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Dos poemas de Fernando Barbero

Extendiendo la Idea

Los ríos y el bosque los veían pasar

de pueblo en pueblo alimentando la rebeldía

Viajaban a pie o en carretas amigas

Entraban en el bar de la plaza y pedían una jarra

Buscaban los corazones indignados y revolucionarios

y les hablaban de la Idea, de que eran muchos,

de la red solidaria, del mundo que llevamos dentro,

de la lucha que se avecinaba y de la justicia social

Les mostraba filósofos, libros, cultura, otra historia

Exponían las luchas de otros que eran como ellos

Y la anarquía germinaba en tierra fértil

extendiéndose por la Andalucía jornalera

Cuando partían, en el pueblo quedaba un grupo

reducido en número y poderoso en intención:

eran maestros, albañiles o labradores

y dejaban sus casas para conseguir todo 

A veces, vencemos

Nos lo dicen quienes interpretan la historia:

«jamás vencisteis y nunca ganaréis»

Nos llegan las voces y los ecos

de las batallas, de los combates

Y en los libros mencionan los nombres

de los vencedores: generales, reyes y políticos

Nunca hablan de quienes lucharon

y murieron: soldados y trabajadores

Jamás hablan de quienes empuñaron las armas

e hicieron justicia con los tiranos

Nunca hablan de Angiolillo, Mateu o Durruti

Los nombres que se silencian atruenan

con sus inmortales sílabas

Quico Sabaté, Facerías, Pasos Largos, Ascaso…

pusieron sus pies en el suelo y 

asestaron golpe tras golpe al poder

Laureano Cerrada, Mateo Morral, Pardiñas, Ponzán…

Vuestro recuerdo ha llegado hasta mí

una noche frente a una montaña    

y yo lo transmito para que prosiga

sin detenerse, sin descanso

En la calle Acominatu

El poema pertenece a la tercera colección que publicó la autora en 1982: El abrigo de madera. Lo componen dos partes bien diferenciadas por su perspectiva. La primera, que  describe el lugar en el que se desarrolla la escena, se extiende hasta Es así (verso 19). A partir de ese verso hasta el final se desarrolla la acción que la poeta viene a denunciar (para lo que se vale de la segunda persona), en la que, además de las protagonistas, también intervienen las vecinas indignadas (en primera persona impersonal).

En los versos iniciales se recurre a la tercera persona buscando una ambientación presuntamente objetiva. Se nos ubica espacial y temporalmente. Estamos en la zona de la plaza de Metaxurguío, en la calle Acominatu, y manda Costas Caramanlís, político conservador que, cuando Gogu escribió este poema, acababa de dejar de ser primer ministro para asumir la presidencia del país. Es decir, estamos en la primera mitad de los ochenta del siglo XX, a finales de julio, son las cuatro de la tarde y hace un calor canicular. Inmediatamente, sin transición, como si de una película se tratase, la cámara cinematográfica barre el espacio enfocando su lente subjetivamente, con regusto impresionista: bragas de todos los colores, paquistaníes, cojas, chivatas, maricas, suciedad.

En ese escenario se nos presenta a las protagonistas, las putas, que aparecen como parte del decorado, deshumanizadas. Soportan los rigores del clima en la intemperie rigurosa del verano (40 grados sin sombra, sin descanso) y ejecutan su oficio sin amor (se aparean, como mejillones), sin feminidad (son trompas y úteros inservibles, vientres hinchados de semen, incapaces, pues, para la maternidad), sin franqueza, fingiendo (con pelucas que disimulen). Son mujeres permanentemente enfermas, tullidas (leucorrea), maltratadas (pezones amoratados), traicionadas por vendedores y salvadores,  perseguidas por ciudadanos y policías. En suma, viven excluidas entre plásticos grasientos, suciedad, antisépticos y jeringuillas.

Un sol cegador estrangula el blanco de la leucorrea y de los cuerpos sobre los que destaca el morado de los hematomas e impone un tono general sepia. No hay coloración. Incluso se afirma expresa y tajantemente la ausencia de verde (de vida). Solo la lencería pone una fugaz nota de color.

