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AlTajo número de abril

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Presentación

Publicamos este número, no sin dificultades, inmersos en la dura realidad de una grave crisis sanitaria, social y económica por la pandemia del coronavirus a escala global. Una situación que ha puesto a la clase obrera en la más absoluta de las indefensiones. Miles de trabajadores y trabajadoras están siendo despedidas (sin contar los ERTE, en marzo se han producido 300.000 nuevos parados y paradas), no pueden pagar la vivienda o no disponen de los recursos para cubrir sus necesidades más básicas. Y también miles de personas están siendo obligadas a trabajar en condiciones infames, sin apenas medidas de seguridad y equipos de protección, con lo que arriesgan su salud y la de su entorno.

La pandemia y sus consecuencias, además, no afectan a todo el mundo por igual, sino que muestran una clara dimensión de clase. Sus efectos no son los mismos sobre los ricos, o sobre la clase media, que sobre las clases populares. Y vemos cómo las pruebas y tratamientos médicos se dispensan también con arreglo a criterios inequívocamente clasistas.

Ahora observamos con toda su crudeza las consecuencias del progresivo desmantelamiento de la sanidad pública y la irrupción de las empresas privadas en el sector de la sanidad: en esta situación dramática que atravesamos, el sistema sanitario público se encuentra desbordado para hacer frente a la pandemia.

En este número, incluimos en  las primeras páginas diferentes textos sobre esta situación de incertidumbre que estamos viviendo: Ante la pandemia represiva: un borrador de tareas modestas y asequibles, para anarquistas, libertarias/os y afines, de Carlos Taibo; la creación de la red Apoyo Mutuo de Aranjuez, y Medidas sanitarias, sociales y económicas ante la actual situación, del Comité Regional de Centro de CNT.

Cambiando de tercio, les sigue un texto titulado Consenso y pacificación, que ahonda en el debate que se produjo en su momento sobre si la Constitución contiene o no ideología.

Sobre la figura de Miguel de Unamuno publicamos tres trabajos: Miguel de Unamuno y el materialismo dialéctico; Unamuno no fue a la guerra (Yosi), Miguel de Unamuno, un intelectual contradictorio (Fernando Barbero) y Mientras dure la guerra (Juan Andrés)

Después le sigue un comentario de Blenamiboà sobre el libro de Amartya Sen Desigualdad de género. La misoginia como problema de salud pública.

Y una semblanza del psiquiatra italiano Franco Basaglia, autor del ensayo La institución negada (D. M.) Cerramos el número con el poema de Caterina Gogu Nuestra vida son puñaladas, traducido del griego y comentado por Yanis Merinakis.                                            

Ante la pandemia represiva: un borrador de tareas, modestas y asequibles, para anarquistas, libertarias/os y afines

Protesta de familiares de presxs en Italia

Carlos Taibo

Permitan un gesto de ingenuidad extrema que asume la forma de una reflexión en voz alta. Pongo aquí por escrito las que entiendo que son, en un momento crítico, las tareas mayores de las gentes que siguen creyendo en la autogestión, en la acción directa y en el apoyo mutuo. Me trae sin cuidado si esas gentes son anarquistas o no lo son. Lo he dicho mil veces: lo que importan son las conductas, y no los emperifollamientos ideológicos. Desde una conciencia clara -la de que no podemos seguir así, desunidas y, a menudo, enfrentadas-, parto de la firme convicción de que somos más, muchas más, de lo que parece y de que tenemos que movernos con urgencia. A duras penas puede ser casual que un buen número de las iniciativas de solidaridad que han cobrado cuerpo en las últimas semanas hayan decidido autodescribirse como grupos de apoyo mutuo, como si un flujo subterráneo de la historia reapareciese ahora y empezase a correr, suelto, por ahí. Si este texto les sirve de algo, mejor; si no, deséchenlo. O, por qué no, reescríbanlo a su gusto. Y pongan manos a la tarea, a las tareas. Que desde mi punto de vista son las que siguen.

Protesta de familiares de presxs en Italia

1. Ejercer la solidaridad desnuda desarrollada desde abajo, y no la forzada y, en último término, interesada. Agradecer sin dobleces la conducta de quienes despliegan, con coraje, la primera.

2. Repensar el papel de viejitos y viejitas en nuestros movimientos e iniciativas, otorgarles el relieve que merecen -que han merecido siempre- y aprovechar su sabiduría, su entrega y su tiempo.

3. Pelear por la definitiva liberación de las mujeres y, al respecto, denunciar las limitaciones del feminismo de Estado y de las reivindicaciones que poco más reclaman que una igualitaria integración de aquéllas en la sociedad creada por los hombres. La sociedad patriarcal parece llamada a pervivir aun en presencia de la deseable, y hoy por hoy lejana, igualdad formal entre mujeres y hombres.

4. Ante agresiones y recortes que se van a convertir en el pan nuestro de cada día, recuperar las prácticas del sindicalismo de combate y, entre ellas, en lugar principal, la acción directa. Extender la autogestión y, frente al capital, el mercado y sus miserias, abrir espacios autónomos desmercantilizados y despatriarcalizados. Tener presente, en suma, la dimensión de clase de la crisis. La situación no es la misma para las elites políticas y económicas, para las clases medias y para las clases populares, a menudo condenadas a trabajar en condiciones infames. Es mentira que a todas nos toque por igual. Y sería un error aceptar que, para resolver problemas muy graves, se impone acatar retrocesos sin cuento.

5. Defender lo público, pero agregar detrás de ese sustantivo los adjetivos autogestionado y socializado, no vaya a ser que, como tantas veces, lo público oculte el relieve de lamentables intereses privados y se emplee contra las gentes que son sus teóricas beneficiarias.

6. Denunciar el espectáculo de la política al uso, de la lógica de la representación, de los juegos de los partidos y de los intereses subterráneos a los que obedecen. Al tiempo, contestar frontalmente la jerarquía y la militarización, denunciar la represión (la de antaño y la de hoy) y repudiar el sinfín de formas de servidumbre voluntaria que se revelan entre nosotras en estas horas. Tomar conciencia, en suma, de que estamos ante lo que parece un ensayo general de contrainsurgencia -sin insurgencia previa, claro- que bien puede ser empleado, desde los estamentos de poder, para perfilar medidas futuras en la línea del ecofascismo.

7. Subrayar que la pandemia contemporánea ha tenido el efecto, llamativo, de reducir la contaminación planetaria, de rebajar sensiblemente el concurso de los combustibles fósiles y de imponer un freno salvaje a la turistificación. Evitar que lo que se nos ha dado de forma sobrevenida e imprevista se diluya en la nada. Propiciar, por añadidura, una contestación franca del crecimiento económico y sus tributos, y, para ello, apostar por el decrecimiento, la rerruralización, la destecnologización, la despatriarcalización, la descolonización y la descomplejización de nuestras sociedades. No tanto para esquivar el colapso que viene como para aprender a adaptarnos al escenario correspondiente.

8. Recordar una y otra vez, y actuar en consecuencia, que el escenario de muchos de los países del Sur es infinitamente más calamitoso que el nuestro, y subrayar cómo en esos países muere todos los años, por enfermedades curables, mucha más gente que la que lo hace de resultas del coronavirus. Extraer, en paralelo, las consecuencias que se derivan del carácter internacional de la pandemia, y contestar, también de manera internacional, el escenario que los poderes de siempre nos proponen.

