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Ni izquierda ni derecha: tecnocracia

Ni izquierda ni derecha: tecnocracia

El 4 de junio pasado, en Antena 3, Albert Rivera, tras asegurar que «Vox tendría que decidir si permiten que Ciudadanos y el PP gobiernen o lo haga la izquierda», no veía contradicción en aseverar también que «lo de la izquierda y la derecha» le parecía «obsoleto» y «le importaba un bledo». Aún más, ante Fórum Europa, en enero de 2018, y presentado por Eduardo Serra, el que fuera ministro con Felipe González y con José María Aznar y hoy presidente del lobby empresarial de las grandes operadoras de telecomunicaciones, Rivera proclamó que el eje izquierda-derecha «ya no existe». Como “liberal”, se negaba a pensar que las preguntas del siglo XXI se respondan con dogmas que «nos mantienen atrapados en el pasado». Y pidió, sin que sus palabras le pareciesen paradójicas, «un proyecto nacional, no de partido» que diera «la batalla al nacionalismo» (Infolibre, 24 de enero de 2018). Para ABC (18 de mayo de 2018), «desde esta formación política […] se zanja el debate así: “Ni de izquierdas ni de derechas, Ciudadanos es transversal”». 

Pablo Iglesias también deseó un «movimiento transversal» y, por ello, defendió ocupar «la centralidad [cuyo significado consideró distinto al del “centro”] del tablero» y rechazaba las reglas del juego de quienes proponen «que nos movamos en ese eje de izquierda-derecha». La misma intención equidistante que manifestó Adolfo Suárez al fundar la UCD. Poniendo esta formación de ejemplo, el filósofo Gustavo Bueno, en El mito de la derecha: ¿qué significa ser de derechas en la España actual? (2008), entendió el “centro” como «resultado de la neutralización de corrientes extremas». «La no ideología» no tuvo el resultado esperado, «por lo que […] empezó a definirse de izquierdas […]». De esta forma, en andalucesdiario.es declaró […]: «Lo que yo digo es que lo que estamos diciendo no es de derechas ni de izquierdas […]. Nosotros es evidente que somos de izquierdas» (elplural.com, 29 de noviembre de 2014).   

Para Basilio Moreno (“Ni de izquierdas ni de derechas: ¿Entonces qué?” camaracivica.com, 2015), en Europa, “izquierda” y “derecha” seguirían siendo referentes para la mayoría de los votantes, porque estas señas de identidad aportarían información sobre lo que se espera del partido. Sin embargo, «últimamente ciertos partidos se han mostrado reacios a entrar en esta batalla ideológica tradicional entre los valores de izquierda y derecha. El Movimento Cinque Stelle (M5S) en Italia o  Podemos en España son algunos ejemplos de ello». Para Moreno, «las etiquetas ideológicas clásicas de izquierda y derecha» estarían «vinculadas principalmente al papel que el Estado debe desempeñar en la economía».

Más allá de la izquierda y la derecha

En ese sentido, el sociólogo Anthony Giddens, autor de Más allá de la izquierda y la derecha: el futuro de las políticas radicales (1994), creyó que, tras la caída del Muro, se abría un nuevo escenario sin lucha de clases y de gestión del Estado donde “liberal” y “social” fueran calificativos compatibles. Abrió así un dilema todavía vivo sobre cuál sería la genuina diferencia entre una “socialdemocracia” despojada del marxismo y del keynesianismo y un “social-liberalismo” que renunciaría al laissez faire.

Keynes había sido cuestionado por las crisis inflacionistas del petróleo de 1973 y 1979 y por la “revolución conservadora” de Margaret Thatcher (1979-90) y Ronald Reagan (1981-89), quienes «promovieron […] bajos impuestos, reducciones del gasto social, todo el poder al mercado, máxima libertad para la iniciativa privada y constantes restricciones a la actividad del sector público» (El País, 8 de abril de 2013).