Por si las circunstancias ambientales no les fuesen suficientemente hostiles, se hallan  indefensas, públicamente expuestas al escrutinio y al control de los ciudadanos indignados y de sus propios clientes, y a la violencia de los desalojos, de la policía y de los médicos de la brigada social. Comparten el estigma de las brujas.

Y sin embargo son mujeres cotidianas, como las demás, que se traen la comida preparada en casa, compran a plazos y hacen sus labores. Solo encuentran el apoyo y la solidaridad de las mujeres. No obstante, Gogu presenta en estos versos, valiéndose de la prostitución, la situación de la mujer real en la sociedad patriarcal (el aquí, donde se quema a las brujas y se jode a las putas) desde una perspectiva androcéntrica de la sexualidad femenina.

El lenguaje, como acostumbra la autora, es coloquial y usa con frecuencia términos de argot.

¿Pero no hay Estado?

Caterina Gogu

Traducción del griego y comentario de Yanis Merinakis

Poema en prosa en el que, ante la ausencia deliberada de otros elementos, la potencia lírica descansa sobre el penúltimo fragmento, que contrasta con el tono prosaico, trivial e incluso ramplón del resto de la composición.

Su formato prefigura un informe policial incluido en un artículo de prensa. La fecha y hora concretísimas simulan que se trata de un caso verídico. Se nos presentan dos escenas paralelas. La primera ocurre en la vivienda de un poeta. El primer párrafo extenso nos presenta su situación como víctima: pasa la noche en vela y por eso es sospechoso para sus vecinos. Se tapa porque tiene frío, un frío febril: el que provoca vivir en el peligro constante de la inconsciencia, creyendo ser debelador de las injusticias.

La segunda escena transcurre en la planta baja del edificio donde vive el poeta: una operación policial en desarrollo, momentos antes de la detención. Numerosos efectivos policiales se aprestan a detener a un poeta inofensivo, con el agravante de la nocturnidad del que se aprovechan. Destaca especialmente la asimetría de las escenas: la desproporcionada operación policial para combatir a un arrebatado poeta. Que crece exponencialmente cuando Gogu nos señala que es el poeta el que combate (cree combatir) la injusticia y la policía (que debería combatirla) quien la comete. Esta brutal antítesis agranda exponencialmente la asimetría entre ambas escenas.

El título determina el resultado: el informe solo puede ser cierto si se cumple lo que denuncia. Por tanto la policía no puede más que proceder al registro, inspección, incautación y arresto. Pero por otra parte también se denuncia un sistema de orden público que se reviste de autoridad y sentido en la medida en que sus actuaciones confirmen las sospechas. 

Por esa misma razón Gogu pone de relieve lo ridículo del sistema represivo: el informe policial constata lo evidente y, predeterminado por el título, lo convierte en prueba de delito: el perseguido está en su casa y los policías entran en el edificio abriendo la puerta con llave. Es lógico encontrar a una persona en su casa, a la que se entra abriendo la puerta.

Al Estado se le identifica, pues, con la represión, aunque sea expresada como enigma al que se responde en el desarrollo del texto: sí, hay Estado; lo demuestra la detención del alocado poeta. 

La poesía se define como señalamiento de la injusticia. El poeta debe creerse fiscal que denuncia las injusticias, ignorando los peligros que pueda acarrear su tarea. Es testigo del inconsciente, nos dice Gogu, escribe sobre las fuerzas que lo aprisionan (el poder y el Estado) desde la óptica de la represión, y es capaz de concebir los presupuestos subjetivos y objetivos de su cautiverio.

El objetivo de la represión es romper la base psíquica de la inteligencia para que sea imposible reaccionar a las condiciones materiales asfixiantes. Esta es la denuncia de Caterina Gogu, que vio cómo la policía registraba su propia casa en busca de armas. Y su propuesta, al señalarlo, es una invitación a no sucumbir al miedo.                           

Mi libertad está en las suelas de mis zapatos

Katerina Gogu

Traducción del griego y comentario de Yanis Merinakis

Mi libertad está en las suelas

de mis zapatos vagabundos.

Pongo el mundo patas arriba.