9. Recelar de la idea de que el capital todo lo puede y todo lo controla. Ese capital sigue siendo, en muchos lugares y momentos, aberrantemente cortoplacista, poco más le preocupa que la obtención del beneficio más rápido y descarnado, y (ecofascismo aparte) carece en los hechos de un proyecto de futuro. Tomar nota, sin embargo, de lo que significa el ecofascismo recién mencionado, una perspectiva que se revela de manera incipiente y que entiende que en el planeta sobra gente, de tal manera que se trataría, en la versión más suave, de marginar a quienes sobran -esto ya lo hacen- y, en la más dura, de exterminarlos directamente.

10. Procurar el acercamiento entre las gentes que creen en la autogestión, en la democracia directa y en el apoyo mutuo. Aparcar al respecto sectarismos y debates estériles. Pensar antes en la gente común -más lúcida, a menudo, de lo que tendemos a creer- que en nuestros círculos de iniciados, y emplear al efecto los resortes que ofrecen el apoyo mutuo y la empatía con quienes sufren.

Fácil, ¿verdad?

Por el derecho a una muerte digna

Domingo M. A.

Morir con dignidad debe formar parte de una serie de derechos que no son meramente económicos. El modelo social que se ha impuesto sitúa a la economía como el centro de nuestras vidas, dejando al margen otros aspectos como la cultura, la participación ciudadana o la muerte. Y no es posible una vida digna en tanto no consigamos la garantía de una muerte digna; el derecho a una vida humana digna no se puede truncar con una muerte indigna.

El desarrollo de las tecnologías médicas ha favorecido un alargamiento de la existencia de las personas que no se ha visto, necesariamente, acompañado de una calidad de vida. Hemos conseguido añadir más tiempo a la vida, pero no más vida al tiempo. El resultado es que hoy estamos abocados a una última etapa vital desprovista de nuestro control pleno y, consiguientemente, de la dignidad a la que tenemos derecho. Porque solo con libertad es posible la dignidad, y no hay libertad plena en la vida mientras su final permanezca secuestrado.

La mayoría de las personas seguramente estaríamos de acuerdo en que morir en paz, con serenidad, pudiendo despedirnos de nuestros seres queridos, en casa, sin dolor y, si puede ser, en un suave sueño sería el ideal de una buena muerte. Evitar cuanto sea posible un final de sufrimiento insoportable es, hoy en día, y con los avances de la ciencia médica, un mínimo exigible desde cualquier planteamiento ético.

Con todo, una muerte digna es mucho más que una muerte sin sufrimiento. Para muchas personas, no es el dolor o la incapacidad lo que hace indigna una muerte, sino la negación del propio control del proceso de morir; porque no hay dignidad en la muerte –ni en la vida– sin la libertad de decidir.  

Siempre ha existido un empeño, por parte de los diferentes poderes, en mantener la muerte fuera de la esfera de la autodeterminación. No se respeta la dignidad individual si, en el caso de la muerte, se mantienen las decisiones fundamentales –el cuándo, el cómo y el dónde se produce aquella– en manos de otros, sean estos médicos, políticos, jueces o religiosos.

El significado de eutanasia

Hay quienes ven en la eutanasia un atentado contra su idea de la dignidad humana, como es el caso de la jerarquía de Iglesia católica, acostumbrada a imponer su moral al conjunto de la sociedad. También hay quienes se empeñan en presentarla como sinónimo de homicidio, de liquidación de las personas dependientes, de eugenesia, de genocidio nazi…

Ante ello, es fundamental dejar sentado de antemano el significado del término eutanasia. Un término que procede del griego: eu (buena) y thanatos (muerte). En su origen designaba una clase de muerte tranquila y sin sufrimiento, una muerte deseable, ideal, que el destino proporcionaba en pocas ocasiones. Nada que ver, por supuesto, con las cámaras de gas. Existe un acuerdo generalizado en que el sentido que se le debe dar al término eutanasia es el de una muerte indolora y rápida que se administra a una persona en situación de sufrimiento por su solicitud libre y reiterada.

A simple vista se aprecia que la eutanasia tiene que ver con el suicidio, pero se trata de conductas diferentes. Ambas son formas de muerte voluntaria, es decir, una muerte que se produce por deseo de la propia persona que muere. La diferencia técnica reside en quién da la muerte: en la eutanasia es otra persona diferente de la que muere; en el suicidio, pone fin a su vida la propia persona que desea morir. Si, en el caso del suicidio, una persona recibe ayuda, se llama suicidio asistido. Se denominan conductas eutanásicas tanto a la eutanasia como al suicidio asistido, conductas que comparten la misma fundamentación ética.

En este sentido, cabe señalar que el rechazo de un tratamiento médico por parte de una persona o de sus representantes legales no constituye un acto de eutanasia, aunque pueda conducir a la muerte. La renuncia o la no aceptación del comienzo de un tratamiento es un derecho reconocido en nuestro país desde la Ley General de Sanidad, de 1986, que reguló por primera vez los derechos de los y las pacientes. Unos derechos que se explicitaron y se ampliaron posteriormente en la Ley Básica de Autonomía del Paciente del año 2002.

Cuando la enfermedad no tiene cura y lleva indefectiblemente a la muerte, resulta plenamente comprensible la ayuda profesional para obtener la muerte cuando la vida ya no es un bien para la persona enferma, que es, por cierto, la única que puede juzgar el valor de su propia vida. Llegado el caso, la buena práctica de la medicina debe permitir la muerte sin empecinarse en prolongar una vida de sufrimiento sin objetivo, lo que se llama el encarnizamiento terapéutico.

La eutanasia y el Código Penal

El tratamiento legal de la eutanasia y del suicidio en nuestro país difiere según las personas que intervienen en ambas conductas: mientras que desde el Código Penal de 1848 el suicidio no es un delito y el o la suicida es impune –es decir, que nadie podría ser perseguido tras un intento de suicidio fallido–, la eutanasia y las diferentes formas de colaboración al suicidio son conductas ilícitas tipificadas en el artículo 143 del vigente Código Penal de 1995, que modificó sustancialmente lo previsto en el anterior sobre el suicidio y la colaboración al suicidio.

Según el apartado 4 del artículo 143 del Código Penal, las conductas altruistas movidas por la compasión ante el sufrimiento ajeno y llevadas a cabo a petición de la víctima, están castigadas con penas de 6 meses a un año de prisión en el caso de colaboración no ejecutiva, y de 18 meses a 3 años en el caso de ejecutar la muerte. Pero dado que las penas de prisión inferiores a dos años se conmutan por arrestos de fin de semana o multa, incluso por trabajos en favor de la comunidad, el resultado es que ni la colaboración al suicidio ni la eutanasia supondrían penas de cárcel para el autor o la autora, salvo en caso de reincidencia.

El debate de la eutanasia

Aunque hay quien sostiene que la eutanasia no es una reivindicación de la sociedad y que esta no está preparada para abordar un debate al respecto, lo cierto es que en cuantas ocasiones se ha preguntado a los y las profesionales sanitarios y a la ciudadanía en general sobre la dignidad de la muerte, las respuestas contradicen esa opinión negacionista.

Diferentes encuestas hechas desde el año 2002 revelan que una amplia mayoría de la ciudadanía apoya que se despenalice la muerte asistida y se regule con garantías. Las más recientes, elaboradas por Metroscopia el año pasado y por Ipsos en 2018, elevan el apoyo al 87% y 85% de la población, respectivamente. Por su parte, una encuesta europea elaborada por Ipsos Mori para The Economist en 2015 cifró este apoyo en un 78%.

