La invención del «otro»: la «anti-España»

El líder de un partido político que aspira, cuando menos, a ser clave en la formación del Gobierno afirmó hace no tanto: «La nación está formada por los muertos, los vivos (el pueblo) y por los que van a nacer». El mismo político, «paradójicamente», había escrito en 2004: «La historia no puede ser fuente exclusiva del derecho en una sociedad democrática, en tanto que consagra “el gobierno de los muertos sobre el de los vivos” […] porque en función de quién sea el intérprete de la historia, puede dar legitimidad a planteamientos políticos contradictorios» (El País, 25 de abril de 2019).

Este candidato a la presidencia del Gobierno «ha asegurado que […] hay que elegir entre “la España viva”, que representa su partido, y “la anti-España”, de la que forman parte el PSOE, Podemos y los independentistas […], las “feminazis supremacistas” […], los “profesores progres”» (El País, 27 de abril de 2019). Para él, hay que «salir del fango progre y separatista y su narrativa de la anti-España» (El Salto, 18 de abril de 2019) y «llama a llenar las urnas de “papeletas rojigualdas”» (El Mundo, 26 de abril de 2019).

La creencia en la existencia de una «anti-España» no es nueva y, habitualmente, ha venido de la mano de la idea de «reconquista», lo que ha sido un leitmotiv para este carismático líder que inició su campaña en Covadonga ante la estatua de Don Pelayo. Allí, este cabeza de lista, aseguró: «Está en cuestión la existencia misma de España, cuyas libertades están atacadas por progres, islamistas y comunistas» (El Confidencial, 14 de abril de 2019).

Este tipo de apelación a la «reconquista» tampoco es nueva. En enero de 1948, la Hoja oficial de la provincia de Barcelona explicaba que en aquella ciudad «capital activa de la anti-España […] la entrada de los Ejércitos nacionales victoriosos produjo no sólo el derrumbamiento del más fuerte baluarte con que hasta entonces había contado la sedición de las fuerzas negativas, coaligadas y alzadas contra el ser de España […]. La Liberación de Barcelona tendrá, en el transcurso de los siglos, personalidad análoga a la reconquista de Sevilla por Fernando III el Santo, o la de Granada por los Reyes Católicos».  

Hoy, la importancia de este repertorio identitario, o «ser de España», radica en la influencia pública de los sujetos que lo reivindican; pero la afirmación de un vínculo necesario entre ser «español» y ser partícipe de una ideología nacional, sobre la que no cabría discrepancia alguna, ha sido constante en una amplia variedad de grupos minoritarios y recluidos en mundos cuya trascendencia social vendría determinada por el elitismo de sus minorías.

Un ejemplo sería la página de Internet El Catoblepas que, en 2005, publicaría que, en la obra de Gustavo Bueno España frente a Europa (1999), «quedaba definida España como un Estado y como una nación cuya idea filosófica reguladora de su ortograma político, de su destino histórico es la idea de Imperio Generador Universal […]. Católico en lucha contra el islam y después, además, contra las potencias protestantes. Si todo Estado implica la existencia de otros Estados […] contra los que lucha, es obvio que la mera existencia de España como imperio implica la existencia de la anti-España. La leyenda negra antiespañola configura ideológicamente la anti-España, la exterior y la interior […]. No sólo se es anti-España por negar el Imperio Católico Generador […]. Todo europeísta es anti-España. La islamofilia es anti-España, el progresismo es anti-España».

En esta línea, y en la misma página de Internet, se denunciaba: «Las versiones “políticamente correctas” que en la actualidad interpretan nuestro pasado reciente, la Guerra Civil y el franquismo, son, fundamentalmente, transformaciones de dicha leyenda [negra] […] es la línea en la que se mueven la mayoría de los “funcionarios de la historiografía”, tanto universitaria como de la enseñanza primaria y secundaria». Por ello, la primera entrada de esta página que he citado sentenciaba: «Si un ciudadano ha internalizado el contenido de la leyenda negra antiespañola, entonces ha ingresado en la anti-España […]. En general, las izquierdas y los separatistas antes, y los progres y separatistas hoy tienen asumida la leyenda negra […]. Sólo les une el odio y el resentimiento contra España y contra el pensamiento liberal, conservador [sic, sin rubor ni contradicción] y de orden que considera positiva la idea de España». 