En 1981 François Miterrand ganó las elecciones en Francia y el Partido Socialista procedió a “reconvertir” o cerrar minas, como ya lo hiciera Thatcher en Gran Bretaña, provocando una protesta y una frustración social que llevó a muchos franceses, defraudados con el “socialismo”, a refugiarse en un nacionalismo que, equiparando las causas de sus problemas, recogía “agraviados” de distintas clases sociales. Es en este contexto cuando el Frente Nacional de Le Pen saltó del 0,2 % de los votos (1976-1981) al 9,8% (1986), escalando hasta el 13,2% en las elecciones de 2017. Una minoría “suficiente” para ser tenida en cuenta por las formaciones que compiten por las mismas bases sociales.

Cuando Felipe González ganó las elecciones en 1982 con el lema “Por el cambio”, influido por el modelo económico de la socialdemocracia francesa, procedió a poner en marcha su propia “reconversión industrial” (1985).

Giddens, ante la crisis de una socialdemocracia que acercaba posturas económicas a los conservadores, convirtiendo el liberalismo en el “centro” político de las sociedades capitalistas, en lugar de proponer una significativa alternativa al modelo neoconservador de Thatcher, formuló una nueva especie política en su libro La tercera vía: la renovación de la socialdemocracia (1998). Como asesor de Tony Blair, primer ministro del Reino Unido entre 1997 y 2007, que deseaba consolidar las tendencias “liberales” en el Partido Laborista británico, y, para ello, buscó en la Condición de Samuelson, un sustituto a la identidad económica que les había ofrecido la Teoría de las Demandas Agregadas de Keynes hasta el momento. Un distingo, aunque liberal, frente al liberalismo “conservador”, pues sin distingo solo existiría una única oferta electoral.

La influencia de Giddens como asesor de Blair llevó a que éste bautizara su programa político, ya antes de la publicación del libro del sociólogo, como “the third way” [la tercera vía]. Ambos sentaron las bases de un pensamiento que permitió colaborar, sin contradicciones aparentes, con el “liberalismo conservador” del espectro político. Aznar y Blair coincidieron hasta el punto de formar con George W. Bush “el trío de las Azores” para la guerra de Irak. Gerhard Schröder, canciller alemán del SPD entre 1998 y 2005, imitó el procedimiento.

Norberto Bobbio (Derecha e izquierda, 1994), sobre esto, sostiene: «Entre el blanco y el negro puede estar el gris; entre el día y la noche está el crepúsculo. Pero el gris no reduce en lo más mínimo la diferencia entre el blanco y el negro, ni el crepúsculo la diferencia entre la noche y el día […]. No afecta en absoluto a la antítesis original, puesto que, al contrario, el centro, definiéndose ni de derecha ni de izquierda y no pudiéndose definir de otra manera, la presupone y extrae de su existencia la propia razón de ser […]. En la práctica, una política de tercera vía es una política de centro, pero idealmente ésta se plantea no como una forma de compromiso entre dos extremos, sino como una superación contemporánea del uno y del otro y, por lo tanto, como una simultánea aceptación y supresión de estos».

La disputa por el centro

En esta línea, en 2007, el año que comenzó la crisis, Rosa Díez, tras abandonar el PSOE, anunció la creación de UPyD, un partido “social y liberal”, señalando que su formación no era «ni de derechas ni de izquierdas». Y, en 2011, el año del 15M, Zapatero, quien, tiempo atrás, calificó su programa de «socialismo libertario» (El País, 20 de marzo de 2004), aseguró en el debate sobre el estado de la nación que su gestión no había sido «ni de izquierda ni de derechas». Aquel año, Mariano Rajoy, con el lema “Súmate al cambio”, y con un récord de 186 escaños, ganó unas elecciones que Zapatero, encendiendo las suspicacias, convocó para un 20N. Desde entonces comenzó una caída de votos tanto para el PSOE como para el PP.