En noviembre de 2018, el Colegio de Médicos de Bizkaia publicó una encuesta entre sus colegiados –la única de este estilo en España–, que eleva el apoyo a la eutanasia entre estos profesionales al 86%. Además, dos de cada tres aseguraron que no se acogerían a la cláusula de objeción de conciencia.

Y, en abril de 2019, el Colegio Oficial de Enfermería de La Rioja presentó los resultados de una encuesta sobre la eutanasia entre sus colegiados. En este caso el apoyo a despenalizar la muerte asistida también era abrumador: el 81% de las personas consultadas se mostró a favor de legalizar la eutanasia.

En conclusión, los estudios llevados a cabo en nuestro país respecto a la libre disposición de la propia vida en caso de enfermedad o sufrimiento evidencian un acuerdo social mayoritario que, además, aumenta a medida que pasa el tiempo, superando el grado de consenso de otras leyes aprobadas inicialmente con menor aceptación social.

El testamento vital

Lo que caracteriza el marco de relaciones sanitarias en España es la emancipación de los y las pacientes y el reconocimiento de su capacidad para decidir en exclusiva sobre aspectos de su vida y salud. Este derecho de autonomía personal es el principal derecho sanitario, pues reconoce la capacidad de tomar decisiones libres sobre todos los aspectos relacionados con la propia salud.

Por otra parte, la decisión de los y las pacientes solo puede ser verdaderamente libre si está basada en un conocimiento veraz de la situación, en una adecuada información por parte del profesional. El derecho a la información sanitaria es fundamental, previo al ejercicio de la autonomía, y está recogido en el capítulo segundo de la Ley de Autonomía del Paciente.

Pero a pesar de ello, la información a los y las pacientes, una labor esencial en el ejercicio de la medicina, lamentablemente es aún una de las mayores asignaturas pendientes de la práctica médica, especialmente en la fase final de la vida. En esta fase, la actitud más común del cuerpo sanitario es la que se conoce como «conspiración del silencio», es decir, la ocultación de la verdad, a veces con la complicidad de la misma familia, que priva a la persona enferma a decidir libremente.

Es importante recalcar que el derecho a rechazar una medida sanitaria, sea para no aceptarla, sea para retirarla una vez iniciada, no está limitado por la gravedad de las consecuencias, ni por el tipo de medidas, aunque ello suponga una muerte segura. Las leyes no hacen salvedades, no distinguen entre medidas ordinarias o extraordinarias, proporcionadas o no, tratamientos o cuidados, sino que establecen de forma taxativa que se debe respetar la voluntad de los y las pacientes.

En este sentido, existe otro modo previsto en las leyes para asegurar que los y las pacientes puedan decidir sobre su persona incluso en situación de incapacidad: el llamado testamento vital o Documento de Instrucciones Previas. Mediante este documento, una persona mayor de edad, capaz y libre, manifiesta anticipadamente su voluntad, con objeto de que esta se cumpla en el momento en que llegue a situaciones en cuyas circunstancias no sea capaz de expresarla personalmente, sobre los cuidados y tratamiento de su salud o, una vez llegado el fallecimiento, sobre el destino de su cuerpo o de sus órganos.

Por mandato de esta ley, cada comunidad autónoma reguló el procedimiento para otorgar el testamento vital, con diferencias en la denominación, la forma de hacerlo y de registrarlo. En concreto, en la Comunidad de Madrid se puede tramitar la solicitud de este documento en todos los hospitales públicos y en muchos centros de salud.

El testamento vital es el mejor instrumento para, en caso de que no exista ninguna posibilidad de que la enfermedad remita, protegernos frente a posibles excesos «conservacionistas» del médico que nos asista. Porque el derecho de cualquier persona a rechazar un tratamiento que prolonga una situación sin salida, puede chocar con un médico que considere que lo que piden los familiares no es lo mejor para el paciente, y que decida adoptar el papel de «defensor» de la vida de «su» paciente. Y si no hay constancia documental, puede privar al paciente de un derecho a ser representado y a los familiares o allegados el de no traicionar a su ser querido.

Por añadidura, la generalización del testamento vital evita a las familias tener que tomar decisiones a veces difíciles desde el afecto; y es, en todo caso, un primer paso para la asunción del protagonismo de una persona sobre el final de la vida.

La lucha por la muerte digna

La idea de una muerte digna como discurso reivindicativo, de la disponibilidad de la propia vida, apareció pública y organizadamente en España en los años 80 con la creación de la asociación Derecho a Morir Dignamente (DMD), cuyas finalidades eran, por un lado, promover el derecho de toda persona a disponer con libertad de su cuerpo y de su vida, y a elegir libre y legalmente el momento y los medios para finalizarla; y por otro, defender, de modo especial, el derecho de los enfermos y enfermas terminales a, llegado el momento, morir pacíficamente y sin sufrimientos, si fuera este su deseo expreso.

En 1986, el Gobierno de Felipe González aprobó la Ley General de Sanidad que, como se ha indicado, establece la primera carta de derechos de los pacientes, entre ellos el de negarse a un tratamiento. En esos años aparecieron en España las primeras unidades de cuidados paliativos. Pocos años después DMD aparece como referente social en el debate, especialmente en círculos académicos e intelectuales, hasta 1998, cuando la muerte de Ramón Sampedro impacta a la sociedad española provocando un interés desconocido hasta entonces.

Ramón Sampedro, marinero gallego, se quedó tetrapléjico en 1968, con 25 años de edad, tras fracturarse el cuello al lanzarse al mar desde unas rocas. Tras permanecer  25 años en cama solicitó autorización en un juzgado de Barcelona para que le fueran suministrados los fármacos necesarios para aliviar sus sufrimientos físicos y psíquicos asumiendo los riesgos con base en su derecho a no ingerir alimentos, autorización que le fue denegada por motivos formales. El mismo resultado tuvo su recurso al Tribunal Constitucional y al Tribunal Europeo de Derechos Humanos. También la Audiencia de A Coruña estableció que no tenía derecho a solicitar tal ayuda, por ser un delito tipificado en el Código Penal. Así las cosas, en enero de 1998 Ramón Sampedro puso fin a su vida ingiriendo cianuro potásico. Su cuidadora, Ramona Maneiro, fue detenida y acusada de cooperación necesaria al suicidio, pero fue puesta en libertad por falta de pruebas. Años más tarde, cuando el delito había prescrito, reconoció haber ayudado a Sampedro. Influyeron en que no se le persiguiera el ambiente social mayoritariamente a favor de Ramón Sampedro y la campaña de autoinculpación que se desarrolló.

Otro hecho con gran repercusión se produjo en marzo de 2005, cuando el consejero de Sanidad de la Comunidad de Madrid, Manuel Lamela, difundió en los medios de comunicación que en el servicio de urgencias del Hospital Severo Ochoa de Leganés se había sedado irregularmente a 400 pacientes con resultado de muerte (homicidio masivo). Tras un proceso de acusación mediático y la elaboración de hasta seis informes técnicos contradictorios entre sí, más de dos años después, el Juzgado de Instrucción número 7 de Leganés dictó una sentencia absolutoria que, no obstante, hablaba de mala praxis. En enero de 2008, la Audiencia Provincial de Madrid obligó a suprimir toda mención a la supuesta mala praxis. Ni el consejero Lamela y la presidenta Esperanza Aguirre se disculparon nunca.

El resultado de este escándalo mediático fue un fuerte ataque contra la sanidad pública que dinamitó la confianza médico-paciente y desvió la atención de la privatización del sistema madrileño de salud. A la vez, se frenó el debate sobre la eutanasia retrotrayéndolo al ya muy superado sobre la legitimidad de la sedación terminal.