La existencia de una «anti-España» obligaría, apelando a valores incuestionables, a establecer límites a la acción libre o democrática de los ciudadanos. «España» se constituiría, así, en una ideología que condicionaría la voluntad de los españoles, que ya no serían ciudadanos con la libertad de proponer y hacer cuantos cambios deseasen.

Así, un general español, sin mando en tropa en la actualidad, puede sostener: «La patria […] no puede aceptar a los que […] asumieron y difundieron como suya la leyenda negra fruto de la imperiofobia contra España en aquellos tiempos. Al igual que más adelante el establishment afrancesado del momento entregó nuestra soberanía al emperador Napoleón […]. Los enemigos exteriores, la masonería interior, la debilidad y desacierto de los Gobiernos, las guerras civiles y en la España de ultramar […] hasta llegar al fraudulento Frente Popular, que […] quiso […] arrasar de nuevo la esencia nacional de España […] los herederos mentales de aquel Frente Popular […] utilizando para imponer su ideología medios como la invasión por una inmigración ilegal […] potenciar los movimientos secesionistas por aquello de divide y vencerás, el adoctrinamiento en ética y costumbres para anular la  libertad individual e imponer la suya mediante el control de los medios de comunicación y el sistema educativo […]. Por eso no se puede considerar que es la otra España la que ha llegado al Gobierno, porque es la anti-España la que está en el poder» (El Correo de Madrid, 7 de julio de 2018). 

La definición de «anti-España»

La definición de «anti-España» que da el historiador José Álvarez Junco (Mater Dolorosa: la idea de España en el siglo XIX, 2001) es la de «un concepto nacionalista excluyente que identifica como antiespañol […] a toda persona, idea o institución, sea española o extranjera, que sea considerada contraria a una particular idea de España: la que la identifica con el catolicismo en su versión más intransigente […] con una idea mitificada del imperio español (como imposición benévola de las virtudes propias de una presuntamente existente raza española […])».

Tal expresión sería producto de un nacionalismo español que habría extraído su ideología de la propaganda contra Napoleón, que lo llegó a señalar como el «anticristo» buscando lograr una movilización religiosa que hiciera el papel de la movilización nacional. Y no sólo se habría dado en el primitivo nacionalismo liberal, circunstancialmente anticlerical más tarde, sino que el discurso de los «serviles», reaccionarios ultraconservadores que elaboraron un relato histórico nacional opuesto al de los liberales, demuestra que se oponían a los Bonaparte tanto por motivos religiosos como «patrióticos», habiendo esgrimido ya entonces la idea de la «anti-España» (Juan Pablo Domínguez, La idea de España en el discurso «servil» (1808-1814), 2019). 

A finales del siglo XIX, en el contexto de la disputa entre los intelectuales «krausistas» y los «casticistas», o «neocatólicos», Marcelino Menéndez y Pelayo, adscrito a estos últimos, publicó Historia de los heterodoxos españoles (1882), que se convertirá en el principal argumentario del nacionalcatolicismo en cuanto a lo que no debe ser España y lo que sí «es». De esta forma, los «herejes» y «heterodoxos» se presentaron como una «anti-España» primigenia, sin que fuera imprescindible recurrir al término, al mismo tiempo que el movimiento obrero vivía su gran y amenazador desarrollo organizativo, comenzaban a surgir los regionalismos y nacionalismos centrífugos, se producía el trauma nacionalista de «la pérdida de Cuba» y se formulaba una «crisis del 98» más elitista que popular.

Todo ello fue recibido por el nacionalismo español como un ataque orquestado por un enemigo exterior e interior para destruir España. La etiqueta de «anti-España» fija y unifica un enemigo, extraño, otorgando intención a hechos que no tendrían por qué tener relación con una conspiración ni ser producto de ella. Sin la construcción de este sujeto imaginario y ajeno al que perseguir, «el enemigo de España» se diluye y se hace difícil concretar la movilización propia.

