Noche y niebla

Auschwitz fue el último de los campos de exterminio nazis en cesar la matanza. Sin embargo, cuando fue liberado el 27 de enero de 1945, hace 75 años, llevaba meses sin matar, porque Himmler había ordenado borrar hasta el último rastro del Holocausto. No debía quedar memoria de esa fábrica de muerte, capaz de asesinar «a pleno rendimiento» con toda la eficiencia industrial que la inteligencia del momento permitía. 

El derecho de las víctimas a resistir y salvarse, y la necesidad de los verdugos de acabar con las pruebas de la destrucción, hasta el recuerdo de su existencia, puede llevar a paradojas trágicas. Monowitz (Auschwitz III, el campo industrial) fue bombardeado al menos en cuatro ocasiones para entorpecer el esfuerzo de guerra nazi, pero las cámaras de gas y los hornos crematorios no merecieron la atención de la aviación aliada. Quizá no quisieran arrasar las pruebas contra los nazis, pero solo consiguieron que el crimen continuara. 

Tuvieron que ser los propios presos quienes, en octubre de 1944, intentaran incendiar los crematorios para detener la masacre, a sabiendas de que haciéndolo acabarían con una prueba del Holocausto, pero quién sabe si con la esperanza de que su testimonio fuera suficiente argumento para la humanidad. Lograron quemar solo uno de los crematorios al precio de 450 presos muertos. 

Serían los nazis quienes, al mes siguiente, para ocultar las pruebas del horror, organizaron, como un trámite previo a su demolición, la «limpieza» del resto de los crematorios. ¿Por qué esa pulcritud absurda de ordenar a los judíos que rascaran de las chimeneas la capa de grasa humana, de 45 centímetros de espesor, antes de proceder a dinamitar el resto de los crematorios?

Los nazis pensaban en un desmantelamiento de la bestia como si de un depredador que tras engullir su última víctima se devorase así mismo sin dejar rastro. Así lo hicieron con el gueto de Kaunas (Lituania), del que no dejaron ni las piedras. Pero a mediados de enero de 1945, ante la cercanía de los soviéticos, tuvieron que iniciar la evacuación en una «marcha de la muerte»que marcó su camino con cadáveres. Mengele decidió entonces salvar sus notas de la destrucción de los archivos médicos, como si esos datos no pudieran ser una prueba, como si tuvieran más valor que las cobayas humanas de los que se obtuvieron.  

Vía de entrada a Auschwitz.

Los nazis pudieron comprender que el vacío que deja la eliminación de la memoria debían llenarlo con otra tan falsa como conveniente y proyectaron la creación de un «museo de la raza extinta» en una de las sinagogas vaciadas en Praga. La «memoria» con la que pretendían llenarla puede ser otra forma de olvido. A la vez, no muy lejos de la capital checa, convirtieron Theresienstadt en un campo «modélico», diseñado como un gigantesco teatro para «concentrar» a aquellos judíos cuyas «especiales relaciones o conexiones» pudieran dejar recuerdo de su desaparición. Un campo que debía impresionar favorablemente a la Cruz Roja Internacional, y a cualquiera con el deseo de creer en el mito del «reasentamiento», y que proporcionara un imaginario de lo sucedido que pudiera suplantar a la realidad. 

Pero, incluso desde aquí salieron convoyes hacia Auschwitz, porque los presos pueden caer en el olvido, y la fantasía nazi era, en última instancia, la de la desaparición del otro como si su extinción fuese algo natural. Algo que llevaban poniendo en práctica desde 1941 con el llamado «Decreto Noche y Niebla» con el que pretendieron practicar una represión secreta, kafkiana, por la que los detenidos, sin ser registrados, dejaban de existir, desaparecían perviviendo tan solo en la memoria de sus familiares y amigos, para quienes el único consuelo sería el recuerdo de unos seres queridos que se habían esfumado, y cuya desaparición no podría ayudar a formar una opinión pública desfavorable. 