En el PP, algunos de sus “líderes de opinión”, y del partido, lo han achacado a la falta de una posición ideológica más clara y definida (“El PP entierra la tecnocracia de la era de Rajoy”, economiadigital.es, 19 de enero de 2019. “¿Un PP tecnócrata o liberal conservador?”, elespanol.com, 26 de junio de 2018), aunque otros, ante el fracaso de Casado, le culparon por su alejamiento del “centro”. Otro tanto podría decirse del péndulo ideológico que suele experimentar el PSOE.  

Para el filósofo Gustavo Bueno, «entre 1789 y 1989 […] la oposición derecha-izquierda comenzará a utilizarse como una oposición dualista (metafísica, mítica) entre las dos mitades o hemisferios que se suponen constitutivos dialécticamente del sistema de referencia, por ejemplo España […]. La derecha [se habría constituido] como reacción del Antiguo Régimen ante los ataques de las izquierdas», y se habría enfrentado «a la primera izquierda jacobina (a Napoleón)». (El mito de la derecha …). «En las Cortes de Cádiz no hay derecha e izquierda […]. Y, sin embargo, hay un dualismo, el Anticristo frente a los cristianos. Napoleón es el heredero de Voltaire, es el Anticristo […] liberal frente al integrista. El liberalismo es pecado de Pío IX» (entrevista en La Nueva España, 19 de octubre de 2008). Esto, según expone en su libro, habría supuesto una «contradicción entre la Guerra de la Independencia y la Revolución española. Dios o el género humano como fuentes del poder político soberano» y la posterior «transformación de la izquierda liberal española en derecha tradicional» y en «derecha liberal».

Para Bueno, como declaró en la citada entrevista, «el viejo mito de la izquierda y de la derecha, del bien y del mal, de la luz y de la oscuridad, de Cristo y del Anticristo se resucitó frente a Aznar. El dualismo maniqueo lo entiende la gente en seguida y es peligrosísimo». Pero también afirmó: «El liberalismo […] tiene sentido político al proponer menos Estado […], una idea de Bluntschli, teórico de los partidos, traducido por Perojo a finales del XIX. Los partidos como parte de un todo que es el Estado. Están enfrentados entre sí, pero dentro del todo común e irrenunciable […]. La ley orgánica de 2002 dice que los partidos forman la voluntad nacional política y pertenecen a la arquitectura de la estructura del Estado».

La defensa del Estado, o “todo común” de los partidos, es el punto de encuentro que les permite aspirar al “centro” desde ambos lados del espectro político sin serias contradicciones. Y es la lucha por el “centro” lo que permite romper el techo de votos en una sociedad desclasada. Así, el PP y el PSOE suelen anunciarse como “centristas” sin renunciar a la coletilla de derecha o izquierda que les permite diversificar el voto –el riesgo, diría un empresario– y diferenciar la oferta electoral. 

Desde el año 2011, la designación de Gobiernos tecnócratas en Europa intensificó la apelación al “centrismo” como una forma de legitimarlos, puesto que tampoco se reconocen ni de “izquierda” ni de “derecha”. Pero, a partir de las elecciones de 2015, cuando pareció materializarse el derrumbe del bipartidismo en nuestro país, por un lado, líderes de un mismo partido ofrecieron indistintamente discursos de “centro” o de “izquierda” y “derecha” según el caso; y, por otro lado, como en la farsa del poli malo y el poli bueno, algunos partidos se han acercado electoralmente ofreciendo mensajes diferentes para diferentes votantes, lo que les permite, usando un símil empresarial, «discriminar precios», pues cada formación podrá alegar que no defiende lo que no sea aceptable para sus votantes, mientras pactan con quien sí lo hace. Estas maniobras, junto a los falsos debates de identidad, niegan la cuestión de la verdadera pluralidad de la oferta electoral y ocultan la realidad de las necesidades y mentalidades existentes en la sociedad, que son ignoradas si no tienen proyección para el Estado.

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