Es, sin embargo, en 1934 cuando la «narrativa» del nacionalismo español suele situar la genuina acuñación del término «anti-España», señalándola como el sujeto que iniciaría la Guerra Civil en aquel momento (Pío Moa, 1934: Comienza la Guerra Civil. El PSOE y la Esquerra emprenden la contienda, 2004). Siendo así, el golpe de Estado de los africanistas se convierte en la reacción a una guerra iniciada, parece ser, casi dos años antes.

Sin embargo, dos meses antes de la Revolución de Asturias, el 7 de agosto, La Voz de Córdoba publicaba: «Bajo el cielo catalán […] se desarrolla la subversión diaria. Y muchos centros oficiales son verdaderos laboratorios donde se fabrica ese alcaloide sentimental –criminalmente sentimental– que es la anti-España». Y, cinco meses antes de la Revolución de Octubre, en abril de 1934, la ponencia tercera del primer Congreso de las Juventudes de Acción Popular sostenía: «España es una afirmación en el pasado y una ruta hacia el futuro. Sólo quien viva esa afirmación y camine por esa ruta puede llamarse español. Todo lo demás (judíos, heresiarcas, protestantes, comuneros, moriscos, enciclopedistas, afrancesados, masones, krausistas, liberales, marxistas) fue y es una minoría discrepante al margen de la nacionalidad, y por fuera y frente a la patria es la “antipatria”».

Así, cualquier diferencia frente a lo considerado por una minoría, unilateralmente, «lo español» podía ser vista, amparados en el conveniente mito de la «anti-España», como una agresión antes de producirse la revolución. Y, en este sentido, cabe dudar sobre la consideración de violencia defensiva que la «verdadera España» le atribuye a la suya.

Esta «España», por su parte, planteó las elecciones de febrero de 1936 como un enfrentamiento decisivo contra la «anti-España». Para la prensa de derechas, «estos “elementos disolventes” o “fuerzas antinacionales” son el “judaísmo”, la “masonería”, el “separatismo” y el “marxismo”». Gil Robles declaró: «En las elecciones no se ventila un Gobierno, un partido, unos hombres o un régimen: ¡está en juego España! No hay monárquicos ni comunistas; fascistas o sindicalistas; populistas o anarquistas; agrarios o republicanos. No hay más que derecha e izquierdas. ¡Derechas quiere decir España! ¡Izquierdas quiere decir Rusia!».

El periódico Ya (1 de enero de 1936) denunciaba «la aventura repugnante y antiespañola de destrozar un sentido digno y cristiano de la vida». Tres días después, ABC sentenciaba: «Lucha “España” y la “revolución”». Y, de nuevo, Ya (28 de enero de 1936) pedía: «El 16 de febrero –el día de la gran victoria de “España” frente a las “fuerzas antinacionales”– los balcones y las ventanas de todos los pueblos españoles aparecerán engalanados […] con el grito “Votad a España”» (Juan Felipe García Santos, Léxico y política de la Segunda República, 1980). El espectáculo propuesto recuerda las recientes exhibiciones de banderas españolas en nuestras fachadas, como si de una profesión pública de fe se tratara, lo que suele tener el efecto de señalar más a quien no las cuelga. 

Concha Langa Nuño explica: «Al definir al otro bando como la anti-España […] se le desvirtuaba: los auténticos españoles eran los nacionales, los que luchaban con Franco, con lo que […] no se trataba de una guerra civil, sino de una guerra de liberación (De cómo se improvisó el franquismo durante la guerra civil: la aportación del ABC de Sevilla, 2007). Como en una guerra total, contra un enemigo extranjero, como lo hicieran en la guerra colonial de África, como actúa una fuerza que se sabe en minoría. «Emilio Mola ordena “eliminar sin escrúpulos ni vacilación a todos los que no piensen como nosotros” […]. “Aquel que no está con nosotros está contra nosotros y como enemigo será tratado”» […]. Escribe Paul Preston que, de esta manera, los enemigos de los golpistas y, sus primeras víctimas, fueron los maestros de escuela, los masones, los médicos, los abogados liberales, los intelectuales, los líderes de los sindicatos, es decir, los posibles diseminadores de las ideas.