Además de los tremendos perjuicios personales al doctor Luis Montes, anestesista y coordinador del Servicio de Urgencias (fallecido hace casi dos años), y al equipo del hospital, que fueron centro de las críticas, el daño social fue enorme. Se colocó al doctor Montes en el centro de una campaña de acoso que sirvió de presión y amenaza para otros centros y otros médicos, y las sedaciones en la agonía se redujeron drásticamente en todos los hospitales del Estado.

En abril del año pasado cobró fuerza el debate sobre la eutanasia cuando saltó a los medios de comunicación el caso de María José Carrasco, de 69 años, que padecía  esclerosis múltiple desde 1989, una enfermedad degenerativa que en los últimos diez años la hizo dependiente para todas las actividades de su vida diaria. A causa de los sufrimientos que le producía la enfermedad, María José, en plenitud de sus facultades mentales, había expresado de forma reiterada y firme su voluntad de morir. Incapaz de mover las manos, solicitó la ayuda de su marido, Ángel Hernández, para ver cumplido ese deseo de poner fin a su vida. El acto de Ángel Hernández de ayudarla solo puede interpretarse como un acto de amor que no debería recibir ningún reproche penal. Por el contrario, en la actualidad,  Ángel Hernández se enfrenta a una condena de hasta 10 años de cárcel si se le aplicase con rigor el mencionado artículo 143 del Código Penal.

Avanzar en la muerte digna

La aspiración a morir con dignidad ha de ser regulada legalmente para que todas las personas tengamos la seguridad de que única y exclusivamente nosotras podamos disponer de nuestra vida, con ayuda profesional en las circunstancias que se establezcan previamente. Frente a la voluntad de morir de una persona, la respuesta no puede ser otra que el respeto, el apoyo y el acompañamiento.

El derecho a morir con dignidad debe ser una conquista más de libertades para la población, con algunas características que lo diferencian de otros derechos civiles. Nadie sabemos si finalmente nos veremos en la necesidad de tomar la decisión de morir, pero la mayoría de las personas, en tal circunstancia, deseamos una muerte rápida e indolora mediante una inyección letal o un medicamento adecuado. Esta realidad exige una respuesta distinta a la de mirar para otro lado, como es la reforma del Código Penal en el sentido de despenalizar la eutanasia y el suicidio asistido.

El pasado 11 de febrero, por fin, el Parlamento aprobó la admisión a trámite del proyecto de Ley Orgánica de Regulación de la Eutanasia. Un intento previo quedó paralizado en la Mesa del Congreso por el filibusterismo de Ciudadanos y PP para evitar una votación para la que había mayoría absoluta. De aprobarse esta ley de eutanasia, nuestro país se acercaría en derechos a sus vecinos de Holanda, Bélgica y Luxemburgo, pioneros a escala mundial en adoptar una ley de eutanasia.

Ahora cabe esperar que la ley pueda tramitarse con normalidad. Y también que su texto mejore en algunos aspectos durante el proceso de debate y enmiendas.

Fuente: Qué hacemos para conseguir que la lucha por una vida digna incluya la exigencia de una muerte digna, de Luis Montes, Fernando Marín, Fernando Pedrós y Fernando Soler (Ediciones Akal).         

Dos poemas de Fernando Barbero

Extendiendo la Idea

Los ríos y el bosque los veían pasar

de pueblo en pueblo alimentando la rebeldía

Viajaban a pie o en carretas amigas

Entraban en el bar de la plaza y pedían una jarra

Buscaban los corazones indignados y revolucionarios

y les hablaban de la Idea, de que eran muchos,

de la red solidaria, del mundo que llevamos dentro,

de la lucha que se avecinaba y de la justicia social

Les mostraba filósofos, libros, cultura, otra historia

Exponían las luchas de otros que eran como ellos

Y la anarquía germinaba en tierra fértil

extendiéndose por la Andalucía jornalera

Cuando partían, en el pueblo quedaba un grupo

reducido en número y poderoso en intención:

eran maestros, albañiles o labradores

y dejaban sus casas para conseguir todo 

A veces, vencemos

Nos lo dicen quienes interpretan la historia:

«jamás vencisteis y nunca ganaréis»

Nos llegan las voces y los ecos

de las batallas, de los combates

Y en los libros mencionan los nombres

de los vencedores: generales, reyes y políticos

Nunca hablan de quienes lucharon

y murieron: soldados y trabajadores

Jamás hablan de quienes empuñaron las armas

e hicieron justicia con los tiranos

Nunca hablan de Angiolillo, Mateu o Durruti

Los nombres que se silencian atruenan

con sus inmortales sílabas

Quico Sabaté, Facerías, Pasos Largos, Ascaso…

pusieron sus pies en el suelo y 

asestaron golpe tras golpe al poder

Laureano Cerrada, Mateo Morral, Pardiñas, Ponzán…

Vuestro recuerdo ha llegado hasta mí

una noche frente a una montaña    

y yo lo transmito para que prosiga

sin detenerse, sin descanso

La religión de los «expertos». La teología tras la técnica

El pasado 6 de abril, Luis Argüello, secretario general de la Conferencia Episcopal Española, consideraba «imprescindible» un «nuevo pacto social» y una reforma del «Estado del bienestar» («Orientaciones de la Conferencia Episcopal ante las elecciones generales», zenit.org, 7 de noviembre de 2019). Es en nuestra existencia como grupo, como en los antiguos teóricos del pactismo social, donde se encontraría el argumento para limitar la libertad individual en beneficio del «pacto», expresión que se usa sin que parezca oportuno aclarar que un acuerdo, por definición, sólo puede darse entre partes previamente en desacuerdo o en conflicto. Se hace necesario señalar, así, que si todos tuviésemos intereses comunes no se haría necesaria negociación alguna, y menos aún una en la que, con paternalismo, una élite «cualificada» se arroga nuestra tutela. En el caso que nos plantea Argüello, no cabe pensar otra cosa que la teología vendría a velar por el «buen» uso de una tecnocracia que, desde la apelación al «bien común», y al margen de «intereses corporativos o ideologizados», nos dice, no sólo no se censura realmente, sino que se hace necesaria.

Unos meses antes, el papa Francisco, quien defiende que «el cristianismo no es de derecha ni de izquierda» (religiondigital.org, 15 de abril de 2019), expuso en su encíclica Laudato si: «La tecnología ha remediado innumerables males […]. Pero […] [da] un tremendo poder […] a quienes tienen el conocimiento, y sobre todo el poder económico para utilizarlo, un dominio impresionante sobre el conjunto de la humanidad […]. Tanto poder […] es tremendamente riesgoso que resida en una pequeña parte de la humanidad». De sus palabras se infiere, sin embargo, que los jefes religiosos, otra «pequeña parte de la humanidad», parecen ser los únicos autorizados para administrar un poder al que describe asegurando: «Los objetos producto de la técnica no son neutros, porque […] orientan las posibilidades sociales en la línea de los intereses de determinados grupos de poder. Ciertas elecciones, que parecen puramente instrumentales, en realidad son elecciones acerca de la vida social que se quiere desarrollar». Y, citando El ocaso de la Edad Moderna de Romano Guardini, añade: «El hombre que posee la técnica sabe que, en el fondo, ésta no se dirige ni a la utilidad ni al bienestar, sino al dominio». 