Puedo dar un garbeo 

a la hora que me plazca.

P. ej., a la hora en que depositáis vuestras dentaduras

en el vaso de agua antes de dormir

a la hora en que folláis

a la hora en que cumplís vuestras obligaciones

con vuestros hijos

con vuestra asociación

a la hora en que os han metido la idea

de que coméis salsa de huevo con limón

y coméis mierda

Y puedo caminar con mis zapatos vagabundos

sobre vuestros techos

–no como Mary Poppins, aquella

tonta de la escoba, chaval–

no cogéis mi canal

solo quienes tenemos la misma longitud de onda

gentuza cagona en el fondo lo siento

pero ahora no pierdo el tiempo con vosotros

no quiero tener nada que ver con ninguno de vosotros

vuestra libertad

está en las suelas de mis zapatos agujereados

llegará el momento en que los lameréis

y aullaréis llorando «milagro, milagro»

estos zapatos

nunca descansan ni tienen prisa

cuando termine aquí

se los pondrá Pavlos, Mirtó, calzamos el mismo número

no se gastan por muchas tachuelas que arrojéis en el camino

os golpean en mitad de la frente

llegará la hora en que corráis desesperadamente al limpiabotas

«compañeros de camino» y «desertores»

a lustrar los vuestros

pero el color

no agarrará

hagáis lo que hagáis, por mucho que paguéis

ese rojo maldito es nuestro rojo.

La libertad personal depende de uno mismo. Caterina Gogu la identifica líricamente con las suelas de los zapatos, rotas por el uso y los kilómetros de vagabundeo. Siempre están caminando, porque son universales, sirven a todos los que comparten cosmovisión revolucionaria (calzan el mismo número) y eternas: resisten impertérritas losconstantes atentados que pretenden acabar con ella (las tachuelas). Esos zapatos no son solo metáfora del propio albedrío y la iniciativa autónoma, sino también símbolo del combate y la batalla permanentes: pegan en la frente, constantemente, sin pausa.

Representan la herramienta de lucha (probablemente la ideología) que transforma el mundo (lo pone patas arriba). Mientras el resto de personas lleva una vida cotidiana saturada de rutinas y obligaciones (dormir, aparearse, criar, relacionarse, comer), la protagonista obra a su voluntad libre de compromisos. De modo que se denuncia el fraude de la vida convencional, provocado por la estafa de la doctrina dominante del bienestar social (os han metido la idea). 

A partir de ese momento, el poema adquiere una actitud muy combativa, agriada por un tono de amonestación persistente, que empuja al conjunto de la composición hacia el territorio menos sutil del panfleto. Una toma de postura tajante, que no admite matices, establece claramente dos campos: el de la libertad y el del sometimiento de quienes han renunciado a ella. Nuestra protagonista (y quienes, como ella, se han calzado zapatos vagabundos) asume con cierta arrogancia la liberación de los otros (vuestra libertad está en las suelas de mis zapatos). Hasta el punto de permitirse expedir patentes revolucionarias (nuestro rojo). Tan desesperanzada está que no puede soportar más ni seguir sacrificándose.

Ese tono de reproche surge de la urgencia que imponen el paso inexorable del tiempo y la pertinacia de una realidad que se resiste a ser transformada. Ya no está dispuesta a perder el tiempo y rompe cualquier relación con quienes, por cobardía (gentuza cagona), renuncian a su libertad. Ella vive en otra realidad que solo comparten sus compañeras. La mayoría, que no comparte longitud de onda, que no sintoniza el canal, ya no es la destinataria de versos persuasivos, sino de orgullosos reproches sin esperanza. Esos terminarán lamiendo los zapatos que desprecian.

Ya no hay fe en el apostolado. Ni siquiera entre antiguos correligionarios, que fueron en otro tiempo compañeros de camino, a quienes considera desertores. El rojo revolucionario no agarrará en esos zapatos cómodos. Los zapatos rojos están hechos para caminar por sendas incómodas.

Llegará un tiempo en que las cosas cambiarán

Katerina Gogu

Traducción del griego y comentario de Yanis Merinakis


Llegará un tiempo en que las cosas cambiarán.