«La matanza se extendió también a quienes habrían podido recibir la influencia de sus ideas: los miembros de un sindicato, los que no iban a misa, los sospechosos de votar al Frente Popular, las mujeres que habían obtenido el sufragio y el derecho al divorcio… Si los golpistas encarnaban los valores y principios de la España eterna, los defensores de la República se convirtieron en la anti-España […]». [Así lo declaraba Franco] el 27 de julio de 1936 al periodista Jay Allen, del Chicago Daily Tribune: «Nosotros luchamos por España. Ellos luchan contra España. Estamos resueltos a seguir adelante a cualquier precio». Tras estas palabras, Allen agregó: «Tendrá que matar a media España». Entonces, […] Franco giró la cabeza, sonrió y mirando al periodista firmemente dijo: «He dicho que al precio que sea» […]. Mola exclamó: «¿Parlamentar? ¡Jamás! Esta Guerra tiene que terminar con el exterminio de los enemigos de España» […].

Preston también recoge las declaraciones de Mola a su secretario, José María Iribarren: «Una guerra de esta naturaleza ha de acabar por el dominio de uno de los dos bandos y por el exterminio absoluto y total del vencido» […]. «Este método de sembrar el terror, era necesario para la aniquilación de todo lo que significaba la II República, como era el desafío específico a los privilegios de los terratenientes, los industriales, la Iglesia católica y el Ejército […]. El comandante de la Guardia Civil de Cáceres […] calificó la matanza de una “amplia limpieza de indeseables”» («Objetivo: acabar con la anti-España», Público, 18 de julio de 2016). 

Se quemaron libros y se persiguió a libreros, autores y editores «para desterrar las ideas de la anti-España […] para eliminar el veneno escrito que habían pervertido el alma y la mente de los españoles. En paralelo […] se estableció la censura previa» (Ana Martínez Rus, La persecución del libro. Hogueras, infiernos y buenas lecturas (1936-1951), 2014). Como si de una justificación se tratase, ABC (10 de marzo de 1937) defendía: «La anti-España trae viejo origen y tuvo larga gestación en la decadencia de España […]. En nuestros tiempos dieron vida a la anti-España […] el coro de nuestros intelectuales institucionalistas […] desarticulando poco a poco la vida nacional, relajando las familias y las costumbres con el veneno materialista que se fue vertiendo en todas las clases y grados de la enseñanza y se extendió en criminales propagandas en las masas obreras, ayunas de cultura y de preparación cristiana».

El enfrentamiento entre Millán Astray y Unamuno 

En este contexto de «cruzada de salvación nacional» contra la «anti-España», en la Universidad de Salamanca se conmemoró el Día de la Hispanidad o Día de la Raza. Allí se enfrentaron Millán Astray y Unamuno, al que «le indignó que se hablara de “anti-España” […]. Unamuno pensaba que […] ningún sector político tenía el monopolio de la españolidad» (La Vanguardia, 28 de julio de 2019). Había tachado de «estupidez, sandez, deficiencia mental, mentecatez, majadería» la idea de «anti-España» que sostuvo Ramiro de Maeztu (Pedro Carlos González Cuevas, Maeztu: biografía de un nacionalista español, 2003), quien «en 1931 […] perfiló la hispanidad como un sistema de doctrinas, de sentimientos, de leyes, de moral, con el que fuimos grandes, y […] para Maeztu y los sectores más ultraconservadores de la sociedad española, el camino de la hispanidad debía tomarse como alternativa ante la crisis del liberalismo como doctrina política» (El Salto, 18 de abril de 2019).