Según Roberto López Torrijos (La tecnocracia franquista: un derivado específico de la tradición neorreaccionaria española y europea, IV Congreso sobre Estudio de Historia, Derecho e Instituciones, 2016), la «cohesión orgánica de la sociedad», justificada por la creencia en un «organicismo social», «es un rasgo común de todos los movimientos destinados a superar la modernidad. Pero lo característico del organicismo español […] no es su inspiración en la ciencia biológica ni en las teorías evolutivas, sino en la teología, convertida en una ciencia social que entendía el colectivo en clave corporativa, para concluir la teologización de la sociedad […]. Los neorreaccionarios monárquicos […] probarán […] imponer y desarrollar su ideario […] ocupando lugares clave en la Administración, el Gobierno, la banca, las finanzas, la empresa y las universidades […]. [Y], a partir de la aceptación del pleno valor doctrinal de la modernidad, tocaba reelaborar ésta […] las perspectivas subjetivas, con sus corolarios de autonomía, no debían poner en peligro el sistema con sus propuestas humanas […]. Superada y vencida la anti-España (por medios que cualquier observador imparcial habría definido como inmorales) […], comenzaba la hora de los especialistas, es decir, los “tecnócratas”».

El problema de España

En los años cuarenta, falangistas orteguianos y miembros del Opus Dei influidos por Ramiro de Maeztu, «se enzarzaron en el debate intelectual conocido como El Problema de España […]. Con todo, existía una gran coincidencia de fondo […], la cuestión de las élites, aquellos hombres eficaces cuyas cualidades personales, según Ortega, condensarían las potencialidades de la nación. Esta propuesta orteguiana se asemejaba enormemente, cambiando “masa vertebrada” por “objeto social orgánico”, a los esfuerzos de Maeztu en favor de la configuración en España de lo que él denominaba una burguesía responsable […]. Frente al subjetivismo de la modernidad, que se entendía como expresión individual de las distintas esferas autónomas cuyos intereses colisionaban entre sí y conducían al desgarro social, la derecha neorreaccionaria reafirmaba la interdependencia de todos los actores terrenales, con el objetivo de que la armonía rigiera la imitación humana de Dios. Para este objetivo resultaban vitales, por tanto, unas instituciones teológicamente fundadas […] que podían permitir la posibilidad de volcar el organismo divino en una organización social […] basada en […] la doctrina organicista del Derecho Público Cristiano». De acuerdo con el tecnócrata Calvo Serer, «España había resultado vencedora en esta lucha gracias a su victoria en la Guerra Civil» (La tecnocracia franquista…).

En opinión de Pedro Carlos González Cuevas (La derecha tecnocrática, Historia y Política, 2007), hacia 1948 existía ya «una nueva elite político-intelectual» que bebía de la revista Acción Española, que dirigiera Ramiro de Maeztu, y la editorial Rialp, pero que ahora tenía acceso a otros muchos medios, como ABC, desde los que publicitaban una «monarquía tradicional y corporativa», a la que legitimaban situándola «por encima de las discordias civiles y de los intereses sociales y económicos en liza». La mayoría de sus principales figuras tenían relación con el Opus Dei, «muy influyente en el Consejo Superior de Investigaciones Científicas». La teología de José María Escrivá de Balaguer, condicionada por la ideología reflejada en Acción Española, se encontraba «en la línea de las teorías económicas de Ramiro de Maeztu». Éste, en El sentido reverencial del dinero, editado por Rialp, «propugnaba la simbiosis entre catolicismo y desarrollo económico capitalista».

Para López Torrijos, «Maeztu, sobreinterpretando a Max Weber, había justificado un espíritu moralmente superior al capitalismo: una ética católica del capitalismo […]. El desarrollo virtuoso de la labor profesional o comercial por cada uno de los miembros implicados de la comunidad se convertiría en una manera de obtener la realización personal, la gracia y la salvación». El sociólogo Amando de Miguel (Sociología del franquismo: análisis ideológico de los ministros del régimen, 1975) «había situado a los ministros tecnocráticos […] bajo la denominación de “integristas” […]. De esta manera, para López Torrijos, el régimen franquista puede ser visto como la resultante de la confluencia del nacionalismo antidemocrático y del fascismo». 

Por su parte, González Cuevas, que parece haber identificado una vía española a la tecnocracia, señala que las bases del Gobierno tecnocrático la hallaríamos en «la consolidación del llamado Estado benefactor, cuyos orígenes se encontraban en la Alemania de Bismarck, a partir de las ideas de Lorenz von Stein sobre la monarquía social […], un modelo de Estado autoritario del bienestar. Su objetivo era corregir por el sector público los efectos disfuncionales de la sociedad industrial competitiva […] por una necesidad histórica, dado que era preciso optar, ante la presión de las clases trabajadoras, entre reforma y revolución […]. Todo este proceso sociopolítico contribuyó decisivamente al ascenso de nuevas elites cuyo capital simbólico era el saber científico-técnico y, por ende, a nuevas formas de legitimación política […]. El Estado, al […] convertirse en agente interventor en la economía y entre los distintos grupos sociales, necesitaba una legitimación directa, que se satisfacía, según señalaría Jürgen Habermas, mediante la ideología tecnocrática […]. El Estado tendía a legitimarse por el progreso técnico» […]. Poco después aparecía en Norteamérica la denominada Tecnocracia, cuyos principales representantes eran Howard Scott y Thorstein Veblen […].

«En España, el jurista Eduardo Luis Llorens interpretaba la emergencia de la alternativa tecnocrática como “una de las manifestaciones de la mentalidad postbélica orientada hacia la dictadura” […]. Tras la II Guerra Mundial, las sociedades europeas experimentaron […] un crecimiento económico extraordinario y […] la consolidación del Estado benefactor, secularización religiosa, integración europea, unido a un cierto escepticismo hacia las utopías sociopolíticas, lo que llevó a hablar del fin de las ideologías; todo lo cual favoreció la consolidación de las elites tecnocráticas en el aparato estatal». Jean Meynaud, observó que «las cuestiones técnicas exigían conocimientos especulativos y, en consecuencia, la mayor parte de la población quedaba excluida de las decisiones políticas […]. Y es que la ideología tecnocrática exaltaba, ante todo, la competencia, la especialización y la racionalidad de las elites, de cara al logro del desarrollo económico; y ello implicaba cierta predilección por el autoritarismo, al estimar que los grandes cambios sólo pueden hacerse desde arriba».

Carl Schmitt, en su conferencia La época de las neutralizaciones y despolitizaciones (1929), confesó que albergaba «la utópica esperanza de lograr, a través de una nueva religión de la tecnicidad, “la despolitización absoluta”» (La derecha tecnocrática). «A partir de los años cincuenta, [se produjo] la controversia en torno al tema del fin de las ideologías, un tema planteado por Raymond Aron y Daniel Bell, en Francia y Estados unidos […]. Aron centró sus críticas en el marxismo como nueva “religión de reemplazo” o “religión secular”; y confiaba en que los efectos del llamado Estado benefactor eclipsaran su proyecto revolucionario y difundieran entre las masas el “escepticismo” político […]. Bell insistió en que las ideologías revolucionarias del siglo XIX habían entrado en crisis […]. En el Occidente capitalista existía, a su juicio, un acuerdo generalizado sobre cuestiones políticas como la aceptación del Estado social, el deseo de un poder descentralizado, el sistema de economía mixta y el pluralismo político. De ahí que la ideología se encontrara “intelectualmente desvitalizada”. Ni Aron ni Bell eran partidarios de la tecnocracia […]. (No obstante, en España estos planteamientos fueron interpretados como una apología directa de la tecnocracia)». 

