España, como el romperla en mil pedazos con los separatismos y socavar sus cimientos morales con la ley del aborto o la de matrimonios de homosexuales entre otras medidas, todo ello aderezado con un odio desmedido que les lleva además a querer elevar la mentira a verdad a través de la mal llamada “memoria histórica”». 

En su artículo «¿Vuelve la anti-España?», Miguel Ángel Aguilar sostenía: «Quienes luchaban bajo las bendiciones eclesiales optaron por descartar que tuvieran enfrente a otros españoles de diferentes ideas o afinidades». «Imaginaban que su lucha era la de la bestia y el ángel, conforme la describía en su poema […] José María Pemán […]. En un lado, el de la cruzada, combatía España. En el otro, sus enemigos, la anti-España, la conspiración judeo-masónica-bolchevique, que debía ser erradicada de la faz de la tierra y aniquilada […]. Ahora son visibles los intentos de volver al lenguaje de la España auténtica y de la anti-España. La puja decidida de prietas las filas pretende un dicasterio vigilante que mantenga su particular sentido de la ortodoxia. Las unidades de la Brunete mediática compiten entre sí para ganar el campeonato de la desmesura, sin dejar espacio a la reflexión inteligente […]. Porque los valedores de la españolez están siempre estrechando el perímetro de su particular España y ampliando el de sus sospechas para incluir allí a cuantos actúan con conciencia y criterio propio sin atender a la servidumbre que les querrían imponer» (El País, 5 de noviembre de 2013).

El padre agustino Teodoro Rodríguez Fernández dijo: «la antipatria […] se halla constituida por el conglomerado de individuos y de colectividades que, dentro o fuera de ella, directa o indirectamente tratan de disminuir y destruir su prestigio […] y la desprecian, odian y la persiguen sistemáticamente, aprovechando para ello los más variados pretextos, todos los sugeridos por envidias». «La anti-España no tiene una doctrina determinada, sino odio y rencor a la España Grande […], lo único importante es triunfar y acabar con la España […] abanderada del catolicismo» (Así es España y así la anti-España, apuntes para conferencias patrióticas educadoras, 1941).

Pero los enemigos de la «España eterna» también, necesariamente, han de ser eternos. En una entrevista que, en 2018, ABC le hizo al gerente de Marca España, este, afirmó: «Sin fondos, dejamos el terreno libre a quienes emiten mensajes anti-España […] perdiendo muchas oportunidades y un tiempo precioso de poder transmitir muchos mensajes muy favorables de España y dejaríamos el terreno más libre para aquellos que sí tienen presupuesto y transmiten mensajes anti-España». «Marca España quiere más horas lectivas de geografía, historia y cultura españolas». Nos queda suponer por qué.

25 de mayo

Katerina Gogu

Traducción del griego y comentario de Yanis Marinakis.

Una mañana abriré la puerta

y saldré a las calles

como ayer.

Y no pensaré sino 

en un fragmento de mi padre

y en un fragmento de mar –los que me han dejado–

y en la ciudad. La ciudad que han podrido.

Y en nuestros amigos que se han desvanecido.

Una mañana abriré la puerta

enfilada al fuego

y entraré como ayer

gritando «¡fascistas!»

levantando barricadas y tirando piedras

con una bandera roja

en lo alto brillando al sol.

Abriré la puerta

y no es… que tenga miedo

pero mira, quiero decirte que no llegué a tiempo

y que tú tienes que aprender

a no bajar a la calle

sin armas, como yo

–porque yo no llegué a tiempo–

porque entonces te desvanecerás como yo

«así», «vagamente»

rota en pedazos

de mar, infancia 

y banderas rojas.

Una mañana

abriré la puerta

y me desvaneceré

con el sueño de la revolución

en la inmensa soledad

de las calles que arderán

en la inmensa soledad

de las barricadas de papel

con el estigma –¡no les creas!–

de agitadora.

El título del poema señala una fecha concreta, la de un día cualquiera, la de una acción cotidiana que adquiere dimensiones heroicas: abrir la puerta y salir a las calles. Esa iniciativa es el eje que vertebra la composición en cuatro partes. La poeta sale pensando en los residuos de aquello que le han dejado, reivindicándolos, añorándolos (pedazos de padre, de mar, los amigos) o denunciándolos (una ciudad podrida). Sale a calles de fuego en las que se inmola en batallas callejeras contra los fascistas blandiendo la bandera roja del comunismo. Pero no llega a tiempo y por eso sugiere a su interlocutor –el lector– que aprenda y salga armado. Luego se desvanece con su sueño revolucionario y termina sola. Ahora participa en batallas urbanas y construye barricadas de papel (poemas), por lo que es acusada de agitadora.

Estamos ante la evocación de los años de lucha en las calles bajo el estandarte comunista. Cuando se publica Tres click a la izquierda (la colección a la que pertenece este poema, la primera que editó), la autora (tenía ya 38 años) revisaba retrospectivamente su juventud. Y ve los restos de un naufragio: infancia (representada en el quinto verso por el padre), mar e ideología (la bandera roja), los tres elementos residuales, que han configurado su identidad, tras la decepción por el desvanecimiento de la ilusión comunista.

En ese proceso va perdiendo a los amigos, desgastados por el combate. Hasta que su propia identidad se disipa cuando la ilusión de la revolución se desvanece. El anhelo revolucionario, la lucha por la transformación, es un camino que conduce a la soledad absoluta. La maquinaria represiva utiliza recursos ancestrales, reflejos, pero implacables: primero aísla y, cuando la víctima está desconectada, la acusa, la señala y la etiqueta: es una agitadora.

Y no hay que desdeñar otras sugerencias que ocupan poco espacio en el poema, pero que son igualmente potentes. Una es la apuesta por la lucha armada. La segunda tiene que ver con su biografía; pero, a la vuelta de los años, se presenta como realidad incontestable: el proyecto comunista nunca ha existido, fue un sueño y, como tal, se ha esfumado.

Caterina Gogu cuenta en verso la historia de su propio desencanto vital y de la transformación de esa decepción en poesía de combate.

Altajo nº 14 – Noviembre

ALTAJO: ORGANO DE EXPRESIÓN DE LA CNT Y LA FAL DE ARANJUEZ; Nº10 – JUNIO 2019

ALTAJO: ORGANO DE EXPRESIÓN DE LA CNT Y LA FAL DE ARANJUEZ; Nº9 – MAYO 2019

Altajo: Organo de Expresión de la CNT y la FAL de Aranjuez; nº8 – Abril 2019

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