En noviembre de 1934, Unamuno también dejó escrito: «A la insondable mentecatez de las hojas asturianas de propaganda comunista sólo se emparejaba la insondable mentecatez de los que pretendían monopolizar la decencia y el patriotismo, de los que han inventado esa majadería de la “anti-España”» (Léxico y política…).

En agosto de 1938, el año del primer Gobierno de Franco, este declaraba a la Agencia Havas: «La guerra de España no es una cosa artificial: es la coronación de un proceso histórico, es la lucha de la patria con la antipatria, de la unidad con la secesión, de la moral con el crimen, del espíritu contra el materialismo, y no tiene otra solución que el triunfo de los principios puros y eternos sobre los bastardos y antiespañoles». Lo que Pedro Montoliú Camps ha llamado «la lucha de la anti-España que representaba al mal con la España de Franco que representaba al bien. Franco encarnaba, por tanto, el papel del salvador […]. Como consecuencia de este planteamiento, los muertos del lado de Franco eran mártires y héroes, categorías de las que quedaban, lógicamente, excluidos los muertos “de la anti-España”. […] La Iglesia oficial se volcó, por tanto, en la celebración de misas, funerales, Te deum por los vivos y por los muertos del bando vencedor» (Madrid en la posguerra, 2005).

No obstante, María de la Cinta constata la existencia de una «madre disidente» que, durante el franquismo, «subvierte» y «convierte» la maternidad, «valor ensalzado» por la Dictadura, «en instrumento esencial para la permanencia de la memoria de los vencidos» («Madres de España/madres de la anti-España: la mujer republicana y la transmisión de la memoria republicana», Entelequia, número 7, 2008).

El Valle de los Caídos, símbolo de la «reconciliación nacional», debía ser el lugar donde reposaran reunidos los restos de la «anti-España» y de los «caídos por Dios y por España». Juan Carlos Escudier recuerda: «Franco […] muy pitoniso, ya predijo lo que pasaría cuando […] inauguró el 1 de abril de 1959 el Valle de los Caídos, a cuya basílica, como no podía ser de otra manera, entró bajo palio: “Mucho fue lo que a España costó aquella gloriosa epopeya de nuestra liberación para que pueda ser olvidada; pero la lucha del bien con el mal no termina por grande que sea su victoria. Sería pueril creer que el diablo se someta; inventará nuevas tretas y disfraces, ya que su espíritu seguirá maquinando y tomará formas nuevas, de acuerdo con los tiempos. La anti-España fue vencida y derrotada, pero no está muerta”. Se palpaba el espíritu de reconciliación hasta en las preposiciones» (Público, 18 de junio de 2018). De cómo podía darse una reconciliación «nacional» entre los que eran «España» y los otros, a los que se les negaba serlo, es algo que aún se ha de aclarar. 

Aquel año, Mauricio Carlavilla publicó Anti-España 1959 : autores, cómplices y encubridores del comunismo, en el que denunciaba  como «anti-España» incluso a la derecha que buscaba una evolución del régimen hacia un régimen más representativo. Una ampliación del «enemigo» que tuvo fortuna en la página generalisimofranco.com que, en 2007, publicaba: «Este término de anti-España hoy en día se puede extender también a tendencias que se autodenominan de “centroderecha” […]. No estamos al lado de quien abuchea nuestra bandera nacional con el águila de san Juan, la cual representa la unidad católica de España, es un privilegio papal, procede de los Reyes Católicos y además no es ni mucho menos “preconstitucional” como dicen, pues, lo quieran o no, está representada en la primera página de la Constitución».

La Pax Hispanica de Franco                 

Hasta hoy, ciertos sectores parecen entender tal «reconciliación» como el reconocimiento, por parte de las víctimas y vencidos, del «legítimo» uso de la violencia contra la «anti-España», lo que, a su vez, legitimaría la instauración de la dictadura franquista, de la Transición y del régimen parlamentario actual. «La Pax Hispanica de Franco que se extiende desde 1939 a 1975 y da lugar posteriormente al régimen de partidos bajo cuya égida vivimos desde 1978, está a punto de quebrarse por obra y gracia de otro nuevo Frente Popular, de una nueva anti-España, heredera de aquella que fracasó en 1939 […] vuelven a remover a sus muertos y a echar en cara a los conservadores la responsabilidad de 1934 y de 1936-1939. Según parece, la anti-España era buena y la España auténtica mala, cuando resulta ser al revés.