El crepúsculo de las ideologías

En 1965, Fernández de la Mora publicó en la editorial Rialp El crepúsculo de las ideologías, donde presenta una «concepción del proceso histórico, tomada de Comte» en la que el «progreso es sinónimo de racionalización de los distintos aspectos de la vida social y política». Así, las consecuencias sociales y políticas del «desarrollo» […] eran altamente liberadoras: homogeneización de las clases sociales, pragmatismo, bienestar y moderación política y económica […]. Distinguía, en ese sentido, entre ideas e ideologías. Mientras las primeras eran proyectos elaborados por las elites intelectuales, las segundas podían ser definidas, siguiendo a Pareto, como «derivaciones», es decir, «mitos», «creencias», filosofías políticas «popularizadas», «patetizadas», «simplificadas» […]. De esta forma, se imponía […] la preeminencia de los «expertos» sobre los ideólogos; y la autoridad del ejecutivo sobre el legislativo […]. El tipo de Estado que se correspondía plenamente con la nueva «edad positiva» […]. Era lo que Fernández de la Mora denominaba «Estado de razón» […] desideologizado, donde las ideologías serían sustituidas por ideas «rigurosas y exactas».

Para José Vidal Beneyto, «sus tesis conducían al fascismo». Pablo Lucas Verdú le acusó de «paternalismo» y de querer resucitar el despotismo ilustrado. Gonzalo Puente Ojea denunció su intento de legitimar la «unidimensional» sociedad neocapitalista. Más positivo fue Salvador Paniker, para quien la obra significaba la aparición en la sociedad española de la «ética puritana del trabajo». Pérez Embid, editor de muchos de sus artículos, sin embargo, llegó a someter algún artículo de Fernández de la Mora a la consideración de teólogos por si pudieran incurrir en una herejía, pues «su racionalismo había llegado demasiado lejos» (La derecha tecnocrática).

Muchos de sus críticos compartían, sin embargo, su desconfianza, cuando no negación, en la posibilidad de que la mayoría de la población, en la que camparía el mito, tuviera la capacidad de acceder correctamente al conocimiento, asimilando y aplicando las ideas elaboradas por la cultura académica a sus vidas, mientras que, por otro lado, existiría una elite exclusiva que monopolizaría el acceso a la verdad, al logos. Una visión extremadamente compatible con el mantra repetido hasta la actualidad de que los culpables de la pobreza son los pobres. En un círculo vicioso de profecía autocumplida, una élite aboga por limitar la participación política que, convenientemente presentada como incapacidad, se convierte en la causa de la necesidad de limitar la política y del Gobierno de las élites.

Roberto López Torrijos, por su parte, asegura: «La desconfianza en las posibilidades utópicas y emancipadoras de la razón […] supone la especificidad más apreciable del pensamiento político conservador […]. De hecho, la denominación de “tecnócratas” con la que nos referimos habitualmente a la “familia franquista” […] soslaya el compromiso ideológico de sus miembros y las evidentes continuidades que los vinculaban con la tradición neorreaccionaria y monárquica […]. La denominación de “tecnocracia franquista” evoca semánticamente un presunto carácter aséptico y secular de los Gobiernos tardofranquistas».

Hoy, el hilo de la encíclica Laudato si nos conduce a una crítica contra la «desmesura antropocéntrica» de «la modernidad», que seguiría «dañando toda referencia común y todo intento por fortalecer los lazos sociales». Lo que lleva al autor a defender que «no se puede justificar una economía sin política», a la vez que descarga en los consumidores una «responsabilidad social» esgrimiendo dos citas: «Comprar es siempre un acto moral, y no sólo económico» (encíclica Caritas in veritate, Benedicto XVI, 29 de junio de 2009), y «por eso, hoy “el tema del deterioro ambiental cuestiona los comportamientos de cada uno de nosotros”» (Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz, 2010). Coherente con ello, Luis Argüello nos advierte de que «tanto en el campo de la identidad nacional como en el de la identidad personal, el llamado “derecho a decidir” no es moralmente legítimo en sí mismo, pues supondría la absolutización de la voluntad de poder”» (Orientaciones…). Resulta perverso apelar a la falsa interpretación que del concepto de «voluntad de poder» de Nietzsche hicieron los nazis para censurar la libertad personal que choca, precisamente, con la «voluntad de poder» que pretende limitar con líneas rojas el derecho de la ciudadanía a elegir.

En la calle Acominatu

El poema pertenece a la tercera colección que publicó la autora en 1982: El abrigo de madera. Lo componen dos partes bien diferenciadas por su perspectiva. La primera, que  describe el lugar en el que se desarrolla la escena, se extiende hasta Es así (verso 19). A partir de ese verso hasta el final se desarrolla la acción que la poeta viene a denunciar (para lo que se vale de la segunda persona), en la que, además de las protagonistas, también intervienen las vecinas indignadas (en primera persona impersonal).

En los versos iniciales se recurre a la tercera persona buscando una ambientación presuntamente objetiva. Se nos ubica espacial y temporalmente. Estamos en la zona de la plaza de Metaxurguío, en la calle Acominatu, y manda Costas Caramanlís, político conservador que, cuando Gogu escribió este poema, acababa de dejar de ser primer ministro para asumir la presidencia del país. Es decir, estamos en la primera mitad de los ochenta del siglo XX, a finales de julio, son las cuatro de la tarde y hace un calor canicular. Inmediatamente, sin transición, como si de una película se tratase, la cámara cinematográfica barre el espacio enfocando su lente subjetivamente, con regusto impresionista: bragas de todos los colores, paquistaníes, cojas, chivatas, maricas, suciedad.

En ese escenario se nos presenta a las protagonistas, las putas, que aparecen como parte del decorado, deshumanizadas. Soportan los rigores del clima en la intemperie rigurosa del verano (40 grados sin sombra, sin descanso) y ejecutan su oficio sin amor (se aparean, como mejillones), sin feminidad (son trompas y úteros inservibles, vientres hinchados de semen, incapaces, pues, para la maternidad), sin franqueza, fingiendo (con pelucas que disimulen). Son mujeres permanentemente enfermas, tullidas (leucorrea), maltratadas (pezones amoratados), traicionadas por vendedores y salvadores,  perseguidas por ciudadanos y policías. En suma, viven excluidas entre plásticos grasientos, suciedad, antisépticos y jeringuillas.

Un sol cegador estrangula el blanco de la leucorrea y de los cuerpos sobre los que destaca el morado de los hematomas e impone un tono general sepia. No hay coloración. Incluso se afirma expresa y tajantemente la ausencia de verde (de vida). Solo la lencería pone una fugaz nota de color.

Por si las circunstancias ambientales no les fuesen suficientemente hostiles, se hallan  indefensas, públicamente expuestas al escrutinio y al control de los ciudadanos indignados y de sus propios clientes, y a la violencia de los desalojos, de la policía y de los médicos de la brigada social. Comparten el estigma de las brujas.

Y sin embargo son mujeres cotidianas, como las demás, que se traen la comida preparada en casa, compran a plazos y hacen sus labores. Solo encuentran el apoyo y la solidaridad de las mujeres. No obstante, Gogu presenta en estos versos, valiéndose de la prostitución, la situación de la mujer real en la sociedad patriarcal (el aquí, donde se quema a las brujas y se jode a las putas) desde una perspectiva androcéntrica de la sexualidad femenina.

El lenguaje, como acostumbra la autora, es coloquial y usa con frecuencia términos de argot.