Recuérdalo, María.

Recuerdas, María, en los recreos

aquel juego en que corríamos llevando el testigo

–no me mires– no llores. Tú eres la esperanza

escucha llegará un tiempo

en que los hijos elegirán a los padres

no saldrán al azar.

No habrá puertas cerradas

conencorvados fuera.

Y el trabajo

lo elegiremos

no seremos caballos a los que miran los dientes.

Una gente –¡piensa!– hablará con colores

otra con notas.

Guarda nada más

en un frasco grande con agua 

palabras y conceptos como estos

inadaptados-represión-soledad-precio-lucro-vejación

para la clase de historia.

Son, María –no quiero mentir–

tiempos difíciles.

Y vendrán más.

No sé –no esperes mucho de mí–

He vivido tanto he aprendido tanto digo tanto

y de cuanto he leído una cosa retengo:

“Lo importante es que sigas siendo una persona”.

¡Cambiaremos la vida!

A pesar de todo eso, María.

Estos versos publicados en 1980 plantean la eterna esperanza del ser humano en un futuro mejor, frente a la constatación de un presente insatisfactorio, fallido y decepcionante. Sin embargo, no se hace una presentación en forma de contraste entre el hoy y el mañana, la realidad y el deseo, la vida y los anhelos, enfrentando la situación actual y la que está por venir, sino que se sitúa en el futuro ya desde el inicio, como afirmación rotunda: las cosas cambiarán.

Por otra parte, el poema adopta la apariencia de exhortación a María, que es en el poema la personificación de la esperanza: otra forma de hacer, otra forma de comunicar (hablar con colores o con notas). De ahí que el modo verbal imperativo secunde al futuro predominante, aportando un tono categórico y conminatorio a la aseveración, casi testimonial, del mundo que vendrá. El tiempo pasado solo se usa en dos ocasiones: para confirmar la esperanza –desesperada– en quien debe recoger el testigo y para ratificar el mensaje principal de que lo importante es ser persona digna.

La narradora ha iniciado una labor que no terminará. Quizá esté pensando en que ha vivido suficiente y en que va a desaparecer (no lloreshe vivido tanto). Pero, aunque no esté en la lucha de mañana, aunque no llegue a la meta, se considera parte de un equipo, se siente partícipe del cambio (cambiaremos). María es una amiga de su generación, con quien jugó. Aun así es su relevo, otro eslabón de la cadena.

Pese al tono optimista y confiado aparente, el propio uso del modo imperativo insinúa que el cambio que se da por hecho es solo una necesidad de esperanza: no está hecho, sino que hay que ejecutarlo, materializarlo, producirlo. 

La mirada aguda de Gogu afirma que, en ese mundo nuevo ineludible y necesario, la marginación, la represión, la soledad, la vejación, el valor pecuniario y el beneficio serán nociones obsoletas: un antídoto contra el olvido (la clase de historia). Y presagia que en el mundo libre no habrá dominantes ni dominadas, ni distingos, ni trabajo esclavo. La libertad impondrá su ley incluso a la naturaleza y revertirá el principio de determinación: los hijos elegirán incluso a sus padres (como desiderátum).

Se trata de alterar el rumbo. Pero la situación presente es difícil. Y el futuro lo será aún más. El único pasaporte que conduce al mundo nuevo es la consciencia de pertenecer al género humano, de ser únicas y compañeras, prójimas próximas. Por todo eso, la reiteración de que la vida cambiará –a modo de conclusión– confirma que primero está la esperanza, pero luego hay que sobrevivir en un mundo en el que el cambio que se espera no llega nunca, con la consiguiente desilusión.

De vez en cuando, estratégicamente dispuestas, aparecen sugerencias inquietantes, que funcionan como segunda voz o voz en off (no llorespiensano esperes mucho de míno me mires), que manifiesta reticencias. Es necesario seguir luchando porque hay fuerza para cambiar, parece decirnos. Pero de nuevo lo expresa bajo la especie de deseo. Como si quisiera convencerse a sí misma de que será así al menos mientras lo dice. Porque en el fondo subyace la desilusión; un optimismo desesperado, trágico.

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