La cuestión, como afirma Pío Moa en Los orígenes de la guerra civil, es ¿quién empezó? Y la respuesta está muy clara: la anti-España […] las izquierdas devinieron en la anti-España, la antipatria, y frente a tales fuerzas políticas sólo cabe la guerra […]. La victoria de 1939 es la legitimidad bajo la cual aún vivimos […]. Hay una continuidad evidente entre el régimen del 18 de julio de 1936 y su hijo legítimo nacido de entre sus entrañas, el régimen de partidos de 1978. Por eso los progres […] a partir de 1993 […] comenzaron a deslizarse a la situación política anterior a 1939 […]. Comenzaron los desenterramientos de fusilados rojos, progresistas y separatistas […] hacer sistemáticamente política y propaganda demagógica contra el franquismo y el PP […]» (El Catoblepas, 2005).

Dos años después, generalisimofranco.com, denunciaba: «Actualmente España está en manos […] [de] la mayor anti-España de la historia […] poner en práctica todo cuanto signifique destruir España, como el romperla en mil pedazos con los separatismos y socavar sus cimientos morales con la ley del aborto o la de matrimonios de homosexuales entre otras medidas, todo ello aderezado con un odio desmedido que les lleva además a querer elevar la mentira a verdad a través de la mal llamada “memoria histórica”». 

En su artículo «¿Vuelve la anti-España?», Miguel Ángel Aguilar sostenía: «Quienes luchaban bajo las bendiciones eclesiales optaron por descartar que tuvieran enfrente a otros españoles de diferentes ideas o afinidades». «Imaginaban que su lucha era la de la bestia y el ángel, conforme la describía en su poema […] José María Pemán […]. En un lado, el de la cruzada, combatía España. En el otro, sus enemigos, la anti-España, la conspiración judeo-masónica-bolchevique, que debía ser erradicada de la faz de la tierra y aniquilada […]. Ahora son visibles los intentos de volver al lenguaje de la España auténtica y de la anti-España. La puja decidida de prietas las filas pretende un dicasterio vigilante que mantenga su particular sentido de la ortodoxia. Las unidades de la Brunete mediática compiten entre sí para ganar el campeonato de la desmesura, sin dejar espacio a la reflexión inteligente […]. Porque los valedores de la españolez están siempre estrechando el perímetro de su particular España y ampliando el de sus sospechas para incluir allí a cuantos actúan con conciencia y criterio propio sin atender a la servidumbre que les querrían imponer» (El País, 5 de noviembre de 2013).

El padre agustino Teodoro Rodríguez Fernández dijo: «la antipatria […] se halla constituida por el conglomerado de individuos y de colectividades que, dentro o fuera de ella, directa o indirectamente tratan de disminuir y destruir su prestigio […] y la desprecian, odian y la persiguen sistemáticamente, aprovechando para ello los más variados pretextos, todos los sugeridos por envidias». «La anti-España no tiene una doctrina determinada, sino odio y rencor a la España Grande […], lo único importante es triunfar y acabar con la España […] abanderada del catolicismo» (Así es España y así la anti-España, apuntes para conferencias patrióticas educadoras, 1941).

Pero los enemigos de la «España eterna» también, necesariamente, han de ser eternos. En una entrevista que, en 2018, ABC le hizo al gerente de Marca España, este, afirmó: «Sin fondos, dejamos el terreno libre a quienes emiten mensajes anti-España […] perdiendo muchas oportunidades y un tiempo precioso de poder transmitir muchos mensajes muy favorables de España y dejaríamos el terreno más libre para aquellos que sí tienen presupuesto y transmiten mensajes anti-España». «Marca España quiere más horas lectivas de geografía, historia y cultura españolas». Nos queda suponer por qué.

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