La creación del patriarcado

Blenamiboá

Gerda Lerner, en su libro La creación del patriarcado (Barcelona, Crítica, 1990), parte de la idea de que el patriarcado es un sistema histórico y también de que el registro del pasado ha sido llevado a cabo por la élite masculina. Este hecho ha dado lugar a que a lo largo de la historia una parte de la sociedad ha escrito e interpretado aquello que le convenía, omitiéndose la historia de las mujeres e identificando la perspectiva masculina con lo que es común a todo ser humano. Se apoya en diferentes estudios antropológicos, lingüísticos, arqueológicos y en los estudios del Antiguo Testamento, en la obra de Aristóteles y otros autores.

La apropiación de la capacidad reproductiva de las mujeres, así como el control de su sexualidad, son el origen del patriarcado y son anteriores a la formación de la propiedad privada: «La familia patriarcal es la forma en que se constituye el estado arcaico. La familia patriarcal es la célula de la que nace el amplísimo sistema de dominación patriarcal. La dominación sexual subyace a la dominación de clases y de razas».

Esta historiadora y escritora analiza la obra de Engels y reconoce sus contribuciones al señalar la conexión entre cambios estructurales en las relaciones de parentesco, cambios en la división de trabajo y cambios en la posición que ocupan las mujeres en la sociedad; también al demostrar la conexión entre propiedad privada, matrimonio monógamo y prostitución; al señalar la relación entre el dominio económico y político de los hombres con el control de la sexualidad femenina; y al situar la derrota histórica de las mujeres en el periodo histórico de la formación de los estados arcaicos. Engels dio historicidad al acontecimiento del patriarcado. 

Gerda Lerner habla del género como construcción social, se apoya en los estudios de los antropólogos Lèvi-Strauss y Gayle Rubin. Rechaza la existencia de una dicotomía inamovible entre hombres y mujeres, y critica el maternalismo feminista. Y respecto a los roles en función del género, señala que el primer papel asignado a las mujeres fue ser intercambiadas en transacciones matrimoniales.

Con respecto a la existencia de alguna sociedad matriarcal a lo largo de la historia,  Lerner analiza las obras de diferentes antropólogas y escritoras feministas y concluye: «No existe ni una sola sociedad que conozcamos donde el colectivo femenino tenga el poder de adoptar decisiones sobre los hombres o donde las mujeres marquen las normas de conducta sexual o controlen los intercambios matrimoniales». Señala también que matrilinealidad y matrilocalidad no son sinónimos de matriarcado.

«Podemos expresar mejor la complejidad de los diferentes niveles de dependencia y libertad femeninos si comparamos a cada mujer con su hermano y pensamos en como difieren las vidas y oportunidades de una y otro». 

Tener algunos privilegios dentro del sistema patriarcal gracias al poder económico nos lleva a una errada percepción de libertades femeninas y al tema de que el sistema patriarcal solo puede funcionar gracias a la cooperación de las mujeres.  Razones por las que las mujeres han cooperado con el patriarcado a lo largo de los 4.000 años de su historia han sido el modelamiento psicológico para interiorizar la idea de la propia inferioridad; la ignorancia de su propia historia de luchas y logros; las dificultades para desarrollar la solidaridad femenina por encima de lazos familiares que las subordinaban a sus parientes masculinos; su adoctrinamiento desde la primera infancia, y su mantenimiento en una etapa infantil de estar protegida siempre a lo largo de su vida por diferentes figuras masculinas.

Conclusiones

Nuestra herencia cultural es un sistema de símbolos donde los hombres se apoderaron de las definiciones, de los símbolos femeninos y elaboraron sistemas androcéntricos para explicar el mundo. Este relato de la historia no puede ser superado simplemente añadiendo a las mujeres ni tratando de incluir el pensamiento femenino dentro del marco patriarcal. 

La humanidad está formada por hombres y mujeres a partes iguales. La importancia de la labor de reestructurar de forma radical nuestro pensamiento viene de la necesidad de conservar nuestro pasado colectivo y reinterpretarlo para el presente, para definirnos y explorar los límites de nuestras posibilidades como seres humanos.

Si el patriarcado no es un proceso natural, sino que tiene un inicio en la historia, puede acabarse con él.

AlTajo nº 18 marzo

AlTajo nº18 marzo

Presentación

Nos encontramos a las puertas del 8 de Marzo, Día de la Mujer Trabajadora, cuyos orígenes se remontan al 25 de marzo de 1911, cuando más de 140 jóvenes trabajadoras, la mayoría inmigrantes italianas y judías, fueron asesinadas en la fábrica  textil Triangle Shirtwaist de Nueva York por reivindicar mejoras en sus derechos laborales y la homologación salarial con los hombres.

Al igual que en años anteriores, en este 8M la CNTsale a las calles, como señala en un manifiesto que publicamos en la página siguiente, para reclamar, entre otras cosas, la equidad en los puestos de trabajo, la derogación de las reformas laborales que atentan especialmente contra las trabajadoras. Y denunciar la explotación y la vulneración de derechos en los sectores llamados «feminizados», el paro salvaje que sufren las personas trans, la indefensión en la que la ley de extranjería deja a las mujeres migrantes y la discriminación que sufren las personas racializadas en lo laboral y social.

Pero, además de en las actividades en torno al 8M, en este mes de marzo podremos participar también en al menos otras tres más organizadas por CNT-Aranjuez: el miércoles día 4, a las 20 h, en el videofórum que organizamos en nuestro local todos los meses, podremos ver el documental Héroes invisibles: afroamericanos en la Guerra Civil española. Más adelante, el viernes 13 de marzo, a las 19.30 h, en el CC Isabel de Farnesio (aula 17), presentamos el libro Londres-Sarajevo, de Isaak Begoña, con la intervención del autor. Y el 20 de marzo, también viernes, a la misma hora y en el mismo escenario, otra presentación, en este caso de La huerta y el origen de las cosas, el nuevo cómic de Rubén Uceda. Asimismo, a partir del día 6 de marzo instalaremos una exposición fotográfica sobre la fauna salvaje, que se podrá ver de 20 a 21 horas de lunes a viernes.

Pasando ya a los contenidos de este número de AL TAJO, publicamos, al hilo del 8M, en las primeras páginas, además del manifiesto de CNT, tres artículos: Estampas cotidianas de mujer, de Loba López; Educación: ¿reproducimos desigualdad o creamos algo nuevo?, de Luadebaides; y un comentario del libro La creación del patriarcado, de Gerdar Lerner, de Blenamiboá.

A los que sigue el texto de Silvestre Bellotada contra la especulación, una crónica de la plantación de bellotas en nuestra localidad el 23 de febrero.

A continuación, en La religión de los «expertos». La teología tras la técnica, su autor nos muestra diferentes enfoques concernientes al progreso técnico, las ideologías y la política.

Tomando pie en el debate sobre la eutanasia, publicamos después Por el derecho a una muerte digna, de Domingo M. A. Y tras los comentarios de libros, cerramos el número con un par de poemas de Fernando Barbero y con otro de Caterina Gogu, traducido y comentado por Yanis Merinakis.    ■

8M: Estampas cotidianas de mujer

Loba López

Es una niña, dijo, yo quería un macho, la vistes de rosa, la pones lazos y vestidos, la peinas con trenzas muy apretadas, qué mona, cuidado está creciendo, dijo, le han salido tetas, qué rara está con las tetas y esas patitas tan flacas, es fea, dijo, no llegará a ninguna parte, dijo, para qué va a estudiar, mejor se casa y tiene hijos, pero a ver si encuentra un marido, está muy delgada, dijo, se ha echado novio, ya la tenemos colocada, que se case antes de que se quede embarazada, eso nunca, mi honor es lo primero, mira que es rara mi mujer, dijo, tiene las tetas grandes y las piernas flacas, pero me pone, me pone mucho, qué asco cuando tiene la regla y ahora que está embarazada ni tocarla, qué grima me da, dijo.

