Jardinería de subsistencia

Parque Pozo de las Nieves

Silvestre

La jardinería siempre ha estado vinculada a las clases dominantes. Los jardines se construían en los palacios, pazos, cigarrales, quintas, etc. Su uso y disfrute estaba restringido a la nobleza y la alta burguesía. A mediados del siglo XIX se empezaron abrir estos espacios, que hoy denominamos jardines históricos, a la ciudadanía: el Retiro se cedió a los madrileños en la I República, y la Casa de Campo en la II República. La titularidad de muchos jardines históricos sigue siendo privada, aunque todo el mundo, en la mayoría de los casos, pueda usar estos espacios y disfrutarlos.

Es a mediados del siglo XIX cuando las clases dominantes ven la necesidad de mejorar las condiciones de vida en las ciudades y se empiezan a construir los primeros jardines públicos. Pero no es hasta los años 60 del siglo pasado cuando empiezan a hacerse los parques públicos que hoy en día conocemos en nuestras ciudades. Los núcleos urbanos próximos a las grandes ciudades se convirtieron en pueblos residenciales (de un estrato social alto) y en ciudades dormitorio, con una clase predominantemente obrera que demandaba unas condiciones de vida dignas. Los recursos públicos eran escasos y no existían, prácticamente, zonas verdes.

Estos espacios se circunscribían a algunas plazas y a pequeños parterres que estaban ajardinados en algunas manzanas de los municipios. Por regla general, estos jardincillos los plantaban los vecinos y se encargaban, directa o indirectamente, de su cuidado. Todos estos espacios no solían sobrepasar los 150 metros cuadrados y seguían un patrón parecido: en la mayoría de los casos, delimitados por un seto de aligustre,  algunos rosales, arbustos caducifolios (lilos, celindos, etc.) y plantas que traían los vecinos de sus pueblos. Hasta finales del siglo pasado, los residentes de esos municipios se preocupaban por su cuidado; había un compromiso, por parte del vecindario, de mantener estas zonas que hoy en día ha desaparecido.

Reducir costes de mantenimiento

Cuando las Administraciones locales se hicieron cargo de estas zonas tomaron la decisión de eliminar gran parte de las labores de mantenimiento para limitarse, casi exclusivamente, a automatizar el riego, segar, recortar, perfilar y limpiar; es decir, unos pocos trabajos que no requerían mano de obra especializada (jardineros). Lo primero que hicieron fue suprimir los setos, quitar los parterres de flores (había que quitar la hierba  y cavar la tierra a mano), los arbustos, los que no fueron cortados, mutilados sin importar la floración, ni la fructificación. De esta forma reducían costes en el mantenimiento. Con unos pocos operarios, que no necesitaban tener conocimientos del oficio de la jardinería, y unas pocas máquinas se podían llevar a cabo las labores de conservación de estos parterres.

Este hecho se ha generalizado en la conservación de las áreas verdes de los municipios. Tristemente, la jardinería se ha industrializado. En la mayoría de los casos, los departamentos de parques y jardines van a la reducción de costes en los mantenimientos de las áreas verdes. No tienen en cuenta el incremento de la biodiversidad, la participación vecinal, el empleo de jardineros que supone un mantenimiento adecuado, la calidad frente a la cantidad. ¿De qué sirve tener muchos metros cuadrados en mal estado, árboles que no tiene superficie foliar y arbustos sistemáticamente recortados sin importar la especie? Puede que este tipo de jardinería que no tiene en cuenta a la ciudadanía, que no demanda jardineros cualificados, donde las diferencias de mantenimiento entre las zonas verdes de las áreas ricas con las pobres son abismales, conlleve un desapego ciudadano por el estado de conservación de las zonas verdes.

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