La memoria de los testigos y víctimas

No puedo ponerme en la piel de aquellos soviéticos con miedo al gulag que descubrieron las siete toneladas de cabellos humanos que aún quedaban en Auschwitz, ni en la de aquella judía obligada a limpiar los hornos a la que «se le quedaron huesos y cenizas en el pelo, la boca y la nariz», pero la historia no me dejará olvidarlo. Rudolf Höss, uno de los comandantes que tuvo este campo de exterminio, le confesó al psiquiatra Leon Goldensohn –mientras se quejaba de dolores por el frío que padeció durante su detención– que a las mujeres exterminadas se les cortaba el pelo para usos industriales. Preguntado sobre si soñaba, respondió: «No, de vez en cuando sueño, pero a la mañana siguiente no me acuerdo de lo que he soñado», y ante la pregunta de si tenía pesadillas, sin dudarlo, respondió: «Nunca». 

Primo Levi, uno de esos testigos, le dijo a un periodista: «Ante el triste poder de evocación de estos sitios, cada uno de nosotros, los sobrevivientes, se comporta de manera distinta [los hay] quequerrían olvidar pero no pueden (…), los que, al contrario, han olvidado [y los que] no quieren olvidar, y sobre todo no quieren que el mundo olvide».La historia del Holocausto no sería la misma sin guardar memoria de los testigos y víctimas como Primo Levi, o como Ana Frank, tan peligrosa aún que Hizbolá intentó, en 2009, que ningún niño libanés supiera jamás quién era. La memoria humaniza a las víctimas, provoca la empatía, y salvo para los sociópatas, nos inocula contra la crueldad del verdugo. ¿Qué terrible efecto podía tener en los niños libaneses esos diarios? Quizá que descubrieran que el sufrimiento no es patrimonio de nadie.

Alemania no salió de la pesadilla nazi olvidando, y Europa, tal como la conocemos, nació con la esperanza en que este horror, el de las guerras y el autoritarismo no volvieran a repetirse. Por eso la verdadera identidad común de nuestra sociedad la vertebra el valor que somos capaces de darle a las libertades públicas, al individualismo solidario, a la razonable razón humanista, y, consecuentemente, a nuestra apuesta por la tolerancia. Son valores que se nutren de memoria porque ésta los fortalece cuando quieren devaluarlos, requisito para privarnos de ellos.

Llegada a Auschwitz en tren.

El «memoricidio», expresión que acuñó Juan Goytisolo para señalar la eliminación de todas las huellas culturales ajenas durante la guerra de Bosnia, ha ido unido al autoritarismo desde antes de que los dictadores extirpasen la imagen de los opositores inmortalizados en las fotografías o los faraones borrasen los nombres esculpidos en piedra de los caídos en desgracia. Hitler esgrimió el olvido del genocidio armenio como argumento para el Holocausto. Quién recuerda hoy el llevado a cabo contra los hereros en el África alemana. El «memoricidio» es totalitario, no debería ser una estrategia política en democracia; quizá por ello el «negacionismo» se persigue judicialmente en algunos países.

La historia y la memoria se nutren mutuamente. Nos permiten compartir las experiencias ajenas, y guardarlas como propias, arrebatándole a los verdugos la fantasía de la impunidad, o del olvido, y enriqueciéndonos con la empatía y la madurez de un anciano que hubiese vivido miles de años. Progresamos porque la historia nos permite aprovecharnos de tantas vidas que no han caído en el olvido, acumulándolas para avanzar y crecer sobre ellas. La historia no debería utilizarse para decirnos quiénes deberíamos ser con la esperanza de obtener un rédito electoral. La memoria, que da forma a nuestra identidad colectiva, en democracia sólo puede ser la de la libertad y la de la igualdad, la única que nos puede llevar a reconocernos como el pueblo soberano.                                ■

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