Las trenzas me aprietan, el vestido me resulta incómodo, yo solo quiero jugar y se me ven las bragas, los chicos se ríen y ese balón parece tan divertido, pero tengo que estar sentada con las piernas juntas y las manos sobre el regazo, me están saliendo unos bultos en los pecho que me duelen, y pelos, qué vergüenza, mamá me dice que pronto seré mujer, yo no quiero, quiero jugar al fútbol y montar en bici, los chicos me miran y me hacen sentir extraña, también me insultan, me llaman «patilarga», me meten mano riendo, uno me ha dicho que si quedamos, y como papá me ha dicho que tengo que casarme, quedo con él, me caso y tengo hijos, pero yo quiero jugar al fútbol y estudiar y me siento muy pequeña.

Mira esta guarra con la falda corta y la blusa pegada, está buscando guerra, cuando nos quedemos solos, la entro, dijo, ella no lo sabe, pero está deseando que se la meta a fondo, un buen pollazo necesita, dijo, ahí va, la tengo a tiro, voy al ataque, venga, cerda, que te va a gustar, se me resiste la muy cabrona, eso me gusta, es dura de pelar, jajajaja, venga que te rajo las bragas, qué puta, me ha pegado un mordisco, ahora verás, al suelo con ella, la sujeto, dijo, la sujeto y se la meto, así a la fuerza, anda, ahora disfruta zorra, cómo chilla, le tapo la boca, que nos pueden oír, le doy una hostia y se calla, dijo, hala, ya está, qué asco de tía, tiene el culo caído, dijo.

Siempre me está mirando, ya se lo he contado a los compañeros porque tengo miedo,  y se ríen, dicen que a ver qué le habré dicho al pobre, que no me ponga la falda corta, ni la blusa pegada, que le estoy provocando, me gusta mi falda, me gusta ir como yo quiero, pero tendré que tomarlo en cuenta, hoy está muy raro, me mira más de lo normal, qué ganas de irme, pero tengo que acabar y ya todo el mundo se está yendo, solos, yo sigo a lo mío, joder, que viene hacia aquí, no me da tiempo a irme, le tengo encima, le huele el aliento, y sus manos me están sobando sudorosas, qué asco, me hace daño, me retuerce los pezones, me abre las bragas, cuantas manos tiene, le muerdo y me tira al suelo, el techo con los fluorescentes colgando, grito, me duele, escuece, tengo sangre en la boca, en mi interior, se me rasga algo, pierdo la noción del  tiempo, jadeos y empujones, jadeos, empujones… 

Querida oyente, ponte crema, depílate, cuida tu pelo, mejor largo, que a ellos les gusta largo y sedoso, dijo, sé limpia, cuidado con los olores íntimos, que pueden molestar, ten a raya la celulitis, que es muy antiestética, y las estrías, date crema, date crema, dijo, hay que controlar la flacidez, serás admirada por ellos y envidada por tus amigas, un buen cuerpo, ahora con curvas, mañana muy delgado, ahora ponte tetas, dijo, ya no se llevan, quítate los implantes, el culo, bien trabajado, guapa sí, como nosotros queremos, dijo, si no, no eres nada, te dictamos cómo hacerlo, hoy esto mañana, lo otro, estate atenta, imita a las celebritys, dijo.

Estoy muy delgada, no tengo tetas, se ríen de mí, qué curvas tiene Lucía, mañana vamos a la piscina, no me he depilado, me paso la cuchilla y ya está, aunque luego me salgan de punta, he engordado, tengo «michelines», qué asco me doy, no puede verme en el espejo, no quiero que me vean desnuda, así que le digo que estoy cansada, he visto que puedo ponerme tetas y pagarlo en «tropecientosmil» cómodos plazos, ahora se lleva tener culo, voy a comprarme unos pantalones con relleno, joder, qué ansiedad tengo, me como el paquete entero, lo he vuelto a hacer, tengo que vomitar, ya voy a dejar de comer, debo ser perfecta y eso.

Eh, señora, dijo, haga el favor de quitarse de en medio, está usted molestando, dijo, qué torpe, cómo es que conduce un taxi, es mujer y vieja, lo menos tiene 50 años, y está gorda, cómo va a llevar un taxi, dijo, señora, le digo que se quite, no ve que necesito aparcar, mujer tenías que ser, están muy subiditas con esto del feminismo, se creen que pueden hacer lo mismo que nosotros, y eso sí que no, cada uno a lo suyo, dijo, porque si no, esto es un sindiós, les ha dado por estudiar y qué se creen, que van a llegar a presidentas del Gobierno, cada uno a lo suyo, dijo, ellas están bien en casa, como siempre ha sido y será, dijo.

Hoy empiezo en el trabajo, estoy muy nerviosa, soy la única mujer, todos me están mirando, son amables, menos uno, que me dice que no me da un beso de saludo porque las feministas no queremos besos, mal empezamos, sé que les extraña mi edad, ahora hay más jóvenes que hacen este trabajo, pero antes era muy raro, tengo más títulos que ellos, más experiencia y me siento incómoda, como si fuera inferior, que no lo soy, ¿o son ellos los que tienen miedo?, pudiera ser, tengo que demostrar que valgo, me pongo las pilas, comienzo a dar órdenes, imposto un poco la voz para impresionar, ¿pero qué estoy haciendo? Que se pase pronto el día, que no se me note.

Y sigue…

Geografía de Abel Paz

Memorias, materiales y cabos sueltos de una «memoria» marginada

Autores: Fernando Casal y Mª Antonia Ferrer

Ediciones Libertarias

Madrid, 2019. 530 páginas

Este libro es un intento de reconstruir una biografía que Diego Camacho|Abel Paz dejó sin acabar. Sus cuatro libros de memorias –desde Chumberas y alacranes, hasta Al pie del muro– se detienen en el año 1954. No publicó más. En palabras de sus autores: «Nos extrañaba que una persona que había narrado con tanto detalle su vida hasta esa fecha no hubiese continuado escribiendo sobre ella. Ese fue el objetivo de nuestra investigación. ¿Existía material no publicado, como algunos nos sugerían? ¿Sería posible reconstruir, con la ayuda de amigos y conocidos, los avatares de su existencia hasta el año 2009, en que murió? Este libro narra este proceso de búsqueda de materiales, memorias y cabos sueltos de su vida, y que hemos acabado encontrando en el Centre Ascaso-Durruti de Montpellier. Diego Camacho|Abel Paz siguió escribiendo memorias, y algunas veces en forma de novela; recurso, por otra parte, corriente entre los escritores».

El libro está organizado en cuatro capítulos. El primero es un resumen de las memorias de Abel Paz publicadas, referidas al periodo entre 1921 y 1954. El segundo trata del exilio en Francia entre 1953 y 1957. El tercero está dedicado al período de París, entre 1957 y 1977. Y el cuarto, y último, del regreso a España a sus últimos años, 1977-2009. Se incluye una introducción donde los autores cuentan el proceso de trabajo para elaborar esta obra; y un epílogo en clave novelesca sobre el final que Abel Paz le da a otros heterónimos que aparecen en sus narraciones. Se cierra el libro con un dosier fotográfico a través del cual se puede reconstruir la biografía de Abel Paz.

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